Vida de Fernando Callero - Rafael Arce


La cercanía impone al biógrafo una discreción, una lítote. En principio, con el propio género, tan propenso a la chismografía, al ditirambo, a la hipérbole. Después, con el biografiado, en cuanto amigo y colega. Finalmente, con el personaje, en cuanto es fatal la tendencia a la idealización, a la mistificación.

Esa reserva la actúa el relato de Francisco Bitar con las figuras del Poeta y el Escritor. En ellas se juega la ética de este relato o lacónica biografía. No se trata de cualquier vida, ni siquiera de la vida de un artista. Es, más bien, la vida que hubiera valido la pena ser vivida y que el sobreviviente asume como misión postular.

Vivida en su exuberancia, en su apuro, en su desesperación y en su intensidad, no hay la vida del Poeta como tantas otras: la única vida es la del Poeta y es eso lo que la define como tal. La muerte temprana, trágica, la rubrica, porque impide su transformación social en escritor. La muerte conserva la vida vivida a borbotones en su pureza. Nace el Mito.

De modo inverso y complementario, lo que define al Escritor es su desvío de la vida que, por multiplicarse en renuncias de posibles, se convierte en vidas pasibles de haber sido vividas: aquellas desagregadas en ficciones, diversas y ensoñadas, que separan al Escritor de esa simultaneidad que es la vida del Poeta y lo ciernen a la sucesión de la historia.

La encantada discreción del retrato firma entonces ese ready-made. Fernando Callero, el poeta, el músico, el trashumante, el editor, el tallerista, el bohemio, el under, el agitador, el provinciano, el profesor, el polemista, el compañero de parranda, el amigo (“el niño querido de la madre, el enfant terrible, el viajero, el músico, el letrado salvaje, el provinciano astuto, el artista que pone la suerte de su lado…”). Nacido en la tierra de los poetas del paisaje, Entre Ríos; madurado en una ciudad sin cobijo literario, pero con su hospitalidad en la música, Santa Fe; afincado en esa “especie de ciudad entrerriana”, Santo Tomé. Atópico, a destiempo, haciendo destino de su azar, inventándose a sí mismo, administrando esa escasez literaria y artística que constituye el árido desierto de nuestros grandes pueblos de provincia.

El Mito del Poeta es el de la perenne juventud del artista. La inquietud de la biografía de Bitar es cómo morir sin dejar de ser joven o, mejor, cómo recuperar por fin la juventud después de la muerte del Poeta, que consumió la suya en la eternidad. Aunque eclipsado por su discreción, el Escritor, en su madurez, en el juego con la juventud, en su mito personal juvenilista, interroga la hazaña del Poeta: no madurar, no “trabajar” (Rimbaud), no hacer nada (no definirse por su hacer), sino simplemente ser.

 

Fernando es el primero o el último de los jóvenes, según desde qué extremo se lo mire. Es difícil decidirse, desde que cuesta determinar si la juventud se realiza de manera más cabal entre los que empiezan a ser jóvenes, con una juventud a estrenar, o en quienes llevan más tiempo siéndolo. O la juventud es una improvisación, casi una inconsciencia, o admite cierta interpretación desde adentro.

 

La poesía sería la suspensión de los medios y los fines, el acceso a la inmanencia, el rechazo de todo sistema (de pensamiento o vital) que organice como cierre de sentido y aplane las explosiones de intensidad. Porque la biografía, y ahí se incluye el Escritor, es además un retrato generacional, el boceto de una comunidad: un fuimos que persiste en el relato y en los recuerdos (sin la organización de la memoria). De ahí la perplejidad del biógrafo: fuimos (¿seguimos siendo?) jóvenes. Como sobreviviente, el Escritor habrá de incluir la vida del Poeta entre las múltiples posibilidades impropias de lo no vivido.

O, tal vez, en imperfecto, éramos, sin siquiera la predicación de juventud, sino devenir sin comienzo ni fin. He aquí el procedimiento que Bitar descubre en Callero: el recomenzar sin inicio, un eterno retorno que suspende cualquier “desarrollo” e impide cualquier maduración o coagulación. Aunque pautada por los protocolos de la biografía clásica (fechas y topónimos, cronología, eventos significativos), el relato de Bitar tampoco formula un origen del destino poético. La personalidad de Callero no conoce una causa: el Poeta, como lo dice el Preludio, nace, y eso es todo. Retrospectivamente, la intensidad de la vida se transforma en causa a posteriori de su condición. La causa flota, indecisa, y termina situándose en la interrupción de lo que no tiene final: el Mito inhibe la Historia.

 

Este modo de vivir la poesía también tenía su tradición, o más bien su mitología, en poetas de todos los siglos que habían vivido una vida tan inquietante, urgente y consumida en sí misma como la de ellos.

 

Con todo, una insinuación, si quiera para los tics psicologizantes de algún lector, podría proporcionarla el análisis del poema “Perfeito”, cuyos elementos biográficos se bocetan antes. Alguien puede inventarse un mito de origen a partir de esa secuencia ensayístico-filológica cuya extensión difumina el peso de lo biográfico. En este sentido, al tic psicologizante se puede sumar el sociológico. El rechazo de la Ley paterna es una salida de la sombra represiva y también un escape de la austeridad lingüística y cultural. Bitar elige un poema célebre de Callero (una editorial independiente en Rosario lleva ese nombre) y su close reading distrae de lo que se ha narrado, un poco elípticamente, páginas atrás, acerca del padre, un poco ausente, otro poco hostil.  No obstante, como un capítulo aparte, la lectura del poema se yuxtapone entre la vida y la muerte, y opera el paso de la Obra a la Vida.

Pues es posible que lo importante sea que la biografía del poeta resulte inseparable de la lectura de su obra. La economía del relato sugiere no obstante un mapa de esos momentos, lo que también es una pequeña historia, lateral, episódica, de la poesía argentina, con sus sempiternas tensiones entre Buenos Aires y las provincias. La inflexión ensayística se enhebra así a la narrativa, el rigor en la lectura (el rigor de la tarea poética en la vida de Callero) bascula el desorden de un vitalismo sugerido en sus detalles alusivos.

En este sentido, el recomienzo es además un remontarse del lector-crítico a la fuente, del poema redondo al poema mudable, de la madurez poética a la inmadurez, de la poesía a la fuerza previa que la vuelve posible, de la Obra a la Vida y (para el Lector-Escritor) de la Poesía a la Biografía. Esta inversión de la cronología entiende que la recuperación de esa juventud perfecta posee un sentido doble (aunque único): la máquina de recomenzar es vital y poética, es un procedimiento de escritura y de supervivencia. El remontarse a la fuente consiste en suturar el discreto Obra-Vida haciendo del relato una experiencia de lo indiscernible. Es el sentido del Preludio: el nacimiento del Poeta, en el que se cifra una plenitud:

 

El Poeta, entonces, no nace a una sucesión sino a una profundidad; no a una linealidad sino a una exuberancia.

 

Como Preludio, es, si se quiere, irónico, porque vuelve imposible la biografía, que es traducción a la Historia de una simultaneidad, una instantaneidad. No obstante, el Escritor, arrojado por la muerte del Poeta a la sucesión de las historias, expulsado de la simultaneidad por el rodeo y la interrupción de las ficciones no-vividas, debe narrar, adoptar la convención de la biografía, para darle espesor al mito.