Un mundo distinto, o sobre la antropología ficcional - Germán Prosperi
[Noticia: el siguiente texto fue leído en la presentación
de Un mundo distinto de José Retik el 15 de mayo en Logia Café, La
Plata]
Un mundo distinto es un tratado de antropología. No un tratado sin más,
sino un estudio que indaga los límites mismos de lo humano, de la civilización
humana en cuanto tal. Pero no lo hace apelando a alguna de las diversas
metodologías de la ciencia antropológica, sino a la especulación desbocada, a
la imaginación irrestricta. Uno lee el texto y advierte cómo la escritura misma
le va dictando a Retik lo que debe venir a continuación. Una palabra exige a
otra, una idea se abraza a otra, un pensamiento se ramifica en otros
pensamientos, como líneas que, al entrelazarse, van formando un curioso tejido,
vale decir: un texto. Como una abuela afiebrada, ligeramente fuera de control, Retik
ha tejido su mundo distinto. El arte de tejer, en este caso puntual,
procede como una reacción en cadena, o, mejor aún, como una reacción en cadena
significante. Una idea estalla y, más por contigüidad que por derivación
lógica, excita a otra idea hasta hacerla también estallar, la cual a su vez excita
a otra y así sucesivamente. La escritura de Un mundo distinto encuentra
su dinámica inesperada y fulgurante en estas detonaciones sucesivas. Nunca se
sabe lo que va a pasar, ni siquiera se sabe muy bien lo que ha pasado. Sólo se
sabe que algo pasa, que algo está pasando. Desde luego, terminamos de leer el
texto y cobramos conciencia de que nuestra psiquis también ha quedado detonada.
La escritura ha hecho su trabajo. Si Un mundo distinto explora los
límites de la civilización humana es porque empieza explorando los límites del
propio lector.
Dije que este libro es un tratado de antropología. De lo
cual se deriva que Retik, para mí, es un antropólogo. Diría quizás que sus
textos pertenecen a una insólita disciplina que, para no quedar sin nombre como
la ciencia con la que soñaba Aby Warburg, llamaré antropología ficcional.
Curioso género, que Retik practica con inusual pericia. ¿Cómo podríamos definir
a esta ciencia delirante, jocosa hasta el absurdo, inquietante e inesperada?
Sospecho que buscar una definición, como hacía el Sócrates de los diálogos
tempranos de Platón, no es un buen camino. Diría a lo sumo que esta
antropología ficcional es una suerte de coctel compuesto por otras disciplinas
más o menos discernibles. Menciono algunas: la psicología, en particular la psicología
social, aunque también el psicoanálisis, tanto freudiano como lacaniano. Hay
mucho por ejemplo del Freud de “Psicología de las masas y análisis del yo” o de
“Tótem y Tabú”. ¿Cómo negar que personajes como Ernst Röhm, que fue en la vida
real el fundador de la SA (Sturmabteilung) y un homosexual confeso, o
Américo o algún otro de los dictadores que pululan en Un mundo distinto,
tienen algo del Padre de la horda primitiva que, exentos de toda ley, es decir
no castrados, pueden gozar de todos y de todas sin límite ni medida? Guiños también
a Lacan, por ejemplo cuando Américo sugiere que el amor es “dar lo que no se
tiene” y Germán lo interrumpe antes de que la frase termine con “a quien no lo
es”, o cuando aparece la dialéctica entre el Yo y el Otro. Pero la predilección
está sobre todo en el cruce psicología-sociedad. El libro de Retik es a su modo
un heredero de esos múltiples tratados de psicología social que proliferaron en
Argentina, y no sólo, a fines del siglo XIX y principios del XX. Hay algo de
José Ingenieros, de Ramos Mejía. Hay también algo -mucho, a decir verdad- de
frenología, de Lombroso, de criminología y genética, de herencia y mitología,
de ciencia y eugenesia. La historia reciente de nuestro país es también un hilo
siempre presente en la escritura de Retik. El uso de la picana, en un momento
del relato, recuerda a la pasada dictadura. “Picana” y “dictadura” son dos
significantes que, para la memoria argentina, están indisociablemente ligados.
