Dogma IAARPE. Por una Iglesia Universal Acotada - Instituto Argentino de Artistas Rotos y Periferias Estéticas
Liturgia,
to the happy few
Depositum Fidei
La aridez, la parálisis, la
imposibilidad de desplazarse: todo eso también se rompe. Y entra aire,
aunque más bien se derrama, como la sangre del Sol sobre el macadam cuando el
Gran Acontecimiento: El Instituto Argentino de Artistas Rotos y Periferias
estéticas. El IAARPE. Alguien pregunta: ¿Por qué inventaron el IAARPE? Y
Algo responde: Porque no estaba escrito. Y, en tándem: (risas).
No lo sabíamos entonces pero, en sus
inicios, el Instituto fue solamente en el Nombre. Era la manera de
resumir ciertos puntos que traíamos desde nuestras respectivas idas y venidas
vidas, puntos que hacían de la Institución un Fantasma, o la espalda (terca) de
un fantasma. Creemos (cuestión de Fe) en los artistas en cuanto rotos, creemos
en lo desaliñado, creemos en lo inconcluso. Es infinita esta riqueza
abandonada. Y no sólo el arte por el arte, sino el arte por la vida. Eso
nos pasaba y nos sigue pasando y eso nos decía y nos sigue diciendo nuestro
nombre autoimpuesto por Gracia divina.
El Instituto, una gimnasia: forma de
movimiento en medio de la inmovilidad general e inducida. Una ventisca,
respiración divina. Como en Eclesiastés, gira, gira el viento, y sobre sus
giros vuelve el viento. Pero el lugar del IAARPE, entonces, ya no está. Héctor
Libertella: es el mismo lugar el que no está ahí. Es otro. Sin embargo,
el Río de la Plata, en su falsa profundidad, deja ver relumbres: monedas de
cobre que dejó (dejó) deslizarse Rimbaud. Porque se sabe que Rimbaud
recaló en estas pampas: Cuando Rimbaud dice "me voy", hay que
entender que se viene.
Primer movimiento al que arribó
nuestra liturgia, entonces: el artista roto se juega la vida en la obra y
viceversa. Vivir, escribir/pintar o mutilar eran las formas de algo que incluía
al artista en su obra, algo que nos sacaba de dos trampas. No se trataba de
quedarnos con las anécdotas y chismes de la vidita, con el afán de no entrar en
la obra. Pero tampoco se trataba de la asepsia crítica, que toca una obra en
cuanto objeto externo a la vida. El artista roto, y con él toda la periferia
estética, era una órbita unida a sus obras. Un objeto total: el nombre.
Así fue que surgió nuestro primer
salón posfísico: Gestos, rotos, etc. Otra vez la nominación tuvo mucho
que ver. El gesto implicaba la vida y la obra. Escribimos en aquel entonces, de
años hace nada:
Drogadictos,
locos o suicidas. Verlaine los llamó poetas malditos. Darío, los raros. Acaso
también, gente de familia, sin turbulencias. Artistas rotos son todos los que
unen en un gesto vida y obra. En ese arrojo, fundan otro espacio: atalayas,
descampados, bunkers.
Más acá, la inundación. El tango en
que, pulsátil, se ritma la puntuación desnorteada de la vida. Del lunfardo, el
ponerlo todo del revés. Tejes y manejes de la dis/posición, cuando lo único que
importa es un (aunque minúsculo) lugar con que dar. Tabuco, en la jerga-Milita
Molina. Lugar fantasma. Las palabras, cuando labradas en la piel, se ven a
través de esa particular deformación incontestable. Que no se puede
responder, pero suena.
(Alberto Greco, Besos Brujos,
la vida en el umbral, afilando estaba, y el teléfono descolgado tañendo (¿Aquí
John Donne?) una segunda persona que, para primerear (es lo suyo), se pegó La
Vuelta: tú tú tú tú tú tú).
Los rotos, todos. Entonces resolvimos,
en el bunker, hacer de la virtuosa falta una necesidad ancha como un zanjón:
escribir prístinos como agua preclara (desatine: como si el río acá no
estuviese enmadejado con la más sucia de la mar), todo lo que del Norte se
deshace en aldea. A saber, una concepción de lo que el Sur delata al que no
delata.
