Las cifras de Diecisiete Haiku - Alejandro Ramos
Ser en la vana noche
el que cuenta las sílabas.
J. L. Borges, El oro de los tigres
El otro archipiélago
Es natural imaginar a
Borges como navegante del archipiélago británico: sombra que deambula por esas islas,
tierra del melancólico matemático Herbert Ashe y de los paisajes por donde
corría con dulzura el tren que abordó el espía Yu Tsun; territorio cuyo corazón,
Londres, destella en el Aleph como un laberinto roto (en mi memoria, siempre es
“un laberinto rojo”). Menos inmediata es la certeza de su presencia en otro
archipiélago: el de las incontables islas que conforman Japón. Sin embargo, hoy
sabemos que imágenes y relatos de esa cultura fertilizaron la mente del niño
lector. La temprana fascinación persistió: de manera casi íntima, Borges leyó y
escribió sobre religión, literatura y poesía japonesa toda su vida. En una de
sus primeras obras narrativas, Historia universal de la infamia, incluyó
el relato “El incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké”, audaz reescritura
de la tradicional historia de los “Cuarenta y siete rónines”. En 1972 publicó El
oro de los tigres, donde figuran seis tankas, forma poética tradicional de cinco
versos regida por una particular pauta métrica; en 1976 escribió, junto con
Alicia Jurado, ¿Qué es el budismo?
Una escala, quizá
inesperada, de este itinerario fue el viaje que Borges (ya octogenario) y su
amiga María Kodama (de ascendencia japonesa) hicieron al otro archipiélago en
1979. Podemos pensarlo como un tardío viaje iniciático porque habrá sumado a su
memoria literaria una experiencia radicalmente vital. Las hojas de los libros
devinieron fragancias nuevas; el abstracto idioma se volvió sonido cotidiano;
en algún jardín de Kioto habrá escuchado el rumor de árboles desconocidos; y los
dioses, hasta entonces meras palabras, eran tangiblemente venerados por sacerdotes
cuya presencia en un templo el escritor adivinó a través de la “delicada” o de la
“dudosa penumbra de la ceguera” como recuerdan dos poemas del libro La Cifra.
La atmósfera de ese
viaje se prolonga en el tramo final de esa obra, publicada en 1981. “El go”,
poema sobre el juego ancestral (de nombre japonés), fechado antes del viaje,
funciona como umbral de la secuencia: “Shinto”, “El forastero”, “Diecisiete
haiku”, “Nihon” y “La cifra”; este último, como se ve, le da el título al
libro. Las restantes composiciones del
volumen reavivan el brillo de la clásica constelación borgiana: la severidad del
tiempo, las preguntas de la filosofía, las tradiciones literarias, la memoria,
el insomnio. El volumen busca, según se declara en el prólogo, una “vía media”
entre dos fuerzas, “el intelecto (la vigilia) que piensa por medio de
abstracciones, y la poesía (el sueño) que piensa por medio de imágenes”.
La lectura de la secuencia japonesa revela que dos de
sus composiciones, “Diecisiete haiku” y “La cifra”, esconden una singular
construcción del intelecto y, más precisamente, del intelecto cuantitativo: un
enigma lúdico que reside no solo en lo que los textos dicen, sino en su arquitectura
formal, un procedimiento ya presente en uno de los relatos más célebres de
Borges. Al término del libro el escritor colocó “La cifra”, poema donde invoca
a Virgilio y a la luna, descifrada por unos “vagos ojos” en una noche
perdida en el tiempo. Aunque a primera vista la temática parece ajena al Japón,
la composición se vincula crípticamente con “Diecisiete haiku”, una exquisita serie
en la que Borges hibrida las tradiciones poéticas japonesa y española, y donde
sospechamos la subrepticia presencia de otras cifras.
Tomadas en su conjunto, las dos composiciones resultan
un inusual ejercicio de inversión de una de las obsesiones más persistentes de
Borges: la huella encubierta allí no es la del infinito sino, por el contrario,
la de la finitud y la nada, la del vacío y su transcripción matemática, el
cero. Descifrar este enigma lúdico requiere adentrarse en las distintas formas
de versificación que convergen en estos poemas.
