Amor en la barranca - Joy Koza

 

[Noticia: Este texto fue escrito para la presentación de El realismo sentimental en la librería y estudio de formación, Las Panteras y el Templo. Forma parte de un nuevo proyecto de reseñas y crítica literaria que lanzaremos próximamente en la página web de la librería. Hasta entonces, agradecemos a Präuse la tenencia compartida]

 

Vuelvo a Córdoba después de un viaje infortunado. Un mensaje de Carlos me recibe, ¿estás bien? ¿ya en casa? Sí, me comí un lomito. Córdoba, corazón de mi país. El lema me produce una sensación extraña, sintetiza todo aquello de lo que he querido escapar y todo lo que no he comprendido del lugar en donde vivo. Hace un tiempo que con Carlos desarrollamos una suerte de familiaridad apócrifa, jugamos a tener una relación filial, quizá para expresar cierto tipo de afecto incondicional, aunque, inmediatamente, esas mascaradas se diluyan con la soda cáustica de nuestras confidencias. Ironías, con las que solo un amigo puede bromear, sin perder el reservorio de la ternura. Un humor, por otra parte, nítidamente cordobés. Hasta la mañana de hoy no me había dado cuenta de que la legibilidad de nuestras intimidades respondería, punto por punto, a lo que él llama un realismo sentimental, no existiría de no haber desplegado nuestras emocionalidades en la configuración del entorno que nos rodea y, consustancialmente, en nuestro vínculo con esta ciudad. 

Lo miro a Surghi en el intervalo de una clase, me dice que ya se distrajo, que se quiere ir. Me lo dice con cierto divertimiento por lo impropio, como afirmando el derecho a resguardarse de que las obligaciones le ganen. Divertimento, distracción y una concentración restringida u ociosa son las primeras claves de una forma de estar en el mundo que pueden advertirse al comenzar a leerlo. Proust, Montaigne, Keats y, más tarde, Rousseau justificarían ese gesto en el cual me mira y dice: quiero desaparecer, o más bien remitirme a mi felicidad doméstica o, acaso, desentenderme de la atención, entregarme al desvío, al extravío que hace uso del tiempo de un modo egoísta, ese gesto que más bien dice quiero ir a aligerarme de mí mismo y del mundo, no aguanto más por estar en el estudio, en suma: me quiero ir a escribir. Surghi sabe que escribir es una alegría, más aún, literalmente una manera de reír. Risa que se esconde en ese gesto socarrón con el que busca ganarle al desenfado de la vida. 

Pero aunque quiera mostrarse sagaz por impostar lo intrascendente, la ansiedad de la fuga es morigerada en la compostura con la que intenta acompasarse al ritmo compartido y a la mirada contemplativa de sus seres queridos. Fortuitamente descubre una predisposición que le ha llegado con los años que agudizaron su percepción y condujeron su entrega a ver lo que le rodea como si fuera la primera vez. Se disuelve, entonces, en el intento de atesorar imágenes con la consistencia de un realismo mucho más urgente e imposible, un entusiasmo estático en el que el amor tiene el extraño don de superponerlo todo. Mariana adquiere una belleza inusitada en una coreografía hecha de movimientos invisibles, la mano pequeñita de Alessio hace notar, con ternura y elegancia, la persistencia de un ahora al que volver dispuesto a disfrutar de todo. Imágenes en las que la realidad se envanece hacia el mundo imaginario de lo sentimental, donde lectura, escritura y vida se acompasan, haciendo que Carlos se pregunte: “¿En qué consiste ese ritmo? Tal vez en confiar en que todo cuanto puede ser se afirma por azar y deseo, por voluntad y por intangibilidad, por descuidada participación en el mundo y por extrema torpeza en cuanto al resguardo para con lo que amamos.” 

Leo “Paseo” y las imágenes vuelven tangible el escenario de mi memoria. Recubren con una pátina de fantasía el paisaje en el que habité todos estos años haciendo próxima la profundidad del tiempo. Una arqueología de las superficies, sugiere Surghi, para abrirle paso al poder de la transitoriedad. Comienzo a transitar por el barrio de Alberdi, por la irregularidad e intermitencia de sus calles, llenas de pequeños comercios y departamentos de chapa y ladrillos, de bloques y adobe, de madera y cartón, donde Carlos señala que un simple pedazo de trapo mugriento es lo que pasa a dividir el afuera del adentro, o desperdiga ocurrencias como que un almacén desciende a la tipología de modesta despensa según el secreto encono que tengan sus habitantes. Nombra, nombra a los árboles, a los Paraísos, los Lapachos, algún Manzano que se resiste a los Prunus europeos o los Ligustrum chinos que la moda impuso y que son, en los barrios pudientes, un signo de distinción que esconde la divisa del mal gusto. Me hace pasar del tedio a la alegría, casi al llanto cuando menciona al Palán-palán, ese yuyo dueño y señor de las ruinas del barrio. La distinción sutil entre un inerte cascote o un resto prodigioso hay que atisbarlo, incita, en el Palán-palán que se aferra al escombro y, con su poesía, le hace frente al olvido. Uno aprende a amar lo desagradable, me dice Surghi, allí donde se vuelve íntimo. 

Cuando era joven, cuenta, se paseaba por la ciudad sintiéndose desdichado. Y fue casi por casualidad que un día descubrió la gran curva del río. Sintió, de pronto, como un hallazgo el concebir que estas zonas olvidadas podían identificarse con la forma en la que la gran curva del río desaparece. Como si la ciudad construyera su propio derrumbe y desmantelarla de a poco fuese el modo en el cual se vuelve eterna. La indiferencia al lugar en el que vivía, agrega, en un padecimiento más voluntario que cierto, la abandonó al descubrir lo sublime de la topografía cordobesa en ese accidente geográfico al que llamamos barranca. Surghi reconoce la deuda de esta revelación en la obra de Antonio Oviedo. Dice que él sabe respecto a esta ciudad algo que nosotros jamás podremos avizorar. Luego remonta vuelo en una especie de epifanía profana en la que los bañistas del Suquía podrían ser ángeles morenos de William Blake, ragazzi di vita de Pasolini, portadores de una jarana órfica hecha de barro. El mismo barro barroco bautizado por la música de Doménico Zipoli, del que Luis de Tejeda hubiese hecho menos un gran poema que una mística de la tierra. La barranca se convierte en una alegoría donde pobreza y promiscuidad se arremolinan en un deterioro indolente, donde una economía medieval perdura al disimularse en todo lo que la ciudad olvida sobre sí misma. Córdoba como una Babilonia que ignora todo cuanto existe. Y la barranca que lo devora todo, cuyas fauces, debiéramos afirmar junto a Oviedo, son las de “una bestia para la que no tenemos en absoluto una denominación lo suficientemente pacificadora”. 

Transcribo y monto todas estas oraciones al pie de la letra, con el mismo ejercicio con el que Carlos declara que Córdoba se vuelve cada vez más cierta e irreal. Entonces, se despierta en mí una emoción inaudita. Tal como si la ciudad viniese a justificar mis desdichas, tanto como aseverar las dádivas que me ha dado, reclamándome su amor en la indiferencia. Una extraña sensación de pertenencia nace desde el fondo del olvido. Y me entrego a que los diversos estados de mi alma encuentren su correspondencia con una idiosincrasia compartida. Todo se precipita en este realismo sentimental, con el que Surghi nos devuelve al amor en la barranca.