Sobre El pozo y la pirámide - Diego Bentivegna


Verde único del lago Mascardi, próximo a Nahuel Huapi: verde fresco, con toques dorados, hecho de carne de ondinas sudamericanas, bellas y analfabetas.

Alfonsina Storni, “Carnet de ventanilla. De Buenos Aires a Bariloche”, 1937.

 

El pozo y la pirámide asume una estructura ternaria. Es un esquema al que vuelvo en mi escritura. No sabría explicar bien por qué. Tal vez porque la idea del tres nos lleva a caminos conocidos y en el que podemos experimentar cierta seguridad, con sus evidentes connotaciones religiosas (la trinidad) y filosóficas (la dialéctica, la semiótica), pero también con sus explícitas referencias al tríptico pictórico, a la fulguración de una imagen discontinua y, al mismo tiempo, articulada.

 

A menudo pienso que la poesía no se encuentra tanto en el registro de experiencias, sino en su restancia[1]: en aquello que queda de ellas y que sobrevive, de un modo u otro, en la escritura. La escritura poética, en este punto, no oficiaría como una representación. Su condición sería más bien la de un residuo. No importa tanto qué es lo que que hay antes de la poesía, sino lo que que la propia escritura dispara, lo que la poesía toca a partir de la experiencia y que se vuelve, por eso, ella misma, la única experiencia verdaderamente interesante.

Quizá por eso, veo la escritura como residuo de experiencias (un pozo), que en cierto modo se condensan en una forma (una pirámide, pero de madera, provisoria, sin sus connotaciones macizas y sus pretensiones de eternidad).

Son experiencias que la poesía conecta y que se relacionan con el viaje como matriz si se quiere existencial, ontológica (en el sentido de formas de construcción de la subjetividad), pero también como matriz de escritura.

 

La primera sección, que comparte el mismo título que el libro, puede leerse como un residuo, un resto, de un viaje a la provincia de La Pampa.  

 

Hasta la llamada “conquista del desierto” se asentaban allí varios pueblos indígenas; uno de los principales, el de los ranqueles (la rankülche, es decir, en lengua mapuche, la “gente de los cañaverales”), tenía su centro en el norte de La Pampa, en una fracción llamada Leuvucó, casi en el límite con San Luis y cerca de la actual ciudad de Victorica, donde pueden verse todavía los restos de un fortín del ejército argentino de la época de las campañas, como se decía en otra época, “contra el indio”.

 

Acabo de buscar Leuvucó en Google Maps, pero la búsqueda no da los resultados esperados. El buscador me dirige a un lugar del mismo nombre, también en la región pampeana, pero en la provincia de Buenos Aires, no lejos de Carhué y de su laguna, uno de los centros de la vida de los pueblos indígenas pampeanos hasta el siglo XIX y donde la concentración salina, dicen, es casi tan alta como la del Mar Muerto.

El paraje tiene algo de fantasmagórico. De inasible.

 

Leuvucó como palabra, como realidad sonora. En mapuche, a cuyo universo lingüístico pertenece la lengua ranquel, ḻewfü significa 'río' y ko, 'agua'. Son raíces muy comunes en la toponimia de la pampa y la Patagonia. Basta recorrer un mapa de esas regiones: Futalaufquen, Cutral-Co, Realicó, Pichi-Picún-Leufú.

 

La persistencia, la restancia de lo líquido en el nombre del paraje -que resulta imperceptible, velada para los hablantes (como yo) de castellano pero que, con todo, subsiste-, evidencia que el lugar era percibido en el siglo XIX como una suerte de oasis reparador para las rigurosas travesías a través de la llanura. Acaso esas sugestiones topográficas -esas lenguas que parecen sumergidas en un pasado irrecuperable y que, con todo, permanecen- impacten de alguna manera en el tipo de exploración poética que propone El pozo y la pirámide.

 

Ahora en el medio de un campo

se levanta una pirámide de madera.

La buscamos.

Es el monolito

que resguarda los restos de Mariano.

Para encontrar el lugar exacto

en el que alzar el monumento, dos mujeres,

una más anciana y su hija,

descendientes en línea directa del cacique,

recorrieron Leuvucó, en el campo donde una vez

se levantaron las enramadas de los ranqueles,

las viviendas como grandes animales,

armadas con el cuero de las vacas

y con los tendones de las yeguas.

 

*


Perdón –nos dice Diego,

que vive en Victorica,

que es hijo de siriolibaneses

y que nos lleva en su camioneta hasta el monolito–

pero seguro

es más chica de lo que se imaginaban.

Cada cosa es un signo. Cada cosa,

como en el mito,

es un ovillo de sentidos.

Los signos levantan torres,

levantan ciudades, levantan monumentos.

La pirámide, el poema mudo,

es, tal vez, el signo de los signos.

La semiología

puede entenderse entonces

como una ciencia general de las pirámides.

 

*


Ahora

los restos de Mariano se custodian

sobre la llanura

en un tabernáculo cuadrangular de madera.

El pozo es el vacío,

el pozo es el mundo,

el pozo es el agujero del sentido.

