Sobre Plenario y Metanfetafísica - Germán Prósperi / Damián Selci

 

[Noticia: La siguiente presentación cruzada de Plenario. Para un manifiesto de la militancia de Damián Selci y Metanfetafísica. Ensayo de sobredosis ontológica de Germán Prósperi tuvo lugar el de 20 de mayo de 2026 en la Facultad de Humanidades y Cs. de la Educación de Universidad Nacional de La Plata]

 

 

Hacer empezar el siglo XXI - Germán Osvaldo Prósperi

 

Vivimos en una era signada por el prefijo “post”: post-humanismo, post-marxismo, post-historia, post-metafísica, post-fundacionalismo y un largo etcétera. Si bien es cierto que estos diversos rótulos proliferaron ya durante el siglo XX, ahora pareciera ser que al “post” se le ha sumado una creciente depresión, no sólo anímica, sino también filosófica o teórica. El siglo XXI ha comenzado, como yo, que estoy anémico y con carencia de vitamina D, con las defensas bajas. A decir verdad, tres síntomas del siglo pasado nos permitían vislumbrar este limbo crepuscular al que me atrevo a llamar la “era de lo post”: el fin de la metafísica anunciado por Heidegger, el fin de la historia anunciado por Kojève y el fin del hombre anunciado por Foucault. Menciono a estos tres pensadores, estos tres síntomas, porque en todos los casos hay una figura que funciona como referencia insoslayable. Esa figura es Nietzsche, un autor a quien no por nada le está dedicada una de las comisiones de Plenario y en quien quisiera detenerme un momento en esta presentación.  

Se entiende por qué estos tres autores de lo “post” remiten a Nietzsche. Como se sabe, Nietzsche pone en cuestión la figura del hombre occidental, del sujeto metafísico, y a la vez los principales pilares de esa tradición. En este sentido, no sería arriesgado decir que a partir de Nietzsche la filosofía ingresa en la era de lo post. Sin embargo, lo curioso es que Nietzsche no es un pensador de lo post; muy por el contrario, la noción de post le habría parecido, estoy convencido, un signo de debilidad y decadencia. No hay que olvidar que Nietzsche nunca habló de un post-hombre, no dijo -al menos hasta donde yo sé- Nachmensch, sino Übermensch. Nietzsche emplea el término Übermensch no tanto porque considera que este nuevo tipo de hombre, este ya-no-hombre, simplemente viene después del hombre, sino porque está por encima del hombre, porque es mejor que el hombre, es decir es más digno, más creador, más jovial. Lo que debemos tener en cuenta es que este anuncio es para Nietzsche una ocasión de júbilo, no de resignación depresiva y de parálisis somnífera. Nietzsche no es Mark Fisher; o lo es aunque de otro modo. Yo creo que hoy hemos perdido esa irreverencia afirmativa y propositiva del über nietzscheano, esa posibilidad de soñar con una nueva forma humana o ya-no-humana más elevada que la anterior; hoy nos hemos acostumbrado a la tibieza del nach.

¿Por qué?

Arriesgo una respuesta: porque en el post seguimos encontrando un anclaje. Esa es al menos mi impresión. Recordarán el verso célebre de Rilke, “no nos sentimos en casa en el mundo interpretado”. Estamos fuera de casa, fuera de la casa del ser y del hombre, pero -y este es el alivio que nos ofrece el post- no estamos tan lejos. El post nos garantiza que sigamos de algún modo ligados a la casa que hemos abandonado. Si bien no habitamos ya en la casa, al menos nos refugiamos en el granero. El post es en relación a la metafísica, al humanismo y a la historia, lo que el granero es en relación a la casa (del ser, del hombre y de la historia). Hemos hecho del post nuestro modo de ser. Si bien el ser ha perdido las mayúsculas, el post nos permite recordarlas con veneración.

