Breve ensayo sobre la muerte - marmat

 

Lo escuché en algún lugar. No me acuerdo de dónde, ni de quién lo dijo, ni mucho menos cuándo dijo lo que dijo: Una obra se escribe de una sola vez y para siempre. Adempero, si aceptamos ese decir; y ese decir se dice en una frase inconclusa que aun así no dice nada, ¿no deberíamos pensar qué significa esa imposibilidad del cómo seguir? ¿Imposibilidad del no poder, acaso será? Como si me hubieran cortado las manos. De una sola vez y para siempre. Con las manos enteras y los diez dedos en perfectas condiciones para teclear. Y quedar manco. Como el de Lepanto. Uno podría a la vez copiar lo mismo que se ha escrito. Pero esto no  significa estar ante otra posibilidad de escribir la misma obra. Se sabe y se dice. Lo escribieron los que probaron hacerlo (Pierre Menard, autor del Quijote) Es una estupidez lo que estoy contando, sí. Pero si uno llega al punto de cierre de algo, podría llamarse obra, y que se ha labrado con el tiempo. Ese tiempo, está más que disoluto.

Del mismo modo perdido está esa obra, si se me permite decir, en este navegar de humanos por las calles. En un archivo. En el formato físico de un libro. En el anaquel de alguna vieja biblioteca. Entre las prendas en un cajón de alguna dama o de algún caballero. O en la base donde se ha roto la patita del televisor la obra se acomoda, para que el televisor no se caiga y no se rompa. Y veremos así de felices los acontecimientos que ocurren en la televisión. Así sean cosas funestas, somos felices de ver lo funesto por el morbo. Nos encantan los asesinatos a mansalva con sus destripamientos. ¿O acaso los crímenes de la calle morgue de Edgar Allan Poe, o acaso la calle de los cocodrilos de Bruno Schulz no tienen ese encanto de lo siniestro y ominoso y opresivo que a tantos ha cautivado? No me vengan a decir que seis o siete horas enchufados al televisor no los hace más felices. Aunque lloren con las noticias. ¿No somos acaso felices de tener el televisor aunque sea apoyado en el libro en esa posición de compromiso con la realidad del televisor?

Por ejemplo, y esto que voy a contar no tiene nada que ver con lo anterior: a mí no me gusta citar autores. En nada. A veces lo tengo que hacer. Quien puja por estar nombrado en esa cita, es el autor mismo que yo omito porque sí. El autor se me aparece como un fantasma a mis espaldas. Me dice cosas a la oreja. Me taladran esas cosas que me dice. Los autores hacen lobby en ese fantasmeo de oídas en  mi cabeza. Suena y late por salir pujando, como un parto, de la cabeza al papel. Sea cual fuera la cita de ese autor. Pero, uno, si quiere, no lo deja pasar...

Desea todo autor leerse en el típico inicio de una oración: según lo que ha dicho en tal obra un tal fulano o un tal mengano o un tal zutano. El autor se lee a sí mismo. Muerto el autor aun más se lee porque es condición del fantasma volver a los antiguos vicios. Al espanto, de una relectura y reescritura. Tengo para mí que la escritura es una planta devoradora del autor. Carnívora, encima. Y que por eso el autor ya está muerto, mutilado, a partir de cerrar con un punto final una obra. Sea esta una novela o cuento o un simple relato oral copiado en el papel. A esa condición de arte y parte tiene que morir indefectiblemente el autor, pienso yo. No le queda otra que ir roto hacia el cadalso. De ahí fue que aparecieran anónimos los amanuenses en la historia. Los escribas. Los escribientes. Cumpliendo una función trascendental más allá de ellos.

Para poder retornar en la vuelta pues. Porque en la ida, fue el autor de tal o cual historia quien fue a conquistar un tiempo y un territorio, y a una amada. Y en la vuelta… Al carajo esa idea que postula que nadie muere dos veces. Pensemos en la ida, pero pensemos más en la vuelta del Martín Fierro. O en la ida y vuelta del Quijote, o en la del Ulises y en la de Homero. La aventura del héroe en la ida y la desventura del héroe en la caída. El rancho adonde el héroe vuelve siempre está vacío. En la ida esa energía vital del que se despoja en el camino es alimento para los dioses. Pero, en la vuelta, ya no queda nada que comer. Solo el filosofar del que volvió de la batalla perdida queda. Hay una sola vida, sí. Pero la muerte, ese misterio que a todo biempensante o mal pensante oprime, y por veces no lo deja vivir tranquilo, ¡es la misma obra del autor! La obra es la muerte misma del autor. Y es la misma muerte hecha veneno en el autor para escribirla. Se toma a la muerte como un trago amargo en la escritura. Y si la muerte no deja vivir, será que haya que sacrificarse por entero y morirse de una vez por todas, de vez en vez. Morir para volver a la ida de otra vida. Desafiarle a la vida la cantidad de veces que uno se muere vuelto. ¿Acaso por envidia a los gatos no se dice tienen siete vidas?

