Carta a Balthus - Carlos Surghi

 

Querido Balthasar:   

Tu hermano es el último escritor. Así lo creo. Después de él ya no se ve nada. Humo tal vez. Polvo en suspensión. No más. Sí, así nada. Y, sin embargo, todo. Luego del punto final uno no sabe si ha atravesado el bosque, si está aún en medio de él, si el bosque ardió o si en su ceniza -en la ínfima voluta- aún se levanta por detrás una imagen de lo que él fuera. ¿Galería de cuadros para una infancia en su cruce de caminos? No creo, invento. Pero continuo. Podría ser el enigma de mirar. Aunque tampoco lo sé. Hay cosas que no deben mirarse.

Lo he releído y cierta perturbación de los sentidos sigue ahí. Reliquia de páginas y páginas diría, un ardor en el borde de cada hoja. ¿Cómo dar vuelta la página, si no hay margen por donde agarrarla cuando se quema? De esa ceniza solo puede volver el fuego, qué extraño, no necesariamente lo devorado. Juguetes tiznados, como los que a tus adolescentes les recuerdan lo que fueron: niñas quemadas al desvestirse de su ángel que eran. ¿Y qué nos cuenta el fuego? Un rapto prolongado que se repite en su huida. La pantomima de aquello que se reanima después de arder, después del fin que eso trae. ¿Con quién hablar si no con vos, a quién contarle la tragedia de lo extinto si no a un sobreviviente entre celebridades? Te confieso que a veces soy un lector sorprendido o decepcionado para el que todo se resume en la paradoja del final: el último escritor que cuenta lo que se extingue, da a luz al primer lector que debe hablar sobre lo que se ultima. Sí, solo se es escritor cuando se es el último. Por eso él se ultima, ¿no?, se aventura, se orienta al extravío. Decime, ¿vuelve al bosque de otra infancia donde vos ya no estarías?

Pero qué extraño, pienso que entre ultimarse y ser el último hay una diferencia. No necesariamente siendo el último el escritor que uno es se ha ultimado. ¿No te parece? La acción de ultimarse, acaso lo que más importe, tiene que ver con lo que hace la literatura: provocar sensación de lo último y, a la vez, ser lo último en fuga. Último es entonces el escritor ultimado porque ya no tiene qué decir. Último es lo que no se dice por afuera de lo que se ultima. Uno podría también entender que el último escritor es el escritor consumado, extinto, acabado por su deseo de ser último, al fin realizado, sin nada ya por contar. Y no. Ni bien es todo eso, resulta que llega la condición de lo último que acaso sea escandalosa: lo nuevo. Como tus cuadros tocados por la luz del sol en Rossiniére o en una tarde romana cualquiera, lo nuevo llega solo con la suerte de lo último. La ultimación es entonces la suerte del que arde. Qué fatalidad.  

Un amigo me dijo hace poco que tu hermano ya no lo lee, que su tiempo pasó, que fue una conjura de analistas lo que por estos lados lo tradujo, lo glosó, lo mal usó. La novedad es así. Escándalo frívolo. Golosina cruel. Otro, quiso adoctrinarme y me señaló lo rebuscado de su erotismo en la intensidad del que desfallece, su simulacro que como tal es imagen de un fantasma y la malicia, acaso un ejercicio, un camino a seguir, una distinción por ganar, y que solo llega cuando ya no hay moral alguna.

A mí sin embargo me gusta su primera ceniza, la que se eleva y baila, la que hace relucir el recuerdo de árboles raquíticos y sin follaje, desnudos en el bosque ya consumado, en pose o tocados por ese rayo de la siesta en la habitación de tus dibujos.  

Hay una fotografía de Setsuko en Villa Médici, con su kimono resplandeciente, acabo de verla, saludos a la condesa.

C.