Por algún motivo, viene a mi memoria la imagen que Walter Benjamin hizo célebre en Las tesis sobre filosofía de la historia: el Angelus novus de Paul Klee. Como saben, se trata de un ángel que tiene su rostro vuelto hacia el pasado, mientras un viento infla sus alas y lo arrastra hacia el futuro, al cual vuelve la espalda. Se me ocurre que, a la luz de los tiempos que corren, esta imagen amerita ser reinterpretada. El viento que impulsa al ángel de la historia, más que soplar desde el Paraíso, como sugiere Benjamin, ¿no parece soplar más bien desde el Infierno del Capital, cada vez con más fuerza, cada vez más rápido? ¿No nos vemos impulsados hacia un futuro cada vez más incierto y más acelerado, y sin embargo incapaces de mirar hacia adelante? La imagen del ángel contemplando las ruinas del pasado, ¿no es la síntesis misma del prefijo post, la imposibilidad aparente de mirar al tiempo de frente y romper con la fascinación por lo que hemos perdido: el ser, el hombre, la historia? Tal vez sería necesario un doble movimiento: frenar el impulso descontrolado, acelerado, hacia un futuro cada vez más sombrío, y a la vez girar el rostro y mirar de frente a lo que viene; dejar de pensarnos como los restos de lo que una vez fue la historia de verdad, la historia con mayúscula. Girar el rostro y mirar hacia adelante, ¿no sería reemplazar, con una maniobra perfectamente nietzscheana, al nach por el über?

Si he hecho esta larga introducción es porque creo que esta maniobra es precisamente la que realiza Damián Selci en Plenario. Yo encuentro en este gesto reticente a todo post, en este gesto exigente y osado, y a la vez en un cierto gusto propositivo, una afinidad de fondo entre la filosofía de Nietzsche y la teoría de la militancia. En efecto, ya desde las primeras páginas Selci exclama a viva voz que “el siglo XXI tiene que empezar, [que] tenemos que hacerlo empezar, y que este inicio depende de nosotros -nosotros los militantes”. Alguien se preguntará: pero ¿cómo?, ¿el siglo XXI no ha empezado ya, hace 26 años?, ¿cómo es que tenemos que hacerlo empezar, y encima nosotros, los militantes?, ¿qué significa hacer empezar un siglo? Para la teoría de la militancia, significa algo muy sencillo, algo que ya nos sumerge de lleno en lo que yo considero el corazón del planteo de Selci: la responsabilidad. Hacer empezar el siglo significa hacerse responsable de ese inicio. Que el siglo dependa de nosotros quiere decir que las cosas no se dan porque sí, la historia no va de suyo, los siglos no se inician solos. Hay que hacerse cargo de ese inicio, hay que asumir esa responsabilidad.

