Fundamentos del cine literario. 5: El procedimiento (parte 1) - Francisco Bitar
Nunca
se ponderará lo suficiente el salto que los llamados Jóvenes Turcos dieron
desde las páginas de los Cahiers du cinemá a
la realización de sus propias películas: se trata de la continuación de la
crítica —es decir, de la escritura— por otros medios, asunto que Godard parece
haber entendido mejor que el resto de sus compañeros de saga. Lo importante,
más que hacer películas, era seguir escribiendo, para lo cual el cine se
presentaba como un desenlace obvio, por el simple motivo de que se venía
escribiendo sobre cine.
De
hecho, a la primera crítica, como fue la de Cahiers,
no podía caberle sino la creación misma del cine. A este salto de nivel
corresponde su nacimiento, desde que uno es condición de la otra: para que el
cine sea posible era necesario liberarlo antes de su pertenencia a una sola
clase, representada por la industria de los cineastas. El salto de los Jóvenes
Turcos recuerda que, a la creación de un arte en cuanto tal, le corresponde una
ruptura fundadora, tal como la emprendió Falubert frente a la novela burguesa,
y que dio origen a la modernidad en literatura.
Del
mismo modo, hasta Godard, el cine era clásico, en el sentido de que repetía
formas disfrazadas de obligatorias. Luego de su irrupción —y de la llamada
política de los autores, que se aplica mejor que nadie al propio Godard—, el
cine pasa a dirimirse en una dimensión formal. De este mito de origen se
desprende que el cine moderno no es de los cineastas sino de los escritores, o
de los portadores del gesto crítco, que es lo mismo. Y se colige también que el
cine volverá a la vida (volverá a su nacimiento) siempre que los escritores se
levanten otra vez, como la primera vez, contra los cineastas. (Se trata de
funciones, claro está, no de operadores. Si se adopta este punto de vista, la
idea Cine Literario, que desde esta revista vengo agitando hace tiempo, supone
un pleonasmo: no hay cine que no sea literario, es decir, de los escritores).
La
miseria (esto también lo entendió Godard antes y mejor que nadie) consiste en
ceder o directamente abdicar frente a los designios del viejo cine, entendido
como fabricación o cadena de montaje. El cine, para volver a serlo, debe ir
hacia la literatura, y en lo posible a una clase de literatura que se abstenga
de los mismos vicios que hay en las narrativas audiovisuales (por lo demás,
esta literatura desprovista de vicios narrativistas es la única que hay, o la
única que vale la pena).
Para
ello propongo esta vez las gracias del procedimiento en las formas de Guion en
movimiento, Guion alternativo y Guion visual. Como se sabe, el procedimiento, y
en menor medida la obra de idea, desplaza la desgraciada necesidad de hacer la
obra (en este caso la película, pero podría ser un libro) al encomendarla a un
mecanismo encargado él solo de hacerla. Esta gracia viene ya equipada con una
segunda ventaja, la de declinar la penosa subjetividad del autor, la chatarra
del yo y los sentimientos.
Los
procedimientos que aquí presentamos, además, muestran su proximidad con la
producción crítica, o en todo caso con la lectura, lo que es extensible quizá a
toda obra de esta clase. Es que, al emanar de un automatismo, debe haber antes
una serie discreta de datos que procesar. Y esa serie discreta, menos que en
los confines del lenguaje, se encuentra en el lenguaje acotado de una obra
anterior (para nosotros, en Noche y niebla de
Alain Resnais, y Clorindo Testa de Mariano
Llinás).
En
este sentido, como operación de lectura, el procedimiento hace visible el
texto, la zona fronteriza donde se confunden o se conjugan los roles de autor y
lector. Ya no importa quién lo hizo y quién lo lee: el lector es autor y el
autor lee en el lector. En suma, los roles se confunden hasta borrarse en una
zona de transparencia, de creación mutua. Lo que paradójicamente significa un
último triunfo de la política de los autores: es sólo cuando el lector puede
devenir autor en la lectura que la liberación final de las formas
convencionales quedará hecha. Cualquiera puede ser un autor con solo ir hacia
el texto.
Así,
la lectura ilumina una nueva zona de la obra original al fabricar, con los
materiales originales, otra cosa. Aquí el énfasis recae en la idea de cosa, porque la del procedimiento es la lectura
materializada, no en una escritura de segundo grado (el procedimiento no
cristaliza en ensayo o en una reseña que tiene por motivo la obra original),
sino en una nueva obra. Lo que tiene de particular es que su corporización no
oculta su antecedente, como sí lo hace la obra de los cineastas con su
sedimentada cantinela argumental.
Y
si la obra de procedimiento muestra el original —es decir, su borrosa autoría—
es para demostrar que el arte estará hecho por todos o no será de nadie. En
esta liberación, que viene de expropiar el cine a los cineastas y devolvérselo
al pueblo, hay una respuesta posible a la eterna pregunta que, antes del
procedimiento, doblegaba al escritor: ¿por qué si con leer un libro es
suficiente para escribir uno, no alcanza con ver una película para hacer la
mía?