Musicalidad
y métricas
El título “Diecisiete
haiku” anuncia un juego propuesto por Borges a partir de la norma del haiku
tradicional, una composición breve organizada en tres segmentos rítmicos
–vertidos usualmente como “tercetos” en las lenguas occidentales– que reúnen diecisiete
on –la unidad rítmica de la fonología japonesa– según el patrón 5-7-5. La
serie hila, pues, un total de 172 = 289 unidades rítmicas. Esta
cifra es, por construcción, un cuadrado perfecto: un número cuya raíz
cuadrada es un entero, no un número “irracional”, inconmensurable, como √2, en
cuya expresión decimal acecha el pavoroso e indescifrable infinito. El título
revela no solo una voluntad de rigor poético y metáfora cuantitativa sino
también el afán de construir una criatura controlada, equilibrada, de raigambre
pitagórica, despojada del espíritu kafkiano del Borges autor de “La biblioteca
de Babel” o de “Tigres azules”, relatos cuya dimensión matemático-narrativa
está asociada con el infinito y una postulada irracionalidad del Universo.
El haiku proviene de
una esfera cultural admirada por Borges pero muy lejana de sus raíces
occidentales. Es una forma poética propia de un idioma con características muy
distintas a las del español. Muchos de los intentos poéticos organizan las
palabras en recurrencias perceptibles, en cadencias; así la semántica de las
palabras se funde con una experiencia de musicalidad. La versificación requiere,
entonces, alguna unidad de cómputo, una piedra basal o módulo apto para
construir patrones repetitivos: necesita una unidad rítmica. La
versificación libre no prescinde de la musicalidad pero organiza las palabras
con otros patrones, no periódicos. La unidad rítmica no es abstracta ni
universal: en cada idioma se adecúa a sus propiedades fonológicas y, por tanto,
no es arbitraria.
La unidad rítmica de la
poesía japonesa clásica es el mencionado on, “sonido”, a veces
identificado en la lingüística occidental como equivalente funcional de la mora,
una unidad lingüística y la unidad rítmica de la antigua poesía grecolatina. El
on es un pulso de sonido elemental que tiende a ser isócrono, uniforme; no es
equivalente a la sílaba: hay sílabas japonesas que tienen más de un on y hay
sonidos que corresponden a un on y no son una sílaba. En japonés, el conteo
rítmico de los haikus se hace mediante on, no mediante sílabas.
En la versificación en
español, como se dijo, la unidad rítmica primaria es la sílaba poética,
una unidad articulatoria completa alrededor de un núcleo vocálico, no un pulso
de sonido. La métrica española establece la longitud de sus versos en términos
de cantidades fijas de sílabas que conforman períodos temporales más o menos
regulares. La posible irregularidad proviene de que, a diferencia del japonés,
el español es acentual: cada palabra tónica tiene un acento que,
esquemáticamente, cae hacia el inicio (esdrújula), en el centro (llana) o al
final (aguda). La gran mayoría de las palabras en español son llanas. Como
tienen un equilibrio tónico, cuando las palabras llanas van al final de
un verso, no se produce una distorsión perceptiva en torno a su longitud. El
conteo de sílabas poéticas indica la longitud del período recurrente percibido.
Pero si el lugar final
es ocupado por una palabra aguda, auditivamente se percibe una enunciación con
energía creciente: el verso suena más largo que sus sílabas gramaticales. Si
fuese una esdrújula, la impresión es la contraria, una enunciación cuya energía
decrece: el verso se percibe más corto que sus sílabas. Por ello, desde muy
temprano, la métrica española estableció como regla que el conteo
silábico debía ser corregido cuando esas palabras, digamos, estridentes,
van al final de un verso: +1 sílaba, si es aguda; -1 sílaba, si es esdrújula.
Esto adecúa los períodos silábicos a su percepción, afectada por esas
palabras fonéticamente desequilibradas en el idioma acentual que es el español.
Esta ley de corrección
acentual es ajena al japonés, cuyo ritmo está organizado a través del uniforme on.
Escribir haikus en español tiene que hacerse, naturalmente, con la unidad
rítmica propia de este idioma y, por tanto, en esa traducción de la forma
no puede replicarse una característica de la fuente original. El ciclo borgiano
está construido para exponer esta diferencia, para mostrar la hibridación
formal de la que resulta la composición. Así, el ejercicio mantiene una
identidad aritmética con la forma original mientras que expone su imposible
identidad fonológica. Veremos ahora cómo lo hace.