Nietzsche marcó el fin de todo fundamento metafísico. Que no haya fundamento quiere decir que no puedo partir de lo dado, que nada es por naturaleza, que no puedo derivar mi praxis del ser, porque no hay ser más que el que yo, en tanto expresión de la voluntad de poder, he puesto ahí. La voluntad de poder es la que según Nietzsche pone y valora. Esto significa que todo poner de la voluntad es puesto absolutamente, ya que ninguna instancia -ningún fundamento- vela por detrás de esa posición. Pero he aquí que Selci va a efectuar una maniobra formidable: si todo lo que pone la voluntad es puesto absolutamente, si vivimos a partir de Nietzsche en la desfundamentación universal o en la Insubstancia, entonces la voluntad es absolutamente responsable de ese “poner”. Y si la voluntad es absolutamente responsable de su poner entonces es una voluntad militante. ¿Por qué? Porque el núcleo incandescente de todo el planteo de Selci, al menos según lo entiendo, es ni más ni menos que la equivalencia que supo construir entre el significante “militancia” y el significante “responsabilidad”. Digo “que supo construir” porque tal cosa no va de suyo. Era preciso hacerlo, y Selci lo hizo. Mejor aún: la militancia ya lo hacía, lo venía haciendo, pero Selci lo teorizó. Que de algún modo ambos significantes resulten sustituibles, que cuando digo militancia diga también responsabilidad y viceversa, que puedan ser metaforizados, es algo así como el punto de partida de la teoría de la militancia. ¿Qué es militar? Es responsabilizarse absolutamente. Ahora bien, no se trata de que partimos del desfundamento y llegamos a la praxis militante, sino de que cuando “partimos” del desfundamento ya estamos en una praxis que nos responsabiliza. Decir desfundamento es decir responsabilidad absoluta. Plenario agrega así un tercer término a la equivalencia entre militancia y responsabilidad: desfundamentación. No obstante, si nos quedamos sólo con la responsabilidad absoluta podríamos caer en una forma sutil de inocencia. Lo cierto es que nada conduce lógica o metafísicamente a militar. Que el desfundamento coincida con la responsabilidad no obliga a nadie a volverse responsable. Pero justamente por eso, como respecto al inicio del siglo XXI, hay que hacerlo, hay que construir esa respuesta o, dicho de otro modo, hay que responder por esa responsabilidad. Intento explicar este punto de otro modo: si no hay valores absolutos que funcionen como criterio universal, si ante la pregunta: ¿cómo debo obrar? o ¿en qué valores debo sustentar mi vida? no encuentro ninguna respuesta que se desprenda racional o lógicamente del ser, si, como decía Sartre, “no tenemos ni detrás ni delante de nosotros, en el dominio luminoso de los valores, ni justificaciones ni excusas”, entonces toda respuesta que demos por los valores será una respuesta infundada, innatural, es decir una pretensión de respuesta. ¿Qué es la metafísica? Es el discurso de una pretensión que pretende-ser, que pretende-no-pretender. Se llamará inocencia a esta pretensión que oculta su condición infundada, arbitraria, irracional. La metafísica es inocente porque pretende que su respuesta, su pretensión, se deriva directa y naturalmente del ser, del estado de cosas, de lo dado. La militancia, en cambio, se hace cargo inmediatamente de la innaturalidad de su respuesta, de la irracionalidad de su pretensión. Se hace responsable de que su pretensión es precisamente eso: una pretensión. La militancia es perfectamente consciente de que pretende-pretender, de que su pretensión es sólo una pretensión de la pretensión o, para emplear un término técnico de Selci que juzgo de la mayor importancia, una re-pretensión. Pero he aquí de nuevo otro gran movimiento de Selci, y digo “de nuevo” porque estas maniobras teóricas abundan en el libro, de allí su brillantez y su virtuosismo: pretender-pretender ya no es una pretensión como cualquier otra. En efecto, cuando yo pretendo-ser, como hace la metafísica, instauro una cierta distancia entre la pretensión y lo pretendido, una cierta distancia que implica que esa pretensión pueda no cumplirse o incluso que nunca se cumpla ya que lo pretendido es trascendente respecto de la pretensión. Sin embargo, en el caso de la militancia, como lo pretendido coincide con la pretensión, como pretendo-pretender, no hay manera de que esa pretensión no se cumpla. Selci ha descubierto algo maravilloso: cuando pretendo-pretender ya logré lo que pretendía, porque lo que pretendía era esa misma pretensión. ¿Y en qué consiste esta pretensión tan inusual y en apariencia descabellada, esta re-pretensión? En ser absolutamente responsable, porque he dejado de esperar la validación por una agencia externa o trascendente. En suma, Selci descubre algo más profundo que la voluntad de poder nietzscheana o, quizás mejor, descubre que la voluntad de poder nietzscheana, cuando es asumida por la praxis militante, se convierte en una voluntad de responsabilidad. No ya una mera voluntad de poder, sino de poder-responder, una voluntad que no busca acrecentarse a sí misma, sino acrecentar la responsabilidad del otro. Cada vez que respondo absolutamente por lo que pretendo, respondo en tanto devengo otro militante. La teoría de la militancia se resuelve así en un hetero-perspectivismo o en un perspectivismo del otro: el ente no es lo que me da potencia a mí, sino lo que permite la responsabilidad del otro, de ese otro que soy yo. Recuérdese la premisa de la subjetividad militante: yo es otro (militante).