 

Allí, en Leuvucó, se encuentra actualmente la tumba de Mariano Rosas, el lonko, el cacique más importante en la historia del pueblo ranquel, que rigió sus destinos hasta su muerte, en 1877, durante una epidemia de viruela, esa peste infernal que describe La vuelta de Martín Fierro.

Durante las campañas militares iniciadas en el 78, los restos de Mariano Rosas fueron trasladados al Museo de La Plata, como parte del patrimonio biológico de la nación. Fue el destino compartido por muchos de los cadáveres de miembros de los pueblos indígenas de las zonas pampeanas y patagónicas. Sólo en el año 2001, el año de la gran crisis económica y política argentina, los restos de Mariano fueron repatriados y recolocados en sus tierras ancestrales, en Leuvucó.

 

La tumba de Mariano Rosas es una pirámide de pequeñas dimensiones, con una serie de incisiones que reponen elementos de la concepción del mundo ranquel, que comparte elementos con la mapuche y con la de otros pueblos del sur del continente.

Desde ese viaje a La Pampa ya pasaron varios años. En este tiempo, cambié un par de veces de computadora, con la consiguiente pérdida ritual de gran parte de los archivos que conservaba en ellas.  La foto que incluyo es una de las pocas que subsisten de todas las que sacamos durante el viaje.




 La tercera sección, “Hechos del Mascardi”, es el resto de un viaje a la zona de Bariloche, en la Patagonia, más al sur de La Pampa pero ligada histórica, lingüística y culturalmente, a ella. El paisaje, sin embargo, cambia radicalmente. Ya no es la llanura reseca, “inconmensurable, abierta”, escasamente poblada, al borde de la desertificación. Es el paisaje de la cordillera patagónica, con sus picos, sus lagos, sus bosques centenarios, sus glaciares, sus turistas: un paisaje sagrado para los pueblos americanos que lo habitan. Es la región que, a fines del siglo XIX, cuando había sido recién incorporada al Estado, Francisco Moreno, el fundador del Museo de La Plata, llamó “la Suiza argentina”.

 

RESTOS DE UNA ELEGÍA

Quién podrá escucharnos, preguntabas.

Al costado del camino

el lago apenas se movía

con una leve brisa

que para la región, en noviembre,

era más bien benévola.

Ahora entre el coro de los ángeles.

A unos pocos kilómetros estaban

esas cosas tremendas: el aire

transparente,

la luz plena de los cerros.


*


RESTOS DE OTRA ELEGÍA

Más allá, en la hondura

donde viven las más viejas, una de las penas

se hizo cargo del chico. Le dijo: “Mirá,

nosotras hace tiempo,

éramos una misma familia,

formábamos parte de una estirpe muy grande.

Nuestros padres

excavaban las minas en la montaña grande,

cruzaban de vez en vez los cerros, veían

de cerca los glaciares,

esos lugares

donde vos y tus amigos

encuentran en ocasiones petrificada cólera

de un volcán extinto,

pequeñas piedras

trabajadas por los antiguos, pedernales,

puntas de flecha,

ralladores, una piedra muy afilada,

un canto chiquitito.

Se cruzan con esos restos de los viejos”.

 

En ese viaje, que en la memoria se cruza con viajes colectivos anteriores -viajes emprendidos en el borde entre la adolescencia y la primera juventud (un momento de lecturas intensas y de primeros tanteos con la palabra poética)- fuimos testigos de un episodio traumático en los reclamos de la población indígena de la zona, mapuche: el asesinato de un joven manifestante de ese pueblo, Rafael Nahuel, a manos de la prefectura.

Aunque puedo jactarme de tener una buena memoria, no soy bueno para las fechas. Recuerdo con bastante precisión hechos, lugares y personas. A menudo recibo elogios por eso. Con todo, me cuesta colocar los recuerdos que conservo en una línea temporal. Recurro, por lo tanto, a Google y obtengo enseguida el día preciso del asesinato de Rafael Nahuel.

Fue el 25 de noviembre de 2017.

 

La sección que media entre las anteriores, “Cartas a K. y otros extractos”, tiene un tono y una velocidad muy diferente. Es sobre todo un trabajo entre el archivo y la escritura poética: un trabajo de extracción y de “redisposición” de las cartas del misionero jesuita Nicoló Mascardi.

 

Mascardi nació en Piamonte en 1624 y pasó gran parte de su vida en América del Sur, cuando la Compañía de Jesús estaba en plena expansión misionera, cultural y económica en los dominios por entonces de España y de Portugal. Durante su extensa estadía en las regiones meridionales de América, el sacerdote piamontés realizó observaciones astronómicas, oceanográficas, volcánicas y antropológicas, que enviaba periódicamente a la sede de los jesuitas en Roma y, sobre todo, a un personaje polifacético, el alemán Athanasius Kircher (el señor K.), considerado uno de los más relevantes (y fantasiosos) estudiosos de la Compañía.

Kircher leía todo, escribía sobre todo, incorporaba todo y enseñaba en el Colegio Romano, donde había montado una famosa Wunderkammer. Mascardi formaba parte de la red de informantes jesuitas de Kircher desparramados por el mundo, que hacían confluir sus datos en Roma y que contribuían a hacer de la ciudad papal uno de los centros del saber en la época barroca.