La rotura no fue un tren que pasaba al
que se podía elegir subir o no. El ogro que culminaba sus días como maquinista
paraba donde podía y se saltaba las estaciones. Nombres, inventarios,
anécdotas: una sumatoria de intromisiones para algunos violenta, para otros
sinvergüenza, para otros etcétera, etcétera, etcétera (¡la tecla!). Para
aglutinar etcéteras creamos el IAARPE.
Y de inmediato, hicimos la foto y la
sín/tesis: Rotos, quizás, que tuvieron la audacia de atravesar el centro y
arrastrarse hacia las periferias. Primera dogmática, entonces: atravesar el
centro y llevarlo a las periferias. La orilla, el abismo, la canción. Esa fue lo
que encontramos en lo Juan Rodolfo Wilcock, lo Alberto Greco, lo
Leonor Vassena, lo Osvaldo Lamborghini, lo Jorge Bonino, lo
Renée Cuellar, lo Jorge Baron Biza, lo Milita Molina. El
artículo neutro une vida y obra, la espeja en una mutual de oscuridad y lleva
el centro sobre el árbol caído del río. Una hoja reflejada en la piel del
tronco: nunca hubo metáforas.
El IAARPE —Ocurrió.
Tal vez nomás porque las
cosas cantan.
En el Principio fue el
Nombre.
Cuando, en la cubierta veraniega, en
posición de reposera, se lee un “texto”, la luz del Sol se clava sobre el
manuscrito y comienza a caer a chorros la fatalidad de la interpretación… Nada
nuevo. Héctor Libertella distinguió (las diferencias son de Dios) entre
la Literatura solar de la cubierta de la embarcación y los textos de la sentina
del barco ebrio, pasados por agua. El agua, en cambio, el agua… se hace Uno con
el papel. Borronea los grafos y la lectura retorna al período tabernario,
cuando los vahos alcohólicos provocaban en los paisanos de a pie “espejismos”,
diría El Psiquiatra de Revista Literaria, o, más rasa, la Visión. En resumen,
dos políticas (porque la bipolaridad es una decisión ética y artística): el bronceo
de cama solar (los poetas de cama solar, ¿salen de la red?) y lo
broncíneo del salitre (abajo del mundo ruedan los fósiles de la vida).
El IAARPE, chapoteando en el Mar
Muerto, se encuentra, de pronto, con la Partición de las aguas: de un lado, un
Sol de Terror; del otro, la luminiscencia de plata de una rara forma
Triangular, refractaria. El Sol es prepotente, se hace el malevo: el Ventarrón
no escucha tango, produce intrigas, al modo fariseo de F. C. La luz de plata,
en cambio, con la melancolía lunar típicamente argentina, canta con la voz de
chapa frita en los vinilos de A. F. El Sol, autoritario, créese con poder de
Autor y Zar, de dis/poner de or/denar: lo nor/Mal. La Norma. Un verso hallado a
la vera: del sol baja una orden y pone cada cosa en su lugar. Y otro: ¡Oh
sol, cómo te atreves a iluminar esta tierra de crímenes!
Gira, gira el viento, y sobre sus
giros vuelve (el viento). Giros, zafiros: bajamar. Todos los ríos van hacia la
mar y la mar (de insaciar) no se llena, al lugar donde los ríos van, allí (los
ríos) vuelven a ir.
Segundo movimiento: intento de
desplazarse en torno a las luces malas de ocho rotos desdeñados o con fruición
malentendidos. En aquel primer Salón creímos, reímos y predicamos (cosas de La
Fe) que los rotos no se “manifiestan”, ni se “expresan”, a lo sumo gesticulan
jaculatorias a algún Dios que se niega a atenderlos.
Por eso, en lugar de hacerlos desfilar
por la pasarela modélica de la actualidad, nos encorvamos nosotros para pasar
por sus catacumbas, casi a ciegas, llevados por el tacto. En ese darle a
la mano, algo nuevo bajo el Sol: el concierto (atonal y atónito) de unos que no
le importan a nadie, oyendo con la piel del tímpano los golpes de la vida tan
fuertes, no se sabe. Pero se escucha.