Uno puede estar muerto porque no le han avisado. “Usted no ha sido debidamente notificado pedimos disculpas pero usted está muerto señor Rodríguez”. Uno debe escribir como un muerto para levantarlo del shock al señor Rodríguez. Sabemos que todo escritor nacido y criado en la República Argentina, lleva adentro a un señor Rodríguez como se lleva a un psicópata o a un soviético o a un fascista, uno adentro tiene siempre un lugarcito para ese señor Rodríguez, que nos afecta el carácter desde adentro. La fas, la facha, la cara, el rostro de fascista. Todos llevamos a un señor Rodríguez a cuestas. No sabíamos o no lo sabemos, o simplemente nos hacemos los distraídos. Desde el lado de los muertos estamos en el cajón. Desde la posición del muerto estamos abajo y en el último escalón de la jerarquía social. Es el escribir desde la clase obrera para los marxistas. Es muy fácil escribir desde los vivos. Información sobre los vivos es lo que sobra. Ya lo vimos. Ya lo leímos en las inscripciones de las chapitas que se repartieron en el velorio cuando murió Lencinas ¡el muerto manda! Se leía en las chapitas. Que algunos guardan como reliquia de otras epopeyas. A mí una vez me la mostraron. Piénsese bien de lo que estoy diciendo, y no se vaya usted lector para el lado de los tomates, porque me refiero a las chapitas que repartieron en el velorio de Lencinas y no a otra cosa que pueda usted estar pensando.

No me importa la literatura. Ni tampoco me interesa pertenecer a ninguna cofradía. A veces sirve entrar en una por un rato. Un tiempo, meterse en algún grupo tan solo por adicción a cierta antropología. Me seduce. Sucede que hoy las cofradías no tienen nada que decir. No hay como la maniática actitud solitaria de estar frente a un papel en blanco y solo y en la penumbra, y a la luz de una vela que se derrite. Y sentir la comezón. Y no tener un plan de nada. Es al fin y al cabo el sitio donde uno se sacrifica. En ese escenario de creación cuasi esquizofrénico, uno llega al máximo de rendimiento para crucificarse. Pasan indefectiblemente muchas cosas por la cabeza de una persona que ha sido crucificada esperando que se corte su vida arriba de los maderos mientras sangra, embobado por la caída persistente de la estirpe. Pero hay un momento en un instante en que una primera frase brota. Aunque luego la borremos esa frase ya brotó. Entonces brotó algo que sacrificamos para seguir adelante. Que aunque fuera borrada o reescrita ha dado el puntapié inicial a todo partido con la vida, para terminar muriendo.

Uno escribe el encuentro definitivo con la muerte en el camino de la ida. Que salten y canten en las tribunas. Que suenen las trompetas y las tubas. Que empiece la función. Como si fuera una obra de teatro clandestina emboscada en la cabeza de uno mismo dando vueltas como un carrusel a todo lo que da y sin detenerse nunca. Después, la partida tomará su ritmo. La obra no aparece y siempre será un fantasma. Es como esperar a Godot. La obra es Godot. Entonces uno va de a poco. Por momentos se acelera en un ataque. Tiene un traspié y se enoja. Se para. Ritualiza ir al baño haciendo movimientos de serpiente con los brazos en el aire. Uno se mira y ve lo que es: ¡un verdadero imbécil! En el espejo hay que animarse a decírselo a ese otro. En definitiva es a uno mismo. “Sos un imbécil. El más imbécil de este espejo. Y tal vez el único. Ay ay ay cómo se pavonea el yo lírico. Ay ay ay”. Sabe repetir el espejo, haciendo ecos en ese baño.

Escribo para otros. Escribo para afuera. En la puerta de mi casa puse un cartel enorme: “Escribo para afuera. Se hacen remiendos. Se emprolija o desemprolija lo sucio de lo pulcro”. Y se escribe para cometer un delito, eso es. El hecho de escribir es un delito. Escribir es un delito definió atinadamente Carlos Correas. Uno debe de tener mucho cuidado con lo que va a escribir. Porque hay gente. Que quiere entender. Y como quiere entender, lo primero que te dicen es “no te entiendo, me gusta, pero no te entiendo. A veces lo que querés decir, o por lo general de lo que escribís, no se entiende un carajo. No entiendo las palabras que usas, y no sé si son inventos tuyos” (Nadie piensa en el invento) “Seguro del diccionario o del lenguaje visto podrás haberlas escuchado” (Pero nadie puede creer en el invento) “Todo ya está hecho, por eso no te entiendo. No entiendo cómo empieza y dónde termina tu obsesión” (Nada termina al final de nada. La terminación es el principiar de las cosas que murieron).

