Una épica a la cabeza - Manuel Estellés
La primera parte
de La nutria, de Francisco Magallanes, es un ejemplo de lo que las voces
de los personajes tienen que ser. Esto es, un sistema perfecto, en el
que el vocabulario elegido, la sintaxis que se usa, los silencios y las pausas,
los énfasis, las situaciones que les provocan ira o risa, etc. tienen que
funcionar. Todos a la vez. Y todas las veces.
Leemos
(escuchamos a) personajes que cuentan en primera persona, en su justa medida y
armoniosamente, ciertos eventos de su pasado, que ayudan a que se configuren en
nuestra cabeza. Simultáneamente se nos va
revelando un presente desmedido, que incluye planes de avance en la dominación
mundial y un juego de promesas cruzadas que los mantienen en tensión. Todo esto
ocurre de un modo muy directo, que lleva al lector a estar adentro de la novela
desde la primera página. Parece un lugar común, pero en La nutria la
primera página dura seis y te deja diciendo (sobre el personaje, pero no
solamente) “¿quién es este tipo?”.
Además tengo que
contar otra cosa. Porque siempre tiene que haber varios planos en un texto.
Como por ejemplo un movimiento de escala mundial con sus integrantes haciendo
changas para (sobre) vivir.
El otro plano es
la historia de mi vínculo personal con La nutria. Empecé a leer la
primera versión en la Escuela Clandestina de Escritura (ECE) de Ariel
Luppino en marzo de 2025. La primera para mí, quiero decir, porque era un texto
que venía con un trabajo previo de años.
¿Qué La nutria
leí? ¿Esta misma? Como diría Polleri “era y no era, usted me entiende”. Era una
novela completa, con principio y fin, con estos mismos personajes, dos
partes, seis capítulos y una coda. Pero también era una primera versión. Yo vi
a esta novela entrenar, ser una versión mejorada de sí misma, cada vez,
durante meses. Ya tenía su fuego adentro, pero podía ajustarse para romperla.
En la ECE trabajamos
en varias etapas, es decir varias lecturas completas, capítulo por capítulo y
muchas veces frase por frase. En la primera vuelta estuvimos Francisco Cisera y
yo, además de Luppino. Tres personas,
por turnos, hacíamos testeo de La nutria a partir de una lectura previa
individual y anotada. Para decirlo de una vez, a mí la novela me gustó mucho
desde el principio. Pero el trabajo en la ECE no partía de ahí: se pensaba en
qué funcionaba y qué no con las reglas de la propia novela. Por supuesto, a su
vez esas reglas no eran fijas: se movían con cada lectura. Después de cada
encuentro Francisco Magallanes se llevaba anotado lo que se había discutido y
también nosotros le mandábamos textos o versiones del texto comentadas.
Entonces volvía a empezar la caja negra que es para cualquier lector la
escritura del autor. Más adelante traía una nueva versión y otra vez a leerla y
testear. Como estarán imaginando, hubo partes que se borraron, otras se
quedaron y otras cambiaron tanto que es difícil reconocerlas.
Una digresión que
puede servir para que se entienda. En Los libros de la guerra está
incluido, sobre el final, un texto que no es un artículo escrito por Fogwill.
Se llama “Adentro y afuera por los Fogwills” y consiste en la desgrabación de
una lectura que Fogwill (con la participación de su hija Vera) hace, en 1993,
del cuento “Adentro y afuera”, de Gustavo Nielsen. Con él, delante para
escuchar y, sobre todo, para él. Párrafo por párrafo y frase por frase.
Argumentando por qué se marca esto o aquello en cada situación particular.
Porque no suele haber una regla que aplique para todo. Lo traigo porque está
ahí para ser leído y puede dar una idea aproximada del trabajo que hicimos,
primero los cuatro, y después ya sólo los tres, con Luppino y el propio Magallanes.
Volviendo a la
versión de La nutria, como libro, después de esa primera parte llena
hasta los rincones de voces en primera persona, viene otra en la que se
despliega la trama. Ahí hay una estrategia bien implementada: en la primera
parte los personajes (los hay combativos, los hay contemplativos) hablan en su
turno y cada uno a su manera, de un plan, de una organización que tiene
objetivos demenciales, fuera de escala. Entonces los lectores y lectoras nos
empezamos a desesperar, a necesitar, casi que a exigir una explicación y la
segunda parte la trae. Lo que venimos intuyendo cierra, pero tampoco en forma
completa. Porque por suerte una novela es un invento.
La nutria es la segunda novela que
Francisco Magallanes publicó. Una segunda novela siempre impone sus propias
condiciones. Por empezar ya no existe la ilusión de infinito, de “puedo
escribir lo que sea” que tiene la primera novela. Pero ese infinito es una
apariencia, nada más. Desde que nacemos portamos una cantidad tal de
determinaciones (que nos preceden lógica y cronológicamente) que hacen
imposible sostener que una persona pueda escribir “cualquier cosa”. Estamos,
como se suele decir, condenados a cierta prosa, a ciertos temas.
Pero, aunque más
no sea, la segunda novela no puede ser la misma que la primera. Parece una boutade
pero no lo es: cuántas veces se ve que una persona escribe siempre la misma
novela y se arruina como autor o autora… (Aclaro que no me refiero a cuando se
dice que los escritores estamos toda la vida escribiendo el mismo libro. No: es
más bien como cuando se ve que a una persona le salió algo y lo repite, sin
tomar el riesgo de hacer una cosa distinta.) Además, una segunda novela tiene
que ser mejor que la primera. Ya sé, el arte no es una competencia, no hay
parámetros para comparar… Bueno, pero igual tiene que ser mejor. La expectativa
cambia.
Creo que
cualquier lector de La nutria, que sea un lector de Magallanes, se va a
encontrar con esto: mayor profundidad en los personajes, más “fantasma” detrás
del texto para quedarse con él, después de la lectura. Francisco Magallanes
avanzó por caminos que tenía empezados pero no por todos, sino por los que se
impusieron, los que eran más genuinos para su escritura.
A su vez, cuando
un autor ya tiene cierta obra publicada, se empieza a determinar un sistema.
Entre los “cuentos remiseros” de Los impuntuales, el relato Una
leyenda de Botafogo, la primera novela de Magallanes (El Palomar) y La
nutria, se nota la construcción de un mundo propio. Si les preguntáramos a
los personajes de estos textos: “¿alguien vio alguna vez un dólar?” ellos
querrían contestar que sí. Porque se hicieron de abajo, o quieren salir de
abajo, o salieron pero después los bajan… No tienen períodos largos de paz.
Pero además son chúcaros y a veces guarangos; no son boludos aunque hagan
boludeces. Se constituyen en un catálogo popular, que nos incluye, nos cobija a
todos los que los leemos. A las personas que buscan sólo divertirse (leer puede
ser divertido en grado máximo) pero también a quienes buscamos algo más: una
obra, un escritor o una escritura.
Hay un espíritu
en La nutria que me hizo pensar en Los siete locos y Los
lanzallamas de Roberto Arlt. El Ruso, el Arveja, etc. no están tan locos y
no son siete, pero los otros tampoco. Acá también se cuela, como un gas por
abajo de la puerta, un ambiente de expectativa. La de pegar una cuatrifecta que
nos lleve de una vez por todas, aceleradamente, a otro nivel.
