Un sobreviviente camina entre espectros - Rafael Arce

 

7 de junio de 2026.

Es difícil pensar lo que puede interesar Diario filosófico (2021-2025) a un lector no iniciado. Libro exclusivamente para ludueñanos, en otros no puede causar más que desconcierto o decepción. Su “Proemio apócrifo” reflexiona sobre la condición paradójica de un género yoico cuya adopción tendrá como consecuencia la deflación de ese “yo”, efecto que el mismo texto introductorio actúa pasando imperceptiblemente de la primera a la tercera persona. Fabián Ludueña Romandini (su nombre, como lo declara en alguna entrada, conjuga el apellido paterno con el materno, el linaje hispano con el italiano) escribe un diario para contarle a sus lectores que desde su juventud escribe un diario que nunca será publicado. Por el contrario, lo que condesciende a mostrarnos es un montaje (o yuxtaposición o reelaboración) de entradas de su Instagram entre 2021 y 2024, y las de su diario privado en 2025. Según el autor, el diario (el libro) conjuga lo digital con lo analógico, en una alquimia de la que sale un género extraño, marcado por la asimetría: la extensión de las entradas del 2025 es mayor (puede ser mayor) que las de 2021-2024. A pesar de esta reflexión, el lector iniciado reconoce desde las primeras líneas el estilo del filósofo. Lo extraño del nuevo género implica más bien la estructura del libro, aunque la escritura podemos identificarla. Ese estilo es el de la elegancia de la sintaxis, el ritmo de la prosodia, la elocuencia de la argumentación, en los que la hipermodernidad de los lexemas, inescapables por la contemporaneidad de los problemas, se combinan con un reservorio de arcaísmos que vienen de una formación filosófica y filológica clásicas. La advertencia del autor acerca de la mixtura analógico-digital de este diario encuentra, no obstante, una familiaridad en su lector, porque es la combinación de una prosa en donde lo hipermoderno encuentra su referencia última en una ultrahistoria a la que la palabra “antigua” le queda corta (entonces diremos “arcaica” o incluso “primordial”).

Releo este primer párrafo y me irrita su estilo de reseña. Para más culpabilidad, estoy en la mitad del libro. Es un domingo prematuramente oscurecido por un cielo obnubilado que no se decide a aguarse. Una semana inédita en la ciudad que habito, con todos los días jaqueados por neblinas y nubes, como si una Londres o una París de postal se hubiera apoderado, espectralmente, de Rosario. Tal vez es la oscuridad de la época, del eón que apenas está despuntando.

Decepcionado por el único año analógico, reviso el índice y enseguida encuentro consuelo: 2025 ocupa casi la mitad del libro. Mi tendencia a la simetría me hizo creer que cada año ocuparía la misma cantidad de páginas. Ludueña Romandini pensó en otra: la de lo analógico y lo digital. Me tienta empezar por 2025, pero mi super-yo lector me insta a hacerlo por el comienzo.