La
métrica de “Diecisiete haiku”
El análisis métrico español
debe tener en cuenta no solo la descomposición de las palabras en sílabas
gramaticales sino también la formación de sinalefas, un fenómeno que ocurre
cuando en dos palabras contiguas en un verso, la primera termina y la segunda comienza
con vocal. Sinalefa significa la acción de “deslizar una cosa sobre otra”, en
este caso un sonido vocálico sobre otro. Como el verso se constituye en la voz,
esta coalescencia fonética tiende a reunir sílabas separadas en un solo sonido,
algo que semeja al on japonés. La cantidad de sílabas poéticas en un
verso es la cantidad de sílabas gramaticales menos la cantidad de sinalefas que
haya. A diferencia de la corrección acentual –que es una ley de la métrica–, la
sinalefa puede no aplicarse: un hiato puede oficiar como licencia
poética.
Escansión del ciclo “Diecisiete
haiku”
La escansión inicial
del ciclo borgiano tiene un resultado sorprendente. Al efectuar el conteo de sílabas
poéticas (SPO), tres versos están desequilibrados respecto a la norma 5-7-5
del haiku: dos de ellos tienen carencia métrica; uno tiene exceso. El total
de sílabas poéticas es, pues, 172 – 1 = 288. Lo notable, sin embargo,
es que todos los tercetos del ciclo, salvo 3 y 14, cumplen esa norma sin
necesidad de efectuar correcciones acentuales. Al margen de cualquier azar, solo
los tres versos mencionados requieren esa operación; en los cuarenta y ocho
restantes, el mero conteo silábico, propio de la métrica española, es el
equivalente funcional del conteo de on japoneses. Es decir, en esos versos, cuando
Borges cuenta como un haijin, pero con su propia unidad rítmica, su traducción
de esa forma poética japonesa al español no muestra conflictos, fracturas. Ocurre
que los versos que conforman el grueso del ciclo terminan todos en palabras
llanas, palabras que no requieren corrección acentual. La unidad rítmica
japonesa y española resultan análogas, convergen: contar sílabas es como
contar on: en esos cuarenta y ocho versos la métrica española simula o espeja
la métrica japonesa. Como veremos más adelante en detalle, Borges concentró
toda la disonancia entre las dos métricas en el haiku 3, donde dos
versos terminan en palabra aguda, y en el haiku 14, donde un verso termina en esdrújula.
El reverso de esto es haber logrado una composición en la cual 48/51 ≈ 94 por ciento
de los versos terminan en palabra llana, mientras que en español alrededor del
80 por ciento de las palabras pertenece a esta categoría.
Al aplicar la
corrección acentual española, el conjunto del ciclo alcanza 172 =
289 sílabas poéticas. Pero esto es, en cierto sentido, trivial o artificial; no
parece ser el objetivo constructivo del ciclo. Ocurre porque se aplica
una regla ajena a la forma original, cuya métrica no requiere corrección
acentual. Ambos idiomas convergerían, en lo referente a la terminación del
verso, si todas las palabras finales en español fuesen llanas, estuviesen
equilibradas tónicamente. El verdadero juego de Borges no es haber logrado un
ciclo de haikus métricamente perfecto en español, sino plantar una pista
que nos conduce a la diferencia estructural de ambos idiomas; mostrarnos que la
hibridación formal no es inocente ni anodina. Para ello, resume la disonancia fonológica
en tres versos de dos haikus (una suerte de “terceto” disperso) que exponen las
consecuencias de la traducción formal que está ejecutando.
¿Será posible que el
ciclo se equilibre métricamente utilizando solo el conteo silábico? Es decir,
si suspendemos la corrección acentual propia del español, ¿podemos obtener
la cifra 172 = 289 sílabas? Para responder esto, hay que examinar de
cerca los dos haikus disonantes.
Su primera
característica es su precisa –tampoco azarosa– ubicación en la serie. El
primer haiku disonante ocupa la tercera posición: tres, el número de
versos de un haiku. El segundo está en la posición 14, es decir, 17 − 3. Ambos
lugares suman 17, la cantidad de on (o sílabas, en este caso) de un haiku, y la
cantidad de haikus en el ciclo borgiano. Borges ubicó la tensión entre
ambas métricas en bordes casi equidistantes del principio y del fin del ciclo;
en posiciones complementarias, determinadas por las cifras que caracterizan la
forma y la métrica del haiku 3 y 17, respectivamente.