Concluyo entonces con el recurso fácil y trillado de una paráfrasis que los lectores de Foucault y Deleuze seguramente conocerán y que dice así: un nuevo pensamiento es posible; el pensamiento, de nuevo, es posible. No es un pensamiento por venir, prometido en el más lejano de los recomienzos. Está ahí, en los textos de Selci, saltarín, danzante ante nosotros, entre nosotros; pensamiento inaudito, exigente, pensamiento militante. Quizás es mucho decir, pero me gustan las exageraciones, las declaraciones grandilocuentes y megalómanas sin las cuales la filosofía se convierte en ese pobre arte de los matices y las contextualizaciones y las bibliografías actualizadas que suelen abundar en nuestro ámbito; quizás es mucho decir, pero lo digo igual porque es mi deseo más sincero: el siglo XXI será, ojalá, el siglo de la militancia. Muchas gracias.

 

 

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La cola de la lagartija - Damián Selci

 

1. Todo lo que escribo se lo escribí primero a mi amigo Germán Prósperi. Presentar el Plenario en la Facultad de Humanidades de La Plata es ocasión forzada para esta sinceridad. En general, cuando le agradezco a Germán por ayudarme tanto (lo hago en privado y en público muy a menudo) me limito a unas pocas frases efusivas. Del estilo: ¡gracias! ¡Perdón por molestarte de nuevo! ¡Esto que me decís es iluminador!

Hoy, que vine a su territorio, voy a agregar adjetivos. Germán es generoso como se necesita que haya personas generosas en la cultura. Fogwill, en la literatura, era un poco como él. Recomendaba lo que le gustaba. Esto en filosofía es más difícil que en la literatura. A Germán no le preocupa en lo más mínimo evaluar un texto filosófico o teórico en función de preguntarse si está “de acuerdo” con lo que lee. Juzga otras cosas: la novedad, la sorpresa, el rigor interno, la capacidad de generar conversación y pensamiento. Como Deleuze, su criterio para la filosofía es lo Notable o lo Interesante, y no el acuerdo, y mucho menos la pertinencia académica.

Con Germán nos escribimos correos electrónicos. Largos correos dificilísimos. A veces diariamente; a veces espaciados por semanas o meses. Es una antigüedad, pero lo tomo como una evidencia cristalina de que se trata de un diálogo importante. Con Germán hablamos mucho porque, por supuesto, no tengo su teléfono.

Pero hoy, que vine a su territorio, quiero tratar de reponer la esencia de ese diálogo, para que se note un destello de la influencia que ejerce en mí. Voy a invocar su gran libro Metanfetafísica.

 

2. No me pidan, ni por asomo, un resumen de esta obra desbordante, sutilísima, tan genial como desconocida. Solamente voy a reponer su caracterización de la secuencia de la metafísica, de la posmetafísica y luego de la metanfetafísica.

Para empezar, Prósperi (no diré Germán ahora, sino su apellido autoral: Prósperi) consiente con Heidegger que hay algo como una “historia de la metafísica”. Pero la caracteriza de otro modo que Heidegger. Metafísica no es la historia del olvido de la diferencia ontológica. Prósperi sostiene que Platón no se define por comenzar la confusión del ser con el ente, sino por transgredir la norma de Parménides según la cual “no hay ni habrá nada ajeno fuera de lo que es”. Platón diría que sí hay algo ajeno o trascendente al Ser: por ejemplo, el Bien. Este Bien no es solamente ajeno al Ser, sino que además –y esto es lo propiamente metafísico– lo fundamenta. Tendríamos así la sobredosis platónica: en lugar de quedarse con el Ser, como Parménides, ir más allá. Excederse. Exagerar. Enfilar para la polis y pasarse varios pueblos. La trascendencia es lo sobre, lo extra, lo plus, lo demás. Este Más Allá es asimismo fundante: el Ser no sería algo Todo si no se apoyara en su Más Allá. Por lo tanto, lo que tenemos acá es que el Más Allá se relaciona con el Ser a través de una relación (subrayo esta palabra) de fundamentación.

