Entradas

Intento (provisorio) de entender La Flor - Juan José Guerra

Imagen
    Fuimos hasta Trenque Lauquen en modesta procesión para asistir al estreno de la primera parte de  La flor . La expectativa era desmedida, pero qué mejor motivo para emprender un viaje que una expectativa de esa magnitud. En definitiva, se suele viajar por causas infinitamente más banales, como viajar por placer, que no deja de constituir, al fin y al cabo –dice Mansilla que dice Madame de Staël– un placer tristísimo. ​    Entramos a Trenque Lauquen el sábado al atardecer –el estreno era al día siguiente. Decidimos hospedarnos en el hotel  El Faro , una torre de siete pisos cuyo nombre es algo engañoso por situarse a 300 kilómetros de la costa. Más tarde nos explicarían que el edificio del hotel, por mucho tiempo, se veía desde la ruta, de manera que cuando se lo divisaba era la señal de que se había llegado a la ciudad. Antes, cuando todavía estábamos en viaje, también vimos desde el camino la torre de la Municipalidad de Guaminí, construida po...

La zona incandescente - C. E. Feiling

Imagen
      J. Washington Noriega.  Obra completa  (edición a cargo de Juan Pablo Renzi). Santa Fe, Municipalidad de Rosario/Universidad Nacional del Litoral, 1990. 783 páginas.           Afirmar de J[orge] Washington Noriega –como afirmar de cualquier persona– que “eligió un mal momento para morir” es, si de un oxímoron se trata, un caso de mala  affectatio . O sea: un exceso de retórica, que por pura licencia estética degenera en licencia de otro tipo. “Licenciosidad”, libertinaje.      Sin embargo, no caben dudas de que en 1978 las miradas del país estaban demasiado absortas en ciertos vicios argentinos (el fútbol y la dictadura) como para volverse hacia Rincón Norte, Santa Fe. La noticia del deceso fue despachada en pocas líneas por dos diarios provinciales,  La Región  y  La Capital . Recuerdo que, al cabo de varios meses, un periodista de Gente menos ignorante que la mayoría le pregu...

La última historia de amor del siglo XX - Bruno Grossi

Imagen
   En cierto momento fantaseé con la idea de escribir una novela epistolar. Anacronismo puro y duro. La idea, delirante, versaba sobre la correspondencia de dos filósofos en la posguerra. La novela debía dar cuenta de la época en su conjunto como esos viejos ladrillos decimonónicos: a través de la mundanidad y la discusión teórica de ambos sería el espíritu mismo el que se haría manifiesto ante los lectores. Para más precisión la novela debía incluir todo un aparato crítico que permitiera seguir el desarrollo biográfico de cada una de las referencias incluidas en las cartas. Mencionados, citados, verdugueados: las distintas figuras intelectuales de la época aparecerían como un fondo impreciso sobre el cual el dialogo entre mis héroes se construiría. Velada pero progresivamente el sistema filosófico de cada uno se iría perfilando a través de las cartas. El epistolarismo retrocedería por lo tanto de a poco ante el ensayo filosófico  sui generis . Ese detalle buscaría ser ...