Fundamentos del cine literario. 5: Cine literario y vida - Francisco Bitar

 

Estamos rodeados de películas. Cualquier amague narrativo, de los que el día está lleno, puede resultar en una. La llamada de un número desconocido, por ejemplo, o la visita de un amigo. Es suficiente con empezar algo, un dibujo, empezar el día. Basta con ese mínimo, el de levantarse de la cama —o menos aún, el de seguir vivo—, para ponerse al comienzo, es decir, en situación de filmar (eso por no hablar de la muerte, donde empieza el absoluto).

 

Ahora, la vida no puede empezar por sí sola. Si la dejáramos en manos de su inercia no obtendríamos otra cosa que la reproducción de sí misma. Tampoco puede interponerse una voluntad, como la de ser (ser cineasta, por ejemplo): si tomáramos la decisión de empezar no haríamos otra cosa que dividir en dos partes el mismo aburrimiento; y ahí están los profesionales aburriéndose ellos mismos, y aburriendo a todo el mundo con su trabajo. No queda otra salida que interponer el procedimiento artístico y dejar la vida en sus manos, cederle la primacía del perpetuo recomienzo.

 

(Para decirlo en otras palabras: la vida es lo empezado desde siempre. Lo importante es llevarla hasta el final de ese hastío con el propósito de que vuelva a comenzar, de que lo empezado vuelva a estar en el comienzo).

 

Una vez empezada, tirando de la punta de uno u otro de sus ilimitados comienzos, la película literaria no caerá de ninguna manera en el penoso registro de lo siguiente. Esto significaría duplicar la vida ya existente, y acá se trata de repetir el comienzo, con lo que tiene de invención: la vida empieza otra vez porque es la película la que empieza. La película contagia a la vida con su impulso, la transforma al estimularla.

 

En suma, el Cine Literario no tiene nada del degradante género del diario. Siendo el género propio del diario el de la notación, el equivalente en la imagen sería una serie de fragmentos pegados, “filmaciones”. Mientras que aquí hablamos de películas, del continuo cuya fuerza inicial estuvo en uno de los tantos comienzos del día: lo que hace la película literaria es seguir ese comienzo hasta su clímax, es decir, terminar lo que, en el día, siempre empieza sin llegar nunca a su fin.

 

En fin, que se pueda hacer una película por día, no significa que haya que hacerla sino que puede empezar en cualquier momento. Así, se empieza todo el tiempo. Se me viene una imagen, que me gustaría filmar, la de un padre que señala un punto en las alturas, que sus hijas buscan con la mirada. Allí podría empezar una película, o por allí podría pasar, porque, por gracia del procedimiento, el comienzo podría estar en cualquier parte, no sólo al principio.

 

No tener recuerdos; tener películas, como para que el recuerdo no sea necesario. No importa que no se haya empezado por algún tiempo o por mucho tiempo. Ni bien se vuelve a empezar uno se da cuenta de que el comienzo siempre estuvo ahí, que se estuvo empezando desde siempre. Y todos los recuerdos, cada con uno con su propia imagen fija, se ponen en movimiento con las imágenes de la película hasta disgregarse. 

 

La cuestión de la ficción ya no es importante, poque se la ha rebasado como se pasa por encima de una superstición. En su lugar se ha puesto lo que junta dos cosas en el mismo lugar: la creación. Una cosa como el personaje se vuelve superflua: ya hay personajes, que son quienes tienen esa función en la película, más allá de la ficción. Ni hablar de vestuarios y decorados, que pasan por ser reales porque lo son. ¿O acaso no hay peor actor que aquel que en la vida real es incapaz de actuar de sí mismo?