Luego de algunos miles de años aparece la post-metafísica. Voy rápido. Para Prósperi, todo lo que conocemos como pos-heideggerianismo (Lévinas, Derrida, Deleuze, Marion y tantos más) consiste en otro tipo de sobredosis: se postula un más allá del ser que, en lugar de fundamentarlo, lo desfundamenta. A diferencia de la metafísica, que se preocupa por fundar el Ser, la postmetafísica se preocupa por desfundarlo. Para que el Ser no sea Todo, es preciso que algo no sea el Ser, y que cause digamos desde afuera la falta en el Ser. La exterioridad, el Más Allá, causa el Ser como no-todo.

Paréntesis: es llamativo y sugerente que, para realizar tareas opuestas, metafísicos y postmetafísicos recurran a la misma estrategia: empoderar al Más Allá del Ser. Para la metafísica, el Ser está demasiado débil, y entonces hay que fundarlo; para la postmetafísica, el Ser es demasiado fuerte, y conviene desfundamentarlo. Dejo abierto este problema. Lo que tenemos ahora, en todo caso, luego de Heidegger, es que el Más Allá se relaciona con el Ser a través de una relación (subrayo de nuevo) de desfundamentación.

Y como tercera posibilidad aparece la metanfetafísica de Prósperi. La diferencia con la postmetafísica puede parecer, a primera vista, infinitesimal, etérea. De nuevo, hay sobredosis, exageración, más allá del Ser, y de nuevo el Ser es concebido como desfondado, incongruente, no-todo. Sin embargo, ahora ocurre algo distinto: el Más Allá no guarda ninguna relación con el Ser. No es que el Ser se desfonda por el asedio de una agencia negativizante exterior, como en la postmetafísica. El Más Allá está realmente más allá. Absolutamente. Y por eso es un Más Allá absoluto. Entonces al Ser no le hace nada. Ni lo toca. Y sucede que el Ser de nuevo se destotaliza, pero no porque el Más Allá le cause una falta, sino porque no le causa nada. El Más Allá queda ahora más allá. Demasiado lejos como para influir. Se limita a mantenerse irrelacionado. Pero entonces, argumento central de Prosperi, por no estar en relación, y sólo por eso, ya no forma parte del Todo. Y entonces no queda otra que concluir el Ser sólo puede ser No-todo.

La sutileza del razonamiento es abismal. Digna de la mejor escolástica. No es el Más Allá lo que desfundamenta al Ser, sino su no-relacionamiento. La crítica a la solución postmetafísica que queda implícita en la posición de Prósperi sería la siguiente: ustedes, postmetafísicos, dicen que el Ser se destotaliza porque el Más Allá lo acosa y le causa la falta, esto es, porque mantienen una relación de desfundamentación. Pero olvidan algo. En primer lugar, si el Más Allá se relaciona de la forma que sea con el Todo entonces se vuelve relativo al Todo. Pierde su absolutidad. Con lo cual no puede destotalizarlo. Lo digo de otra manera. Aquello que se relaciona de la forma que sea con el Todo puede contarse, con todo derecho, como una parte del Todo. Incluso si en apariencia lo hiere o destruye. Ustedes, postmetafísicos, olvidan que el Ser en cuanto Todo tiene –estas son palabras mías– una destreza hegemónica especial. Puede metabolizar lo que le ocurre como algo que forma parte de él. Así que aquello que supuestamente lo destotaliza, y sólo por relacionarse con él, en realidad lo totaliza. Lo que totaliza al Ser, nos dice en definitiva Prósperi, es menos la fundamentación expresa en un “principio de razón” que la relación como tal. Por lo tanto, la verdadera desfundamentación consistiría en postular un Más Allá irrelativo, que no le haga nada al Ser, y que precisamente por no relacionarse, por no dejarse relacionar, impida al Ser alcanzar el Todo.