Escansión de los haikus
disonantes: El desequilibrio
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El segundo rasgo
llamativo de los haikus disonantes es que en ambos el conjunto del terceto es interrogativo,
algo inusual en esta forma poética original. El primer verso del haiku 3 es
también extraño porque sugiere una pregunta ontológica, más propia de un
filósofo occidental que de un haijin para quien el ser es fluencia. Más aún: el
verso puede ser leído como una pregunta sobre su propia métrica. “¿Es o no es…
[este verso de cinco sílabas?]” La oscilación queda expuesta: si me limito a
contar sílabas articuladas, obtengo cuatro; si aplico la corrección propia del
sistema en que estoy hibridando esa forma, obtengo cinco, gracias al monosílabo
tónico final “es”). Vale notar que la brevedad y la estructura del verso 3.1 obligan
a omitir la potencial sinalefa “noes”.
Pero el vínculo entre
ambos haikus no se limita a su carácter interrogativo. Hay una simetría entre
sus desequilibrios expresada por la semántica de sus versos. El haiku 3 no solo
tiene un déficit métrico sino que habla del olvido, de una pérdida, de
una carencia. El déficit métrico, que está en el primer verso del primer
haiku disonante, 3.1, resulta simétricamente compensado por un exceso en el
tercer verso del segundo, 14.3; semánticamente, el haiku 14 se refiere a dos
“excesos”, un “imperio” y una “luciérnaga”, esta última excesiva como palabra
(tiene cuatro sílabas, solo superada en extensión por “oscuramente” en la serie),
y a la vez denota un insecto excesivamente pequeño en relación con la imagen de
grandeza de un imperio. Ambos haikus dialogan a través de sus versos centrales:
3.2: “el sueño que olvidé” se corresponde con 14.2 “esa luz que se apaga”.
Si los desequilibrios
polares se compensan para la totalidad del ciclo (si la sílaba faltante de 3.1
se compensa por la sílaba excedente de 14.3), entonces la disonancia se
concentra en un único verso, el 3.2, el centro del primer haiku anómalo
que acabamos de mencionar: “el sueño que olvidé”.
Sin embargo, en este
verso se ha contado una sinalefa: queol. Si la olvidamos, si la
suspendemos, el déficit desaparece. Al olvidar esa sinalefa en un verso
que habla del olvido, la serie se equilibra. Este hiato provoca una
pausa en la lectura; genera una
abertura, crea un vacío donde había una continuidad. Si leo “el
sueño que [ø] olvidé”, en lugar de “el sueño queolvidé”, aun suspendiendo la
corrección acentual española, el ciclo total contiene 172
= 289 sílabas. Y, aún más, crear una pausa, un vacío, ¿no es
acaso introducir una cifra? Sí: una cifra, esto es, ṣifr, la
palabra árabe para el vacío: la cifra resulta ser, entonces, la clave
del peculiar equilibrio métrico engastado por Borges en “Diecisiete haiku”. En
este caso, la cifra (título del libro y de su último poema) equivale al cero,
a la nada que reaparece o se descubre, se descifra en el centro del primer haiku
anómalo. La palabra ṣifr es, vale recordarlo, la que comenzó a designar al
cero, quizás en las traducciones toledanas de tratados matemáticos
árabes, una hibridación cultural de primera magnitud.
Escansión de los haikus
disonantes: El equilibrio, ṣifr, cero
Es la cifra –el vacío–
la que equilibra la serie como una totalidad en la que se absorben las disonancias
locales; es la cifra la que permite aplicar una métrica análoga a
la de su raíz japonesa. La hibridación engendra disonancias, pero estas pueden aplacarse
siempre que la validez de la norma opere para la totalidad del ciclo y
no solo para cada uno de los haikus separados; en su entrelazamiento se
recupera el cuadrado perfecto 289 = 172. Por otro lado, cifra
es también la palabra que designa esas 289 sílabas poéticas: es, a la vez, el cero y la totalidad.