Hay además una recuperación satírica de la ensayística nacional, sobre todo de
los ensayos dedicados a dilucidar el misterioso ser argentino. Por último,
fascinación por el lenguaje: el poder se ejerce, primariamente y como bien lo
supo Roland Barthes o Michel Foucault, en la lengua y la gramática. En suma, si
metemos en una coctelera un poco de psicología, de sociología, de
psicoanálisis, de historia reciente, de frenología, de criminología, de
ensayística nacional, de lingüística, si metemos todo eso y lo mezclamos bien,
podríamos obtener algo cercano a la antropología ficcional que practica Retik. Un
mundo distinto es uno de los mayores logros que esta ciencia platense ha
producido hasta el momento.
De los múltiples hilos que componen este libro, retomaré
sólo uno que concierne al problema de la identidad, el lenguaje y el poder. En
realidad, voy a retomar este hilo un poco como excusa para reflexionar acerca
del lenguaje, la escritura y la literatura. Es decir: haré con el texto de
Retik lo que él hace con los textos que lee: retorcerlos, exacerbarlos,
delirarlos, extrapolarlos. En una palabra: seré retikiano.
Por motivos que ahora no vienen al caso, Ernst Röhm, uno
de los personajes de Un mundo distinto que flota entre lo real y lo
literario, llega a ser presidente de la Nación y, luego de producir a través de
experimentos genéticos un híbrido siamés de anguila, indio Cayrú, alemán y
yegua de competición, funda el I Reich Germantino. Los primeros siameses llevan
por nombre Germán y Américo. La cuestión que me interesa recuperar aquí es que,
luego de someterse a una intervención quirúrgica y separarse, Américo decide
cambiarse de nombre y autodenominarse YO, el emperador, mientras que Germán
decide hacerse llamar ÉL, el comandante. En Yoicoamérica, Américo, es decir YO
(no yo, que soy Germán, pero Germán Prósperi, no el Germán que es ÉL), decreta
que “nadie más que YO podía decir YO”. Si alguien necesitaba referirse a sí
mismo, debía inventar algún recurso: por ejemplo, apuntar con el pulgar hacia
arriba. Retik cifra en esta “proscripción de las personas gramaticales” uno de
los mecanismos fundamentales del poder. La desaparición forzada de las personas
reales va precedida aquí de la desaparición –también forzada– de las personas
gramaticales, de los pronombres. Pero Retik también muestra las aporías del
propio poder, en este caso de YO: “Porque, si bien YO soy YO, cada pobre
infeliz del Imperio podría usurpar mi nombre propio en nombre del pronombre
personal. Aunque ellos lo usasen con minúscula, en el habla no hay una
distinción neta entre minúsculas y mayúsculas. […] ¿Se da cuenta del peligro
que implicaría que alguien que no sea YO pudiera autodenominarse con
mayúsculas?” (105-6). YO, es decir Américo, se propone por eso “abolir toda la
gramática que haga falta. Y todas las lenguas” (110). Además de que Retik pone
en juego aquí toda la teoría de los shifters y de los pronombres
personales en la que resuenan nombres como los de Roman Jakobson o Émile
Benveniste, a la vez que toda la discusión en torno a la diferencia entre
lengua y habla o semiótico y semántico, la dificultad que experimenta YO radica
en tomar al pronombre como nombre propio, es decir confundir al pronombre con
el nombre.
Cuando leí estos pasajes fascinantes de Un mundo
distinto no pude evitar que viniera a mi memoria, quizás por la sonoridad
alemana de los nombres de algunos personajes de la novela, un gran libro del
teólogo Hans Walter Wolff dedicado a la antropología del Antiguo Testamento que
yo había estudiado en el 2017 o 2018. Mi recuerdo tenía que ver con algo que
había leído en ese libro magistral de Wolff, libro que recomiendo porque sé que
está editado en español, y que concernía a la cuestión de los pronombres personales.