Tercer movimiento: el improperio
(decían que decían) de un Salón dedicado (como una firma de verdad) a la novela
rota argentina de 1983, publicada por primera vez en 1994 en Ediciones del
Serbal, del otro lado del Atlántico, requeterecontrarepublicada, y hasta a su
tiempo por Random House Mondadori, en nuestros lares tan vacuos post y aun así…
recién en 2026, recién el IAARPE, recién entonces Ir a pérdida, el Salón
en torno a Tadeys de Osvaldo Lamborghini. Dicen que decían: ¿Tadeys ahora,
“otra vez”? ¡Pero! Más allá de los pocos, prodigiosos, preciosos clamores
(César Aira, Ricardo Strafacce), 30 años de bolas desérticas, redondas,
solares, de mansedumbre bienaprendida, de silencio concertado: Música de
Necesidad y Urgencia, acate del mensaje del Ángel enviado por el Sabio Loco: no
leerás pero harás “como si”.
La novela, igual, insomne, sola mejor
se infiltra: agua de verdad, como esa que beben, en el oasis de la Visión, los
camellos que llevan al colegio a los pequeños tadeys. Agua: la única
eternidad de la sangre. Nos drogamos con agua bendita.
Definitio
De ahí, la segunda dogmática, lo vemos
ahora, es inevitable. El nombre es todo, pero es todo en cuanto arrastra la
obra a una singularidad que tiene el juego de la profecía inscripto en su sien.
Los nombres de los rotos son los nombres de la visión (tadey, en
la novela de Osvaldo Lamborghini, tiene por primera acepción Visión).
Los desmarques son inevitables. El
IAARPE no tiene nada que ver con la cultura, esa máquina de visibilizar,
invisibilizar e hipervisibilizar para invisibilizar. El IAARPE trae lo que
había de videntes en los artistas rotos del pasado, el presente y el
porvenir. Pero, claro, afuera no hay nada. Siempre lo supimos, lo dijimos
incluso en un acto de Anti-Inauguración con 17 espacios de encalle:
10.
Dado que la institución no se puede anular por completo, hacerle cortes con
una gillette para que, por ahí, entren los desterrados. Pero el poder de
recuperación de la institución es extraordinario. Pronto asimila, falsea,
malversa. ¿Es inútil? Bueno, seguir. Lo de siempre: sabotaje y motín. Flotan
los listones, la periferia es una decisión marítima.
11.
Raspar las paredes hasta que la pintura cascada trace los fantasmas. Hacer
ruiditos y ver lo que no se puede ver. Guerra, mística, visión. TODO ESTÁ
CONECTADO.
Inevitable, el rigor: nuestra madre y
a veces nuestro padre, ¿notre semblable, notre frère?, y (seguro)
nuestra tía. De ahí a correr un riesgo había un paso. El riesgo del malditismo,
la tentación del fetiche psiquiátrico: loco ergo genio. No, dijimos con
las orejas. Nein, nein, nein. Eran (son) santos: ni locos, ni
drogadictos, ni suicidas. Nada que ver, “eso”, con la Visión.
La noche de bodas, la pérdida de la
inocencia, la explosión del paraíso, nuestra marcha sin querellas. Nuestra caja
de artistas en aquel andén lejano llena de texturas y obras para nadie que durante el repiqueteo
de una lluvia personalizada nos conminó a erigir un templo.
El santo orando al costado del
edificio en ruinas, ¿es acaso otra profecía? No lo sabemos, pero en nuestro
dogma se dibujó una misma liturgia: la de los ojos cerrados para ver, las
palmas y los cantos de las manos en posición, las rodillas en el suelo. Toda la
sacralidad posible que venía en la risa, la muerte, lo desmesurado. En otros
términos, lo Georges Bataille.
Sin embargo, desistimos de toda visión
argumental, filosófica, teorética. Debíamos avanzar en gestos de curaduría y
posicionamiento. Avanzar a través de rezos, en una palabra. Creer ergo
escrivivir.
De ahí nuestro dogma esencial:
he
ahí, he aquí.
El IAARPE abrió sus ojos (los párpados
todavía humedecidos de líquido amniótico) en el verano de la temporada costera
2025-2026. Su primer acto fue no comparecer: reticente, anunció, por Instagram,
una Anunciación y nada más. Los infieles no creyeron. Pensaron que era “un
chiste”. (El único chiste es el de una eternidad sin estilos y en ese pecado es
el Dios a cargo quien ha de encontrar su propia penitencia). Más tarde que
pronto, según se lo mire, masculló su manifiesto:
El
artista roto no habla de política,
pero
la tiene toda adentro.