El Diario recorta su inicio teniendo como referencia la post-pandemia (que, aclara, no sabemos si terminó o si terminará). La vida que cuenta un género del yo individual se despersonaliza (o se personaliza) en la reflexión de una época de paulatino oscurecimiento, aislamiento, soledad y desazón. Es, ante todo, la vida de alguien dedicado de pleno al pensamiento: por eso, es un relato indirecto, o alusivo, de los libros que el filósofo escribió y publicó, echando a veces luz sobre la dificultad de algunos de sus conceptos o confiando las influencias en algunas páginas. Esa época es también la de la coyuntura, pues nos relata el extrañamiento y melancolía ante la experiencia de un mundo y una ciudad (Argentina, la amada Buenos Aires) que ya no es la del diarista (ni la de muchos de nosotros). Películas, obras de teatro, coreógrafos, obras de danza, música, conciertos, escritores, diseñadores de moda e, incluso… hasta algún que otro filósofo, provocan la reflexión o la digresión, ora en forma de aforismo, ora en modo de sentencia, de digresión o de reflexión, o adoptando formas inasibles. La textura digital cuyo origen está en esas entradas desaparece en la página física. La intimidad del diarista se da a cuenta gotas, se sugiere con infinita discreción. Un filósofo que recorre la ciudad (y que ha recorrido el mundo) en un viaje espiritual que es un repliegue, una huida del mundo y de los hombres (que ya no son Homo: son los Póstumos). Un pensador que ya ha huido de la Universidad (la mayúscula sugiere una prosopopeya: la Universidad ha expulsado al filósofo) y de los espacios académicos, y circula por pasadizos secretos, desconocidos, de texturas materiales y virtuales, en un laberinto cuyo minotauro poseería cuerpo de animal y cabeza humana. Un viajero que -él también– ha abandonado la forma de su especie, declarando, sin falsa modestia, y bajo la referencia nietzscheana, que el filósofo no debe ser humano. Pero lo extemporáneo de la cita es que la voluntad de inhumanidad se ha convertido en condena. De ahí que el eremita se haya vuelto vampiro, hombre lobo, centauro.

 

10 de junio.

Me escribe un colega amigo que fue becario doctoral y postdoctoral, y tuvo que irse del país a buscar nuevas posibilidades académicas. Me cuenta que, en Europa, si no presentás un proyecto que siga la agenda woke nadie te financia nada. Ni se te ocurra, además, incluir obras de autores como Osvaldo Lamborghini o Pablo Farrés, porque resultan chirriantes y no pueden ser ubicados claramente en un punto de vista progresista. Además, en Europa hacen curriculum los que pueden pagarse congresos carísimos y multitudinarios, o estudios especializados, y son los que tienen más chances de ganar becas y lugares de financiamiento.

Ahora bien, si queremos entender esta época, ¿no hay que leer a los incorrectos, a los polémicos? ¿Podemos soslayar a Nick Land? El “buenismo” se apodera de nuestros corpus de estudio y de nuestras referencias teóricas. Otra colega, de viaje por Estados Unidos, lo decía a su modo: hablamos (en inglés) sobre los pueblos amerindios, los migrantes, los expulsados del sistema (los “cuerpos precarios”) mientras nos alojan, para el congreso, en hoteles de lujo y debatimos, después de las mesas, en restaurantes que no podríamos pagar con nuestros sueldos. Además, trabajamos por los vouchers (¡si son en dólares o en euros!).

Una insistencia del Diario es la de la crisis de las Humanidades y la de la Universidad como institución. La reflexión general de estas dos crisis la encontramos en libros anteriores de Ludueña Romandini, pero aquí se articula con nuestra coyuntura. Una coloratura nostálgica tiñe estos análisis. La Humanidades o bien desaparecerán o bien se transformarán en otra cosa, algo que todavía desconocemos. Aunque jaqueadas por la época de la optimización y de la subordinación al Capital, la crisis de las Humanidades sería un fenómeno inherente. Lo mismo puede decirse de la filosofía: su ocaso es histórico, desde hace poco más de un siglo, y el Pensamiento habita otras formas, se dice en otros lenguajes e, incluso, se dice en modos irreductibles al lenguaje. La Universidad, por su parte, asiste a un temblor que es el de sus propios fundamentos, el de un pacto centenario entre Saber y Poder. Entiendo que el nihilismo del Diario, en este sentido, puede resultar táctico: se trata de dejar de buscar culpables afuera (que los hay) y pensar los problemas propios. La forma autobiográfica conlleva no hablar desde afuera, sino desde dentro: no buscar la “objetividad”, sino implicarse, haberse implicado (porque escribe alguien en retirada), en las problemáticas. La vida privada del diarista se da así en sus resquicios: escribe alguien que se ha ido de las instituciones, que se repliega en la intimidad, pero que no permanece ajeno a sus avatares. Como todo pensamiento verdaderamente filosófico, va contra el sentido común:

 

Se defiende la Universidad, desde algunos sectores, por su productividad. Se dice que la UBA “funciona”. Con todo, la productividad es un criterio mercantil, que debería ser ajeno a la Universidad, por ejemplo a la UBA, una de las mejores del mundo. La productividad cobra sentido para las carreras liberales. Pero para las Humanidades, importa su improductividad. Dicho en otros términos, el desiderátum debe ser que la Universidad sea pública y que nunca “funcione” para un gobierno (sino que, al contrario, sea la que señale un camino siempre inesperado).