Subraya esta poética el
hecho de que el cuadrado perfecto 172 pueda a su vez descomponerse
en la suma de otros dos cuadrados perfectos: [289 = 64 + 225] = [172
= 82 + 152]. Las cifras (17, 8, 15) conforman una bella terna
pitagórica, un ejemplo en el que el teorema homónimo se cumple en el ámbito
de los números enteros, sin generar números “irracionales”. Con estos
números podemos construir un triángulo rectángulo cuyos lados admiten una unidad
de medida común: existe un segmento que calza un número entero de veces en cada
uno. No ocurre así, por ejemplo, con un triángulo de lados (√2, 1, 1): aunque
también es rectángulo, no existe un segmento que entre un número entero de
veces en sus tres lados; su hipotenusa es inconmensurable con los catetos. La
estructura cuantitativa del microcosmos poético borgiano (las cifras que
lo constituyen) está, pues, cimentada sobre números enteros, un diminuto
consuelo frente al caótico y atroz infinito que se esconde en el macrocosmos y
en la densa recta numérica, punteada arteramente por números “irracionales” (√2,
π, …) cuya inconmensurabilidad es para Borges, en varios de sus relatos
clásicos, un signo del absurdo, de la imposible comprensión del Universo.
Cifra es la
palabra clave que conecta las dos métricas, así como el vacío es sin
duda un motivo propio de la visión filosófica y teológica del mundo donde nació
la disciplina del haiku. Borges puso el ciclo bajo la enseña de la finitud y
del cero, en lugar de invocar al infinito.
La disposición
espacial, casi diríamos, geométrica, del texto es el recurso del poeta para
no limitarse al contenido semántico de su ciclo de haikus. Este procedimiento
está precedido por uno de sus más ilustres relatos.
Un
espía, la metafísica del tiempo y la forma de un texto
En la página 97 de Ficciones de Jorge Luis Borges,
se lee que en la página 22 de la Historia de la Guerra Europea de
Liddell Hart, se lee que una ofensiva de trece divisiones británicas (apoyadas
por mil cuatrocientas cincuenta piezas de artillería) contra la línea
Serre-Montauban había sido planeada para el veinticuatro de julio de 1916 y
debió postergarse hasta la mañana del día veintinueve. Las lluvias torrenciales
(anota el capitán Liddell Hart) provocaron esa demora –nada significativa, por
cierto.
En la página 111 del mismo libro –al final de una
larga declaración que, según el narrador, arroja luz sobre aquel episodio de la
historia militar europea– se lee que el espía chino-alemán Yu Tsun dictó,
releyó y firmó un documento donde, inter alia, afirma: He sido condenado
a la horca. Abominablemente he vencido: he comunicado a Berlín el secreto
nombre de la ciudad que deben atacar. Ayer la bombardearon… El Jefe (der
Leiter) ha descifrado ese enigma. Sabe que mi problema era indicar… la
ciudad que se llama Albert y que no hallé otro medio que matar a una persona de
ese nombre.
Examinados conjuntamente, ambos extremos de “El jardín
de senderos que se bifurcan” exponen secuencias contradictorias. Liddell Hart
atribuye la postergación de la ofensiva a lluvias torrenciales y considera
irrelevante esa demora; Yu Tsun, en cambio, afirma haber hecho posible el
bombardeo de Albert, donde se encontraba un estratégico parque de artillería,
operación que demoró la ofensiva británica. La contradicción entre las
causas propuestas para esa postergación en el primero y el último párrafo del
texto (entre los dos textos encadenados por el narrador) está lejos de
ser un descuido: es un deliberado (y opaco) procedimiento constructivo.
El cuento presenta así dos enigmas distintos. El
primero es visible en la trama y es de orden criminal: ¿por qué Yu Tsun asesinó
a Stephen Albert? El segundo permanece casi oculto en la superficie narrativa
pero emerge en la organización misma del relato tal y como se nos presenta –en
su forma– y es de orden metafísico: ¿cuál es la estructura del tiempo, cuál es
la forma de la historia?
La solapada contradicción nace de la inscripción en el
texto de la metafísica propia de Ts’ui Pên, cuya novela, como sabemos, es un
“acervo… de borradores contradictorios”. El tiempo no es lineal: se ramifica
infinitamente. El primero y el último párrafo del cuento pertenecen así a dos senderos
distintos, a dos textos distintos que se entrecruzan en la historia. Borges no
se limita a discurrir o tramar sobre una asombrosa metafísica del tiempo: hace
que el propio relato se comporte según sus leyes. Nos encontramos pues con un procedimiento
constructivo cuya forma reproduce en miniatura el postulado metafísico del
relato.
En “Diecisiete haiku”, como hemos visto, un mensaje cifrado
se esconde no solo en las palabras y las imágenes de los poemas sino en su arquitectura
formal: al leerlos, hurgando en sutiles peculiaridades introducidas en su
construcción, surge un ingenioso juego de simetrías, compensaciones métricas y
referencias opacas y cruzadas que se prolongan en “La cifra”, el último poema
del volumen homónimo. Esto nos permite leerlos como un díptico, o quizás
una moneda, una de cuyas caras es japonesa y la otra, romana.