Volví entonces a abrir el texto de Wolff y di con el pasaje en cuestión. Se
trata de un momento en el que el autor está explicando la noción de nefesh que
suele traducirse por alma, aliento o principio vital, y entonces dice: “Donde se habla de vida aparece
nefesh como «pronombre». […] El
hombre moderno tiende a ver el carácter pronominal donde para los antiguos se
tenía el nombre” (41). Wolff pone como ejemplo Génesis 12:13: “Di que
eres mi hermana para que me (li) vaya bien por tu causa y por ti quede
mi n. con vida” y explica: “El paralelismo de ambas frases hace natural
entender «mi n.» como variante del pronombre «yo» —«para que yo quede con vida».”
Este era el pasaje que yo había leído allá lejos y hace tiempo y que la novela
de Retik me hizo recordar.
* * *
Ya que se trata del
libro de un psicoanalista, voy a proceder por asociación libre. Así como cierto
pasaje de Un mundo distinto me remitió al libro de Wolff, así también
ciertos pasajes del libro de Wolff me remitieron a problemas tradicionales de
la literatura y la escritura. Por eso ahora voy a separarme un poco del texto
puntual de Retik, pero sólo para comentar, a partir de ciertas ideas de Wolff y
de la teología bíblica, algunas cuestiones generales que conciernen a la
práctica de lectura y de escritura (la suya incluida). Comencemos por la
lectura. ¿Qué es leer? ¿Qué hacemos cuando leemos? Primera hipótesis: leer es
resucitar al texto, devolver un texto a la vida. Según esta hipótesis, el texto
estaría muerto y nosotros vivos. Leer sería la operación por la cual el lector le insufla la vida -el hálito vital- al texto,
lo desfibrila, lo resucita. Leer sería decirle al texto lo que Jesús a Lázaro: “¡texto,
levántate y anda!” Pero hay otra hipótesis, creo que más interesante y
probablemente más certera, que es precisamente la inversa: el texto estaría
vivo y nosotros muertos. Leer sería la operación por la cual el texto le
insufla la vida -el hálito vital- al lector. Es el texto el que nos aplica el
desfibrilador a nosotros, lectores, el que nos resucita, nos devuelve a la
vida. Leer sería escuchar al texto decirnos lo que Jesús a Lázaro: “¡lector,
levántate y anda!” Me inclino por esta última posibilidad. Como sabemos, dos de
las religiones más consolidadas del mundo, el judaísmo y el cristianismo, no
por nada llamadas junto al islamismo “religiones del Libro”, aseguran que Dios
crea al hombre de barro y, a fin de convertirlo en un ser viviente, sopla por
sus orificios nasales el hálito vital. De hecho, los pasajes de Wolff que les
leí hace un rato surgen de un comentario a Génesis 2:7 (que cito): “Formó
Yahvé Dios al hombre del polvo de la tierra, y le insufló en su nariz aliento
de vida [nishmat ḥayyim]; y fue el hombre un alma viviente [nefesh ḥayyá]”.
Según la última hipótesis que he propuesto, el texto ocuparía el lugar de Dios
y los lectores, del hombre. Leer sería la operación por la cual el texto
insufla en el lector aliento de vida, nishmat ḥayyim, y lo convierte en
alma viviente, en nefesh ḥayyá. El término nishmat, aliento o
soplo vital, es sin duda más concreto que nefesh, pues hace
recordar a la respiración. De allí que signifique también “ser vivo”. Yahvé es,
por tanto, protector y creador del aliento. Todo en el hombre es terreno, pero
en cuanto ser vivo el hombre se debe a que Yahvé le inspiró el aliento vital.