 

Las Humanidades, por mor de la supervivencia, se pliegan a los términos banales del debate que proponen sus enemigos. Es atendible y hasta justificable. Ahora bien, sería más ético (o potenciador) trastocar esos términos, en la medida en que son las Humanidades las que deben cuestionar esos presupuestos con los que se maneja el sentido común dominante de nuestra época (que enarbola la productividad y la utilidad). Desde que gobierna la ultraderecha, casi siempre las luchas se han planteado en los términos del oponente, porque un cuestionamiento de éstos amenaza la estabilidad misma de cada investigador y profesor. Entonces, dejamos nuestras banderas y nos entregamos a streaming, nos volvemos influencers, vendemos conocimiento. Cada uno cuida su quintita. La verdadera batalla puede revelarnos (sugiere el Diario) que tal vez ya no nos quieran ni necesiten. En efecto, un mundo gobernado por mega-corporaciones tecnológicas, ¿por qué habría de financiarnos? Debería invertirse la perspectiva: pensar ahora, rápido, urgentísimo, para que el futuro ineluctable aparezca como contingente y no como necesario. Al fin de cuentas, a pensar de su lenguaje a veces difícil, Ludueña Romandini dice algo simple (aunque no sencillo): es el Humano el que, si quiere seguir siéndolo, debe rogar ayuda a las Humanidades, argumentos, ideas, conceptos. Sin embargo, ¿queremos seguir siendo humanos? ¿Estaríamos en una época en que dos tendencias entran en pugna, quienes todavía quieren ser humanos (demasiado humanos) y los que anhelan el relevo póstumo?

 

22 de junio.

El Mundial me distrae de la mudanza. Con la biblioteca embalada, solo he conservado el Diario y leerlo ha sido mi única actividad intelectual. He pensado, estos días, que en el futuro me interesaré cada vez menos por el fútbol. También ahí percibo la crisis epocal, la transformación en ciernes. Pienso que Maradona fue nuestro último héroe deportivo analógico y que lo que estamos viviendo es la transformación del deporte más popular del planeta en un espectáculo visual estadounidense, del que perfectamente se podría hacer cargo Netflix. Lo más insólito es que la estética de este Mundial imite los juegos de PlayStation (aunque esto no es nuevo). Para no parecer un viejo melancólico, le encuentro un rasgo positivo: la IA hará desaparecer a los insoportables comentaristas deportivos.

Debería poner topónimos en este diario, aunque me haya mudado solo de barrio.

 

Con la digitalización universal en curso, simplemente, se ha logrado que la transformación se torne irreversible, dada la equivalencia entre economía y cibernética que define las configuraciones metafísicas del presente. Empero, los principales responsables son los humanistas mismos: “no sería inexacto afirmar que este aislamiento ha sido construido, instituido, deseado por los universitarios mismos, y es por lo tanto la coronación (aboutissement) normal de la política del saber que se lleva delante de manera colectiva desde hace tiempo”. Se producen, entonces, cambios en los paradigmas de trasmisión de los saberes. De este modo, al contrario de lo que ocurre con los artículos publicados en revistas con referato, “no es raro que, en la actualidad, la publicación de un libro de filosofía o de ciencias humanas traiga perjuicios a su autor frente a las instancias académicas y engendre una suerte de desconfianza respecto de la ‘calidad académica’ de su investigación”.