La luna
de Virgilio
Tal y como el primer haiku
disonante tiene la clave del equilibrio métrico interno de la serie, es el
segundo el que lo vincula externamente con “La cifra”, el último poema
virgiliano del libro. El haiku 14 está rodeado por un tríptico lunar:
los haikus 12, 13 y 15; la luna, ya se dijo al principio de este ensayo,
es un motivo principal de “La cifra”. En ese poema la palabra luna se
convierte en una pista alusiva a la estructura de “Diecisiete haiku” porque
también la hallamos allí triplicada: tres tercetos la tienen como motivo pero
no están perfectamente agrupados. El haiku interrogativo y anómalo 14 está
incrustado entre ellos. Ambos textos se relacionan a través del significante luna,
emparentado con el cero al que remite ṣifr: reducidos a sus signos, la
luna y el cero son discos, círculos. El poema virgiliano de Borges sugiere que
la luna se descifra: podemos pensar entonces que en el tríptico lunar
de “Diecisiete haiku”, injertado con un elemento extraño (la pregunta de
14), se esconde una clave: la alusión a un “imperio… que se apaga” que nos
llevará a La cifra. Además, el haiku 12 dice:
Bajo el alero
el espejo no copia
más que la luna.
Es decir, esta luna
(japonesa) es el reflejo en un espejo de otra luna (romana): de la luna de
Virgilio que desciframos con vagos ojos. Ambas composiciones dialogan entre sí.
Los dos primeros versos
de La cifra dicen:
La amistad silenciosa de la luna
(cito mal a Virgilio) te acompaña…
¿Qué significa “cito
mal a Virgilio”? Significa que Borges comete un error en su versión de un verso
de Virgilio o, mejor, incurre en una forma de anomalía también en ello,
como aquellas en las que incurrió en “Diecisiete haiku”; significa que
introduce alteraciones en ese monumento literario para hibridarlo con su
propia creación. Borges “cita mal” un verso del libro II de la Eneida:
tacitae per amica silentia
lunae
cuya traducción podría
ser:
por los silencios amistosos de
la callada luna
En el primer verso de
su poema, Borges convierte los “silencios amistosos de la callada luna” en “la
amistad silenciosa de la luna”; invierte la estructura del sintagma virgiliano:
el sustantivo silencio deviene adjetivo y el adjetivo amistosos se
convierte en sustantivo.
El verso original habla
de una noche decisiva de la épica clásica grecolatina: la caída de Troya
relatada en el libro II de la Eneida. Los aqueos han dejado el caballo
fuera de sus muros y partieron en sus naves, en verdad para esconderse en la
isla de Tenedos. Los troyanos introducen el regalo dentro de sus murallas.
Llega la noche. Hay una luna silenciosa que resulta ser cómplice de los aqueos
para su asalto letal. Debe cumplirse el destino (Fatum) de Troya,
condición del futuro surgimiento de Roma. Troya es ese “imperio que se apaga”
que resuena en el haiku 14.
La noche del asalto,
Eneas, como los demás troyanos, duerme. Sueña con Héctor que le dicta su
destino: abandonar la ciudad y fundar otra “de muros grandiosos”. El sueño de
Eneas, que entrevé la fundación de otro imperio, resuena en el verso esencial
del otro haiku disonante, el 3.2, “el sueño que olvidé”.
Borges torna así un
verso épico en un verso lírico y nostálgico. En Virgilio, la luna es hostil a
los troyanos, es un arma para los aqueos; en Borges, es una amiga que acompaña
al poeta. La épica deviene una lírica marcada por la cercanía de la muerte. La
metamorfosis de la épica en lírica está también presente de otra manera en el
diálogo entre “La cifra” y “Diecisiete haiku”. Precisamente el terceto central
de la serie, el haiku 9, dice:
La ociosa espada
sueña con sus batallas.
Otro es mi sueño.
Como un eco del “olvidado
sueño” del haiku 3, el poeta ahora rechaza el sueño épico: es solo la espada la
que sueña con las batallas de Eneas, no el octogenario, no el yo poético, no Borges.
Los vínculos semánticos entre ambas composiciones, que se reflejan entre sí, las
convierten en un puente entre las culturas que convencionalmente denominamos
oriental y occidental.