El Más Allá entonces no tiene absolutamente ningún nombre. Damascio, pensador neoplatónico enteramente funcional a Prósperi, lo llama lo Inefable. También es mucho decir. En trabajos posteriores a Metanfetafísica, Prósperi directamente “nombra” el Más Allá con un espacio blanco entre corchetes. Incluso una X, una tachadura, resulta demasiado expresiva, demasiado relativa o relacionante. Esta cuestión del nombre no es ociosa: el nombre indicaría una relación, pero lo sin nombre implica la irrelación. La propuesta de Prósperi se completa con un giro inmanentista: el Más Allá no sería más que una proyección fantasmática del mismo Ser, que sueña con lo irrelacionado puro: y el Ser mismo consiste en este proyectar fantasmal. Lo que destotaliza al Ser, entonces, es el hecho mismo de proyectar su destotalización en una agencia trascendente-exterior tan sólo posible.

 

3. Si les presento, en este apretado resumen, una línea del pensamiento de Prósperi, es para marcar un punto solamente, que concierne a la operatoria de la teoría de la militancia. Hay algo que fuerza a pensar, decía Deleuze. Prósperi, por su parte, fuerza a la militancia a pensar. De ahí mi agradecimiento. Porque yo le agradezco mucho a Germán. Repetitivamente.

Continúo.

Como Damascio, más que Damascio, Prósperi descubre que una verdadera desfundamentación debe ser ante todo una irrelación. Creo que nadie lo dijo antes. Y que lo desfundante no puede ser una agencia que opere externamente en el Ser, porque de serlo sería parte del Ser y colaboraría así (relativamente) en su fundación. Lo desfundante no puede ser diferente, ni contrario, ni contradictorio, sino solamente indistinto, indiferente, inefectivo. Por eso no puede llevar nombre. Cualquier nominación lo comprometería a voltear su rostro hacia el Ser, a volverse parte de una relación. El Más Allá debe descomprometerse. Desligarse. Es algo diverso del misticismo porque los místicos todavía prometen una experiencia (sin concepto) de lo inefable. Acá no hay verdaderamente ningún modo de relacionarse con lo que está más allá del límite.

Pero bien, primera notación mía: dejar vacío el nombre del Más Allá, pese a todo, no deja de ser una decisión. Esto es menos insignificante de lo que parece. Dejar sin nombre al Más Allá supone considerarlo como irrelacionado con el Ser. Y nada permite deducir, dentro de la estructura del Ser (que es a lo único que tenemos acceso), que por ser el Ser como es entonces el Más Allá “debe” ponerse como irrelacionado. Prósperi dice que el Más Allá irrelacionado no es más que una proyección fantasmática del Ser. Podría existir o no. No lo sabemos. Permanece problemático. Pero cuando hablamos del Más Allá hablamos de una proyección imaginaria del Ser, proyección que por su parte jamás podría estar causada por el Más Allá. Si no me equivoco, esta problematicidad del Más Allá (el hecho de que no sabemos si existe o no) significa literalmente que el Ser no puede alegar que está destotalizado (afectado, hendido) por su relación con el Más Allá. Por falta de pruebas, debemos concluir que es el mismo Ser quien pone el Más Allá como irrelacionado y por eso como destotalizante. Subrayo intencionadamente el verbo poner. En el léxico usual del idealismo alemán, poner es la actividad propia de la dimensión trascendental. Se trata de tomar el hipotético ser-en-sí como un evidente ser-para-mí. Como el Más Allá no guarda verdaderamente ninguna relación con el Ser, es el Ser quien funda una relación con lo que proyecta como la irrelación. A partir de un Más Allá innominado, irrelativo, quizá inexistente, sucede de algún modo que el Ser no deja de inventar una relación, de percibir una afección. En un quid pro quo ejemplar, hace del hipotético no-ser-para un ser-para; en este caso, un ser-para-el-Ser. Pone lo irrelativo como irrelativo, pero por ponerlo lo hace relativo, ya que “poner” significa “relacionar” (Hegel diría “mediar”). Y no puede decir que estaba obligado a ello, porque sabemos bien que su posición no se deriva de la naturaleza irrelativa del Más Allá: ¡de hecho, quizá (subrayo el quizá) sea lo contrario al Más Allá!