El
artista roto entona la lengua en balbuceos.
El
artista roto tiene la vida rota por la obra
—también
rota.
El
artista roto rota por la llanura de los chistes,
derrotea
por el risco de la traducción,
por
donde nadie sabe bien quién es quién
—y
el abismo al alcance de la mano.
Para
el artista roto,
el
caos es el horizonte,
el
exilio es la patria,
la
cara es el tajo.
A
veces, el suicidio.
A
veces, el grito.
A
veces, el silencio.
Es
que la periferia no tiene alambrados,
pero
la obra
con
el trazo de gillette,
a
rayas, escribe
—la
vida.
Obiectum Fidei
En menos de un año el IAARPE organizó
salones y sesiones. Salones: ese invento del XIX. Un salón, otra manera del
mentidero y el enmascaramiento, los cuchicheos, las miradas, la vanidad y el
juego. Pero en medio de ese ida y vuelta, de los vestidos arrastrados por el
piso y los abanicos, la visión se cocinaba en cuestiones esencialmente
deshilvanadas.
El Dogma IAARPE establece con
inestable nitidez de televisor tubular, el que sincroniza y oscila, se
empantana, pero igual brilla, que no se manifestará en “talleres literarios”
sino en “salones” a secas. El Salón como espacio de la aristocracia espiritual
para el baile en torno a y de los grafos, rayas, trazos o trizas
ya sean de los libelos o de las imágenes o de los artefactos ensamblados que
montan a pelo diversas disciplinas artísticas.
El roto se aleja tanto del intelectual
como del lumpenproletariado. El roto gusta de antiguallas. Como la existencia
del alma. Se acoda en la barra del Saloon y pide su drink mientras lee
con la mano izquierda un manuscrito del Medio Ovum Fractum. TODO SE CONECTA CON
TODO.
Sucedió que la purulencia
endémico-argentina del taller acabó en la boca ladina de la serpiente, en su
largo cuerpo luego, en deglución, como un sucedáneo, oh horror, de la guardia
para hipocondríacos, de la guardería, del… aula. Magna resbalada: lógica,
también.
El Salón no se reserva ningún derecho
de admisión, pero, ¿cosa curiosa?, no se acerca a sus butaquillas y a sus
relumbres de lamé ningún Psiquiatra de Revista Literaria, ningún (Milita Molina
dixit) Lector Cadáver, y, menos, un Profesor. Solo florecen como luces
malas los petits professeurs. Hay, en el Salón, un gede hedor de calas
sacras que, por lo que parece, mantiene a los lectores (solares) de Literatura,
a los que hacen de la pintura una cuestión de Estado (de sitio).
El arte es aristocrático hasta la
médula de los huesos, como un príncipe de sangre. Es negación de la igualdad y
adoración de la superioridad, escribe sin asco
Gombrowicz en su Diario cuando corre el año 1960. Nos hicimos eco: y nos
autopercibimos aristócratas. El gesto no fue solo de superioridad, sino también
de intensidad. Los rotos, dijimos, vienen de todas partes y van a todas partes.
(El río, el viento, la mar, la cueva). Pero ahí están, en la actitud de los que
miran el mundo desde otro lado. Ahí está el salón. Una superioridad dada
vuelta.
Linyeras, pobres, pluriempleados (como
nosotros), animales, hijos de inmigrantes o de nadie, incluso de putas, nada
importa. La aristocracia es una cuestión de actitud. Rotos, periferias: otra
vez se convoca al genio. Pero, como decía un poeta, el genio está en los
labios. Y ponía boquita de O. Ahí está el salón.
Y también la cosa del chiste de
Macedonio Fernández, aquel de que la cuestión es creerse genio y acertar.
Así la aristocracia. Lo supimos. Creerse Marqués y acertar: Manuel Moyano
Palacio, Marqués de la Dirección Correccional. Creerse Barón y acertar:
aguxtina perez, Barón de Secreto de Sumario. Creerse Archiduque y acertar:
Federico Barea, Archiduque de Asuntos Internos. Nuestra burocracia parece una
corte de Cortes. Venimos de la llanura, donde el cuchillo, a diferencia de la
espada, no tiene escuela: Martínez Estrada parafraseado. Ahí está el
salón.