La
hibridación creativa
Leídos como un díptico velado,
“Diecisiete haiku” y “La cifra” revelan un diálogo entre tres tradiciones
poéticas: la japonesa, la española y la latina. Un intercambio en el cual
Borges produce una hibridación creativa; ejercita tradiciones ajenas desde la
propia buscando una síntesis. La “vía media” entre el intelecto y la imagen
anunciada en el “Prólogo” de La Cifra logra conmovernos estéticamente
una vez que desciframos su arquitectura formal y sus conexiones.
A diferencia de su
encriptado del infinito en “El jardín de senderos que se bifurcan”, en
este ejercicio poético Borges esconde un mensaje opuesto a ese símbolo del caos
y el absurdo que recorre buena parte de su obra; su pasión por crear
deslumbrantes objetos imaginarios plástico-matemáticos –como el Aleph, la
biblioteca de Babel, la memoria de Funes o los tigres azules– cede a un ejercicio
minimalista que refleja un cosmos ficcional, acotado y en equilibrio, producto
del rigor métrico de una tradición poética que goza de restricciones distintas
a las de su propio idioma. En “La cifra” y su reflejo lunar en “Diecisiete
haiku” se encuentran tanto un espíritu pitagórico –sediento de armonía y de un
universo finito– como el ansia del vacío, ṣifr, propia de la tradición
japonesa. Una inesperada convergencia filosófica.
Extemporánea Uno: Todo
esto contrasta en un sentido (y en otro, no) con la última obra de Mallarmé, Un coup de dés jamais n’abolira le hasard. Allí
el poeta plasmó bajo una forma rigurosa la dispersión, la escurridiza
constelación del azar, el caos de los naufragios que envuelven al mundo. Borges,
en cambio, en estos poemas tardíos, no invocó esos abismos: se refugió en un
ingenioso y secreto laberinto mínimo cuyas claves están –como en el poema de
Mallarmé– inscriptas en la forma
que organiza el texto.
Extemporánea Dos: Y
entonces, ¿cuáles son las cifras de “Diecisiete haiku”? —preguntó alguien. Diecisiete
poemas de tres versos cada uno, cincuenta y un versos: tres veces diecisiete; diecisiete
sílabas en cada poema, diecisiete al cuadrado: doscientas ochenta y nueve
sílabas poéticas: un cuadrado perfecto; tres palabras finales desequilibradas y
cuarenta y ocho serenas, llanas; los haikus tres y catorce: suman diecisiete;
un tríptico lunar, donde hay un espejo que enlaza dos caras de un díptico, o
quizás de una moneda; el haiku nueve (tres veces tres, tres al cuadrado),
centro exacto de la serie, lugar del sueño y fulcro de espadas y batallas; y por
último, el cero, signo del equilibrio y del vacío, cuyo remoto antecesor, ṣifr,
nos dio la palabra cifra.
---
Lecturas
Borges,
Jorge Luis. La cifra:
Sudamericana, 2020.
————————.
Ficciones: Emecé, 1961.
————————.
El oro de los tigres:
Sudamericana, 2020.
————————. “Mi
experiencia con el Japón”. En Gasió, 1988.
Bujaldón de Esteves,
Lila. “Borges y los 47 rónines”. Boletín
de Literatura Comparada, n.º 36 (junio de 2011): 49–67.
Fratantuono,
Lee M. “Alma Phoebe: Lunar References in Virgil’s Aeneid”. Graeco-Latina Brunensia 24, n.º 1 (2019):
61–79.
Gasió, Guillermo. Borges en Japón. Japón en Borges:
Eudeba, 1988.
Hagimoto, Koichi.
“Borges and Japan”. Chasqui
44, n.º 2 (nov. 2015): 205–215.
Kodama, María. “Yo fui
con Borges al Japón”. En Gasió, 1988.
Maor, Eli. The Pythagorean Theorem: Princeton University Press, 2007.
Shimizu, Norio. “Los
haikus de Borges: su peculiar acercamiento a la estética japonesa”. En Actas del I Congreso Internacional sobre
el español y la cultura hispánica en Japón, 99–105. Tokio:
Instituto Cervantes de Tokio, 2014.
Silva, Alberto. El libro del haiku: Bajo la
Luna, 2010.
Virgilio. La última noche de Troya: libro II de la
Eneida. Traducción en hexámetros castellanos de Vicente Cristóbal
López: Hiperión, 2018.