 

Ludueña Romandini cita aquí un libro de Geoffroy de Lagasnerie de 2011. Me puse a escribir estas líneas mientras espero el técnico para que me instale el Wifi (a las 14 juega la selección argentina). No encuentro salida teórica a la infinita banalidad de publicar papers. Me parece que nuestra defensa debe darse en el plano únicamente laboral. De repente, recuerdo la lectura que hace Aira de la feliz fórmula lamborghiniana: publicar libros (después escribirlos o no escribirlos). Tiene una extraña resonancia ahora. No escribirlos, publicarlos: juntar los estúpidos artículos escritos para que “pasen” ridículos referatos en revistas que no lee nadie. Yo, por lo menos, no las leo. En todo caso, busco “papers” que me sirvan para mi “estado de la cuestión”. Temo que, si continúo, no haré más que multiplicar las comillas. Yuxtaponer esos textos, debidamente despojados de sus referencias tácticas, y que el libro se haga solo, en orden a ser publicado. Así vengo haciéndolo. Como trabajo por obra de autor, me terminan saliendo libros que no serán nunca citados, y como mi área de estudio es la literatura argentina, y no hago teoría literaria, no me van a invitar nunca a dictar nada “en el exterior”. Dentro del sinsentido, realizar el esfuerzo de ese libro material, en papel, tiene su sabor. Otra paradoja: los libros vienen cada vez mejores, con tapas más exquisitas, con diseños más estéticos. Como los libros para chicos: Aira se queja, en “Contra la literatura infantil”, de ese desperdicio en estética material cuando los libros para adultos son convencionales, todos iguales. Eso está cambiando. Es curioso. En la era de la digitalización global.

 

28 de junio.

Curiosamente, el diario analógico es el que más escamotea la intimidad del filósofo. La autorreflexión no se ejerce sobre la subjetividad sino sobre los libros escritos y publicados. El entramado autobiográfico es un mapa de lecturas y una autolectura. Lo que de privado sale a la luz pasa por los modos, ciertamente corteses, pero sin ambages, en los que el diarista dirime las polémicas de su época en sus propios términos. Dicho en criollo, el filósofo escribe sin pelos en la lengua, sin la necesidad de persuadir, apoyado en la propia obra, dándola por leída, haciendo una interpretación de lo contemporáneo que pasa por la “experiencia” no en el sentido de un presente vivo, sino de un entramado en el que la escritura sobrevive al borde de su extenuación: escritura de una exasperación contenida, si el oxímoron es tolerable (que contrasta con la mesura, incluso la bonhomía, de sus textos “estrictamente” filosóficos). No obstante, la “propia” obra se despega del filósofo, dándole al diario el sentido de un circunloquio en torno a una extimidad. En efecto, ¿no es la obra lo más íntimo que, no obstante, está afuera, repeliéndonos?

 

Más tarde.

 Por fin un domingo de sol. Me sustraigo al paseo por el nuevo barrio y me resigno a la luz que entra por la ventana (sin cortinas) del cuarto que se convertirá en mi estudio (cuando haga las bibliotecas). Tengo en alguna caja los libros de Ludueña Romandini, y la languidez de la hora me impiden buscarla y abrirla. No puedo corroborar mi intuición. Se trataría de chequear en el políptico (y en lo que va de la Analéptica y en el Outside, el Ficino y el Warburg) las respectivas bibliografías (de la que el Diario carece, aunque abunda en notas al pie). Lo que el diario analógico pudorosamente muestra es la intimidad de la biblioteca invisible del filósofo. Es cierto que, en sus libros, Ludueña Romandini combina la rigurosidad del canon con lecturas más heterodoxas. La novedad del Diario estriba en que comparecen multiplicándose una serie de claves que podemos sintetizar con una cita:

 