Y cuando uno escribe termina al principio partiendo de cualquier parte de lo que no se sabe uno va a escribir hacia adelante, pero mirando para atrás. ¿Cómo uno va a saber de lo que escribe? Vaya vanidad la de algunos. Pero también vayan mis respetos. A quien lo pueda llegar a hacer con lo que borronea con el codo. Y como soy un escribiente yo he pensado mucho tiempo en el oficio. Y he concluido en una primera hipótesis, que no me importa corroborar en el trabajo de campo ni en la remanida media vuelta loca de las teorías. Las teorías también son la literatura. No la bibliografía utilizada. La literatura es la que te utiliza. Y con el nombre de cultura se esconde para mostrarte su otra cara. También se percibe arte. Ha llegado a las ligas mayores del Olimpo. ¿Pero a quién carajo le importará quién está en ese Olimpo y qué será el Olimpo? ¿Dónde están los dioses? ¡Arriba las manos! Uno se pregunta, y luego dice en un asalto.

Nadie lo quiere decir. Algunos escriben por alivio y por un rato. Pero otros escriben para morirse en la posición del muerto ocho horas por día, y desde la clase obrera, como si se tratase de una jornada laboral, ya viviendo en el paraíso de los muertos. La clase obrera nunca conocerá el paraíso de los vivos pero sí el infierno de los muertos. Ahí está la clave para la religión de la revolución. El espíritu de época es el tono espiritual con que se vivieron los acontecimientos históricos, que fueron vistos desde lo económico y desde donde se crearon líderes y hasta dioses de la guerra. Y ese bonus crack, ese plus de embriagación, le despierta la perversidad al que ya no tiene nada, por caso, al obrero muerto. No tiene tampoco vida propia.

Para el obrero lo propio no existe. Como para el muerto no existe, por más haya tenido en vida lo que sea, ahora nada le es propio. Todo les es ajeno al muerto como le es ajeno al obrero en esta vida. Esas manifestaciones de cariño tampoco les son propias. Puede ser el más cínico de los cínicos y ejercer las mil y un venganzas. Es la libertad más real de las mayores libertades. No quiero ser más una simple mano de obra. No quiero querer nada. A ver si se me entiende. ¿Qué no se puede entender? Nunca siempre. Reza el escribiente.

Pues entonces, bien. Pensemos en el estado de naturaleza de las cosas (Lucrecio) Pensemos en la naturaleza original de un texto. Pensemos desde la burbuja fuera de todo contexto fagocitante que supongamos condicione a la naturaleza original de una escritura. ¿Hay tal condicionamiento en la naturaleza original de una escritura? ¿Existe un condicionamiento cuando uno escribe? ¿Qué es lo que viene desde afuera? ¿La disciplina, el disciplinamiento? ¿Las variables? ¿Qué variables? ¿Tu posición de clase? ¿Y cuál es tu posición de clase? ¿Cómo se tiene una posición de alguna clase? ¿A qué se le llama tener posición sobre las cosas? ¿Es posición, la palabra correcta, o será un mero disfraz distractor de la palabra por no decir posesión de clase? ¿No será que la idea es “poseer”? Una obra, ¿es más valorada por su posición de clase o por su posesión de clase? El autor, ese perverso, ¿posee algo por tener una posición de clase? ¿La tiene aquel aunque no la haga nunca explícita?

Tener posición sobre el mundo y sobre las cosas que ocurren en el mundo y sobre las personas que habitan ese mundo, debe ser una de las formas más hipócritas que adopta quien se ha dedicado a la literatura y al arte, diciendo que está a favor de algo o en contra de otro algo. En ese posicionarse, que es tan gratificante para el posicionado, el autor acumula mulas, ya lo dije en otro texto, y también acumula vocablos inverosímiles del tiempo de ñaupa. ¿Y qué es entonces el arte sin una posición? ¿Posición, acaso no viene de posar, de hacer la pose? ¿De mostrarla para que otros digan: mirá qué buena posición (pose) que tiene esa persona? ¿A qué posiciones nos referimos con tener una posición entonces? Se ha hablado demasiado sobre el tema. Yo solo pienso en posiciones (poses) cuando ejerzo el kamasutra. Ese hombre o esa mujer, es de buena posición, se dice. Posición social, le agregaría.

Tener una buena posición socialmente hablando, ¿es tener una buena “posesión” de la obra acaso? ¿No será que ya no tenemos nada y no somos nadie? ¿No será que el autor que quiera tener una posición sobre las cosas, sobre las cosas que nos pasan, es un diletante y un inmoral plagiario de otras formas de escritura más antiguas? Pero esto, no se dice, porque queda mal. Es mejor estar comprometido, se dice también. La palabra compromiso pulula en los decires. Me suena a casamiento luego de pronunciar la palabra compromiso. ¿Uno se termina casando con una posición de tanto posicionarse? ¿No será entonces que tener una posición es posicionarse para poseer una estima en la cofradía y que luego esa cofradía se ofusque por verte bien posicionado? ¿Y cómo es él/ y en qué lugar se enamoró de ti/ de dónde es/y a qué dedica el tiempo libre?