 

Los poyas son un pueblo totalmente desconocido,

antropófagos de genio fiero…

Carta a K

 

*


Se usa un lenguaje por señales,

común a todos los habitantes naturales del Reino

Carta a K


*


De aquellos idiomas

envío a Vuestra Reverencia

como curiosidad de las lenguas peregrinas

un ensayo de seis diferentes idiomas,

con los cuales yo suelo instruir a mis fieles

y neófitos en la Doctrina Cristiana.

Carta a K

 

*


Athanasius,

en este lugar de bárbaros

me encuentro desprovisto

de instrumentos de exactitud,

en la región de los poyas,

más allá de los Andes de Chiloé.

Carta a K


*

 

 Escribir un poema es ponerse en lugar de uno, o de varios, muertos. Es asumir, por un momento, esa posición mortuoria. Hablar, paradójicamente, diría Blanchot, desde ella.

Mascardi fue muerto en 1673 durante sus tareas como misionero entre los pueblos de la zona de la cordillera patagónica que hoy es parte de la Argentina. Uno de los vitrales diseñados por Enrique Thomas para la catedral de Bariloche rememora su martirio.




Sintomáticamente, se le colocó el nombre del jesuita piamontés a uno de los lagos más bellos de la región, cerca de la ciudad de Bariloche: el lago que visitamos durante nuestro viaje el día en que en sus orillas fue asesinado Rafael Nahuel.

En varios sentidos, esa segunda sección es una sección de pasaje: como dijimos, entre la experiencia pampeana y la experiencia patagónica; entre la escritura en versos y la prosa originaria de Mascardi, que conozco sólo a través de la mediación de un estudioso suyo del siglo XX, Guillermo Furlong, miembro también de la Compañía de Jesús; entre la Europa cristiana y colonialista y el mundo americano; entre las lenguas latinas y las lenguas indígenas; entre la oralidad y la escritura; entre el siglo XXI en el que vivimos y el siglo XVII, el del barroco que desde los ensayos fundacionales de Lezama Lima se ubica en un lugar originario de lo que entendemos, muy problemáticamente, como América Latina.

El pozo es también el pozo babélico, al que enigmáticamente se refiere Kafka en su diario en una entrada de 1920. No es la turris Babel al que Athanasius Kircher dedica uno de sus mamotretos (de 1679) más conocidos, sino el lugar del detritus y, otra vez, del residuo y del resto.

 

En uno de sus escritos dispersos en diarios y revistas italianas de los años sesenta, Juan Rodolfo Wilcock retoma, para darla vuelta, una de las preguntas más recurrentes en torno a la poesía: ¿hacia dónde va? Para Wilcock, la pregunta verdaderamente atractiva era exactamente la opuesta: no hacia dónde va, sino de dónde viene. Por supuesto, y Wilcock lo sabía, la respuesta a esa pregunta no puede sino ser errática.

El gesto interesante es plantear la pregunta por ese lugar, que puede ser cualquiera, que no es ninguno, pero que en todo caso es del orden de lo otro. A ello, Blanchot agregaría que el futuro es posible porque el poema existe. La literatura que nos llama proviene de otro lugar y nos lleva, por un camino o por otro, hacia un lugar que no esperábamos. Tal vez por ello, El pozo y la pirámide se mueve más en el plano de una arqueología, de la exploración de un espacio (no sólo geográfico, por supuesto) en el que encontramos objetos y marcas pero que, en el fondo, nos sigue resultando siempre misterioso. En esa arqueología no hay espacio para ningún regreso, siquiera ilusorio, a un origen, sino, más bien, una memoria de ultratumba.

 

La poesía sea tal vez ante todo el tanteo de un ritmo. No necesariamente eso conduce al verso, que es en todo caso una de las materializaciones posibles de la poesía, pero no definitivamente la única. Ese ritmo nunca es, en última instancia, un ritmo propio, asociado con una subjetividad; es más bien un respirar impersonal, que busca formas de lo comunitario, pero no en un sentido de identificación con lo colectivo y de fusión de lo múltiple, sino en el de la busca de algo del orden de lo común. Esas comunidades no son nunca comunidades plenas, estacionadas en sí mismas, sino comunidades precarias, averiadas, atravesadas por la migración, por el vaciamiento, por la ausencia.

Comunidades migrantes, por ejemplo, o comunidades indígenas. Como las ondinas patagónicas que imaginaba Alfonsina, las comunidades analfabetas por las que escribo de las que habla el poema de Vallejo.

En El pozo y la pirámide, esas comunidades no se ven como comunidades originarias, en el sentido ahistórico, metafísico y mistificador que puede tener este concepto. No son, tampoco, comunidades a las que uno -sujeto o la voz lírica- estrictamente pertenece.

Son, en cambio, espacios de exploración de las voces; territorios de errancia, de tanteo, de escucha.

 

                                                          Olivos, enero-septiembre de 2026.

 

 



[1] Tomo este término de los trabajos del antropólogo Vito Teti.