Lovecraft, los Eones de la Decadencia, la cibernética, el Antiguo Tarot Atlánteo o “baraja Centauri” de cartas decamánticas, la Artificial Intelligence como tendencia tecnocapitalista de no-linealidad positiva, los Cultos de la Cripta lesbovampíricos como criptobrujería, el Gótico, la no-vida de los pseudos-arquetipos lemurianos atribuidos a Jung…

 

A los que pueden agregarse el chamanismo, el Gnosticismo, el neoplatonismo, la Apocalíptica, la mística, la magia y una variedad de referencias de la literatura y la poesía (hacia el final, se multiplican las citas de poemas y poetas). El Diario analógico, que me resultaba, de modo paradojal, elusivo en la intimidad, es entonces la exhibición de esa biblioteca, para el académico, oculta, subterránea, secreta. Lo más púdico resulta así la experiencia de lectura que no distingue géneros ni cánones, que no separa lo consagrado de lo marginado, lo visible de lo invisible. Pero este sería un detalle apenas circunstancial. De lo que se trata es del carácter místico-esotérico del filosofar, en una época en que los Arcontes del Tecnocapitalismo proponen una trascendencia inédita y, en consecuencia, presuponen una teología (y una metafísica). La Ciencia (la Hiperciencia), en su proclama anti-metafísica, restituye un programa político-teológico que no explicita (aunque algunos de sus artífices son conscientes del mismo), pero que imanta a aquellos que serán, que son, los Póstumos. La tarea filosófica no puede seguir extenuándose en los claustros momificantes. Debe salir a la palestra donde se dirime ni más ni menos que la supervivencia del Hombre, el Mundo y el Cosmos. No obstante, en un afuera ganado por las redes, las imágenes y la virtualidad, “salir” es “retirarse”. En un afuera en el que la palabra es no ya (si quiera) comunicación, sino información, “salir” es restaurar el esoterismo esencial del pensar que no pacta con los protocolos de la trasmisión y la explicación:

 

La experiencia mística que también conforma, de manera esencial, el quehacer filosófico se estructura en la enunciabilidad como estructura trascendental inefable, pero cuando llega la necesidad de buscar el enunciado se debe recurrir a los postulados que hacen posible la decibilidad discursiva.

 

El Diario es el relato de esa experiencia que es condición de posibilidad del filosofar, pero que no se dice en los modos de los discursos filosóficos académicos. Mejor aún: es el relato de la imbricación entre esa experiencia y su discurrir escrito en la forma de la búsqueda de la obra. Relato del fin de una época y una vida (que son una sola cosa), el diarista sobre-vive (o subsiste) en un mundo de espectros: una tonalidad póstuma tiñe su escritura. Parece una voz venida del futuro o, tal vez, una voz proyectada más allá del final, intempestiva y asordinada por el tumulto de lo actual. Pero el Fin del Mundo ya ha sucedido y volverá a suceder.   

 

1 de julio.

Leí por primera vez a Ludueña Romandini durante el confinamiento de la pandemia. La comunidad de los espectros I. Antropotecnia, publicado en 2010, me impactó por su ambición, su desparpajo y su elocuencia. ¿Quién es, pensé, este argentino que discute con Foucault y con Agamben de igual a igual, que se sirve de Heidegger y de Sloterdijk pero se desmarca de ellos? He aquí un pensador cuya erudición no es autorizante, sino polémica, singularizándose en una originalidad asombrosa y sumamente atractiva. El libro encontraba, en las profundidades genealógicas, las raíces teológico-políticas de los programas tecnocráticos del presente, con sus búsquedas de la inmortalidad, su trascendencia de lo humano, y sus aspiraciones imperiales sobre un cosmos presuntamente desierto y disponible. En nuestros días, y especialmente desde el 2025, ese libro resulta insólitamente contemporáneo, casi profético. En 2020, supimos que el mundo estaba jaqueado por fuerza inhumanas y que había entrado en una nueva fase. Contingencia o destino, di entonces con una obra que me permitía pensarlo. No sabía que no era un Final, sino un Recomienzo.