El cristianismo, a su vez, agrega algo más a esta
antropogénesis veterotestamentaria. Y lo que agrega está consignado
preferentemente en el prólogo del Evangelio de Juan (1:1): en el principio
era el lógos. Que además este lógos sea la vida misma queda
demostrado por lo que dice el propio Jesús, versión humana del lógos o,
mejor aún, el lógos encarnado, en ese mismo Evangelio (Juan 14:6): yo
soy el camino, la verdad y la vida. El lenguaje es la vida misma, y cada
vez que leemos volvemos a vivir, somos resucitados en cuerpo y alma. La lectura
sería entonces el procedimiento a través del cual el texto, el lógos,
insufla aliento de vida en el lector.
¿Y el escritor? Complejicemos la hipótesis. El texto podría
ser una excusa de la que se sirven el escritor y el lector para volver a la
vida, para vivir el instante de un encuentro. Pero quizás, de nuevo, la posibilidad
inversa es más pertinente: el escritor y el lector son las excusas de las que
se vale el texto para vivir la muerte un instante. El texto está vivo y tanto
el escritor como el lector están muertos. Cuando el lector lee es como si el
texto experimentara un orgasmo, una pequeña muerte. Cada vez que alguien lee un
texto interrumpe la vida eterna del lógos. La escritura pierde algo de
su hálito vital y se lo presta, aunque sólo por un instante, al lector. Podría
creerse que ese hálito vital le fue antes conferido al texto por el escritor.
Sin embargo, Dios ha muerto y por ende también el escritor como centro activo
de sentido. El escritor es tan pasivo como el lector. El escritor sólo existe
en cuanto tal en la medida en que el lógos le presta su hálito vital. El
escritor, al escribir, también lee, sólo que el texto que lee aún no existe.
Escribir es así plagiar un texto que aún no existe; mejor aún: que no existe en
tanto instancia concreta, en tanto ese texto puntual que ese escritor puntual está
escribiendo; pero sí existe en tanto lógos eterno, en tanto texto
eternamente vivo e inmutable. Y si en todo caso queda un lugar para Dios en
esta historia, no es ya, según una interpretación corriente, un Dios que
habla, sino un Dios que es habla, que es texto o voz
profética (judaísmo) o lógos encarnado (cristianismo). El error consistiría
en identificar al escritor (o al lector) con Dios. La única Entidad a la altura
de recibir ese nombre es a mi juicio el lógos mismo, el lenguaje. Hay onto-teo-logía,
en el sentido heideggeriano de la expresión, cuando creemos que Alguien habla
detrás del habla, cuando creemos que hay un Otro del Otro. Pero si Dios ha
muerto, si no hay Otro del Otro, si el Otro está barrado, entonces -y me valgo nuevamente
de una expresión de Heidegger- el habla habla. El habla del habla o el
habla que habla es lo único digno de ser llamado Dios. Todo el resto es onto-teo-logía.
Digo estas cosas porque creo advertir en José una misma fascinación por el
lenguaje, por la palabra, por el habla (tres términos que no son sinónimos pero
que pertenecen a un mismo campo de pensamiento). Un mundo distinto me
deja con la siguiente idea: lo mejor y lo peor de los seres humanos, su gloria
y su condena, sus creaciones más sublimes y sus destrucciones más aberrantes,
su pulsión de vida y su pulsión de muerte, sus Novenas Sinfonías y sus genocidios,
sus deseos y sus goces, se cifran en el arcano mismo del lenguaje: la única
Entidad en condiciones de asumir sobre sí el rasgo de lo divino. Y ya sabemos:
Dios no sólo es un Dios justo y misericorde, sino celoso y cruel. Es en el
lenguaje, y sólo en él, que el Bien y el Mal definen por penal. Leer Un
mundo distinto es presenciar esa definición en vivo y en directo, en una
cancha que en vez de césped está hecha de palabras. El terreno de juego es el
lenguaje; los jugadores, nosotros, míseros mortales.