Bailes y máscaras. Veneno. Dichos y
contradichos, chistes y chismes. Inicio del romanticismo. ¿Gauchos y pelucas?
Gauchos ¡con! pelucas.
Y así en el empecine de seguir.
Nuestros salones: búsquense en la red.
Y así vamos, venimos. El IAARPE, París
del Plata, saca aún y todavía de la galera, salón tras salón. Pródigos, al modo
de los conejos alicios, trastornados por el viento nuestro, los salones se
suceden sin ton ni son, caen al mundo con el ruido tamborileante del tam y el
tak, repiqueteo. Los salones iaarpistas retoman la tradición extranjera que ya
hizo propia Lucio V. Mansilla: la causerie. El suelo lustroso y
lustrado, el parquet finísimo listo para roer y asar, el brillo de los caireles
de cristal de Baccarat del Barrio Chino todo en derredor… Sus reflejos sobre
las máscaras de los bailarines y conversateurs, sus rechinantes reflejos
que todo, todo lo iluminan con la opacidad tenue de la luz que llega fatigada
tras atravesar los ricos tapados de armiño… En los salones de IAARPE la
Historia es un pretexto, un útil, una pluma de oca, como la de Stendhal, para
cosquillear la página, molestar las letras, à la Renée Cuellar. Y que lo que
tiene que decirse, se diga. (Contra la mordaza mordaz del taller, silenciario).
París - Buenos Aires - Córdoba -
Arizona (Grandes Llanuras y Montañas Rocosas del Far West). El Salón iaarpista
es también un Saloon, vibrante margen de la vida asociada (atrás, atrás
sociedad de lo civil y sado). Pero claro que cognac, whisky, hasta goldwasser,
cuando el escampe lo permite. También, las cenas, opíparas o frugales, la
lectura, la escritura acodada a la barra, las misivas que, en frufru, se
deslizan por debajo de la mesa, al raro amparo del aterciopelado mantel… Y toda
la laya: vaqueros, mineros, forajidos ( “escribientes”), envuelta en la
atmósfera de tres colores de los espectáculos (y no de “lo espectacular”) de
música y baile, más los infaltables juegos, no de azar, sino de providencia (el
matiz —partición de aguas— entre azar y providencia es de Léon Bloy: el
surrealismo que jugaba en serio, como los niños baudelerianos, detestaba
el azar).
Y ¡ay! de las puertas vaivén, con el
movimiento que se emputece cuando las atraviesa un cuerpo y se amansa cuando
los vientos tocan a rebato su canción. Y todos cantan, todos bailan, mientras
las copas de fino cristal se rompen entre las manos (es la pasión) al
escuchar el versículo de un poema que escribe durmiendo Jorge Bonino…
En el Salón la distinción demasiado
humana no rige: toda diferencia es de Dios.
Y tanto, empero, tanto
Sol…
Sol: cosa grande, redonda, centro,
alrededor del que bailan (por monedas, denarios más precisamente, manchados de
sangre) los avivados. Nada que ver con el baile atonal del San Vito, que suele
verse en los lares laderos a la Catedral IAARPE, en el que, dispersos (idos
de la mente) fieles, vivos, se congregan porque sí a estirar los límites de
la disposición: a experimentar el corte y confección de lugares nuevos. A
pérdida. Y/O: a por una perdición: definitiva, perfecta. Yo es Roto.
Dogma IAARPE: un monolito en la Gran
Llanura que, de pronto, vence su propia incapacidad de desplazarse. A veces,
eso: lo roto se rompe. Cuando el crack, entra aire.
Entra el viento zonda, de Marmat,
revirado, cosas del Sur del mundo y, entonces: avanzamos. Es la avanzada, el
IAARPE. Malón-legión cuyo emblema podría ser que En el Principio fue el
Nombre, gimnopedia en medio de la inmovilidad, ventisca chiquita, revuelta
y en rebelión. Como en el Eclesiastés, gira, gira el viento, y sobre sus giros
vuelve el viento. Pero aquí sucede que, al volver, el lugar es otro. Y
bueno: seguirla, ¿por qué no?, incluso cuando (¿o era porque?) ya no hay
ningún lugar a dónde ir.
Marina, cara, ¿si de
pronto apareciera un árbol,
y, sobre todo,
si fuera un serbal?