Pero bien, segunda notación mía: este forzamiento no es deductivo (el Más Allá, por su problematicidad, no permite deducir nada), pero igual parece inevitable. Hay algo en el Ser que, sin razón, funda una relación. No hay nada en el Más Allá que sepamos que funda una relación, pero el Ser igual la funda. La dimensión trascendental, es decir, la dimensión de la relación, no tiene necesidad deductiva, no tiene motivación racional ni ontológica, pero igual aparece. Algo funda la relación a pesar del corte con toda relación. Como una cola de lagartija, que luego de cortada sigue moviéndose. ¿Qué es?

Muestro finalmente las cartas. Tercera notación mía. Si el Ser no puede alegar que sus proyecciones provienen de determinada relación con el Más Allá, entonces debe asumir la absoluta responsabilidad por sus proyecciones. No provienen del Más Allá o por lo menos el Ser no puede asegurarlo. Así que le conciernen por entero. Cualquiera sea, de hecho, el nombre que le pongamos al Más Allá –y un nombre es sólo lo que determina el tipo de relación–, como él es la irrelación, nunca podremos justificar a partir de él nada del Ser. Pero si siempre el Ser estará forzado a asumir la absoluta responsabilidad por la relación que sea que ponga con el Más Allá, entonces el Más Allá tiene que ser la responsabilidad absoluta misma.

No queda otra. Si el Más Allá no hace nada, toda la responsabilidad recae en el Ser. Pero entonces el Más Allá tiene de hecho un nombre (o un apodo): es la responsabilidad absoluta cayendo hacia el Ser. Y caer hacia el Ser parece una buena definición de “existir”. Por ser irrelación, hace brotar la relación como tal: es decir, lo trascendental.

Lo diré de nuevo. Nada puede derivarse del Más Allá porque es lo irrelacionado y por eso lo infundante. Pero igual hay relación o ser-para. Emerge de todas maneras. ¿Por qué? Porque cuanto menos “obliga” el Más Allá, cuanto menos impera, más fuerte aparece la responsabilidad absoluta. Lo misterioso es que la dimensión trascendental, el ser-para, no deja de surgir incluso si tomamos el Más Allá como lo carente de todo “para”. Pero justamente: lo tomamos. Vuelve a ser-para. Y así es como lo irrelacionado se convierte en nuestro asunto, en asunto del Ser. Nos relacionamos con la irrelación. No podemos atribuirle nada, pero igual debemos hacernos cargo de la apasionada decisión de no atribuirle nada, porque semejante decisión no puede derivarse deductivamente de su naturaleza. Ella, la irrelación, no dice ni sí ni no, en todo caso interpretamos: háganse cargo. Pero entonces es la responsabilidad absoluta misma: la que nos invita a responder, y absolutamente.

Puede sonar forzado postular, como lo hago, la interpretación de la problematicidad o el mutismo del Más Allá como si fuese obligadamente responsabilidad absoluta. De hecho, y de derecho también, es una lectura forzada. No fue, por supuesto, algo que deduje. Pero si no lo deduje (¡y precisamente por no hacerlo!) entonces debo asumir la responsabilidad absoluta por la interpretación forzada. Pero entonces, justamente porque cualquier deducción a partir del mutismo trascendente sería forzada, siempre terminamos en el reino de la responsabilidad absoluta. Esto no ocurre por una deducción racional “necesaria” ni tampoco mediante un salto al abismo “contingente”, sino en un oscuro terreno previo a esta distinción.

Con esto termino. Prósperi empujó las desfundamentación más lejos que nadie que yo haya leído. Lanzó al Más Allá verdaderamente más allá. Es probable que le haya dado el empujón final. Y que por eso mismo no quede más alternativa que considerar al Más Allá, en su lejanía más lejana, como la cercanía absoluta de un llamado al oído de corte cuasi-alucinatorio: una voz interior, una pregunta que creemos oír, que convoca a la responsabilidad absoluta, y que es en realidad, o ficticiamente, la responsabilidad absoluta hablándose en el Ser, y por lo tanto en nosotros. Tal la sobredosis propia de la teoría de la militancia. Muchas gracias.