Michel Butor y la nueva realidad – Nicolás Rosa
[Noticia:
El siguiente ensayo fue publicado en el diario Crónica de Rosario en
1966. Debemos el dato de su existencia a la lectura de La juventud de la crítica y el acceso generoso al material a Judith
Podlubne]
El lenguaje
está a mitad de camino entre las figuras visibles de la naturaleza
y las
convenciones secretas de los discursos esotéricos.
Michel
Foucault, Les Mots et les choses
Una
nueva concepción de la literatura, y por ende de la literatura como “valor”
objetivo, está presente en la obra de Michel Butor. La poderosa carga de la
tradición clásica —una reinvención de la cultura que subraya en la intención
artística de Butor, figura visible de una toma de conciencia crítica frente a
la cultura occidental entendida como destino y como futuro— está emplazada
dentro de una estructura de nuevos contenidos problemáticos. Esta concepción de
la literatura está explícita en su teoría de la novela, en su propia obra
novelística y en la actividad del lector frente a la misma. Para Butor toda
obra literaria es el símil de una obra de alquimia. Ampliamente seducido por el
lenguaje alquímico, postula la necesidad de estructurar la novela como un todo
completo en sí mismo donde se entrelacen numerosos laberintos clausurados por
múltiples cerrojos, pero que al mismo tiempo, presentan las propias claves para
su apertura: para su desciframiento. Una novela es un misterio porque refleja
que la vida es esencialmente misteriosa. Esta remitencia a la vida como
misterio está exenta de todo contenido romántico o trascendente: la vida es en
sí misma su propio misterio. La novela, como un microcosmos hermético, es
también su propio misterio y propone sus posibles soluciones. Pero aclaremos,
en absoluto el nuevo realismo de Butor establece relaciones de proximidad, de
emanación, digámoslo así, entre el mundo (la vida) y la obra literaria (la
novela). La novela es una estructura en sí misma suficiente y conclusa: es
“representativa” en el más alto nivel de significados; es un sistema complejo y
de correspondencias significantes. El mundo es una cifra y por lo tanto se
propone como misterio y solicita su develación. Butor retoma la enriquecida
tradición pitagórica —el mundo como signo- que André Breton habla solicitado
para sí en Nadja: “Tal vez la vida sirva ser descifrada como un
criptograma”. Lo que implica algo mucho más profundo y coherente: totalizar una
visión cuasi profética de la literatura: la escritura como trabajo virtualmente
cifrado, la novela como búsqueda, la literatura como posible vía de
conocimiento. Sin embargo, y a pesar de las ambivalencias que aparecen en la
novelística de Butor como producto de una carga de significaciones y
tradiciones y renovadoras —que, por otra parte, están rigurosamente
estructuradas en el plano estético, lo que equivale a reducir la ambivalencia a
un contenido positivo— había sido Virginia Woolf quien había sostenido este
carácter de revelación de la vida como poder último del acto de escribir: un
manifiesto acto de fe en las posibilidades del lenguaje.
Una
nueva concepción del realismo presupone una percepción y explicitación de lo
“real”. Las novelas de Butor son ortodoxamente realistas sólo en un primer
contacto con ellas, pues la descripción minuciosa y literal de lo que pasa
durante una noche en una casa del Pasaje Milán 15, o en seis meses en Bleston
(El Empleo del tiempo), o en el transcurso de un viaje entre París y
Roma (La Modificación), o en una clase de historia de escuela secundaria
el 12 de octubre de 1954 entre las 15 y las 16 (Grados), termina por
estallar en esta tentativa de aprender la realidad. La “realidad” pierde, al
fin de cuentas, la coherencia aparente que manifiesta a una mirada inocente.
Entre las fisuras que la atención en lo real se revela un universo
complementario de esta primera realidad —que no es tal— que Butor ha llamado endurecida.
De ahí el poder último que confiere al libro como instrumento de revelación, es
decir, hacer surgir lo que está debajo —sentido verdadero— por sobre lo que
está arriba —sentido aparente. El realismo tradicional, por menos sistemático
que sea, denuncia lo incompleto de nuestra visión, su pura superficie, declara
Butor. Esto es poner en tela de juicio nuestras propias representaciones,
señalarnos que son inadecuadas para darnos una idea de lo real en su totalidad
y complejidad verdaderas. Pero ¿qué es lo “real” para Butor? Lo real es el
propio cuestionamiento de la realidad, la adquisición del conocimiento de lo
real. Lo real se revela a nosotros en el esfuerzo que hacemos por conocerlo,
por incorporarlo a nuestra visión. El conocimiento de lo real es variable en sí
mismo, sin que esto signifique una adhesión a un bastardo escepticismo, sino
más bien a una confrontación del proceso del conocimiento dentro del propio
campo exploratorio del sujeto, como lo sostiene la fenomenología.
Lo
real es variable y por lo tanto extensible. Por lo mismo toda obra se
cuestiona a sí misma y exige ser sobrepasada en el momento mismo en que ella
tiende a afirmarse como una explicación posible. La disimetría que la
roe —y aquí el término no se refiere a “la estructura formal” puesto que las
novelas de Butor están rigurosamente y sabiamente armadas simétricamente— le da
su movimiento y su oportunidad de futuro. Una obra es su propio cuestionamiento
como obra, es su propia realidad —una realidad representativa del mundo— y su
propia problemática sobre esa realidad. Por eso ninguna de las obras de Butor
concluye en su significación más profunda.
No
se trata aquí de esa condición de fragmentariedad —también significativa— que
encontramos en Kafka, en Borges. Esta fragmentariedad es "oclusiva"
pues responde a una parcelación interna del universo: un mundo esquizoide y
ambivalente donde los términos se polarizan sin resolución diversa: el Bien y
el Mal, la Justicia y la Culpa; el Miedo y el Coraje. La fragmentariedad de
Butor es "proyectiva": sus novelas permanecen abiertas a una
"continuación" que pretende ser una profundización de lo real y que
constituye la obra siguiente. Esta obra posterior, de carácter taumatúrgico y
salvacionista, puede ser una operación del autor, del lector, o también del
protagonista de la obra primera, así como León Delmont (La Modificación)
es —o será— el autor del libro que propone escribir cuando acabe el libro del
que es protagonista. Butor lo ha dicho: "la función de la literatura es
cambiar nuestra vida, toda literatura que no nos ayude en este sentido está
ineluctablemente condenada". Por lo tanto si las novelas de Butor son una
impugnación a lo "real superficial", son también una crítica al
conocimiento ordinario, no tienden a un ingenuo y objetivo conocimiento y
descripción de la realidad sino que pretenden ser un estudio crítico del
conocimiento de lo real.
Las
novelas de Butor, y todos sus elementos constituyentes, aparecen como una
realidad aparente que encubre una o varias realidades más profundas. Se mueven
en un constante juego de significaciones que exigen también nuevas y constantes
interpretaciones, como ciertas obras medievales o las obras de alquimia. Pero
aquí, las significaciones no tienen orden sucesivo ni superpuesto sino que se
imbrican en una estructura móvil y cambiante que perturba conscientemente al
lector. Nunca es posible leerlas totalmente dentro de uno de sus sentidos pues
el autor se encarga de fracturarlas oportunamente para hacer aflorar nuevos
contextos, nuevas posibilidades. Pongamos un ejemplo, la muerte, sufrida u
otorgada, un tema casi permanente en Butor, aparece como el elemento necesario
de la novela policial (El Empleo del tiempo), psicológicamente es el
reemplazo del padre o sustitución del padre por el hermano (La Modificación),
mitológico —es una mutación de lo sagrado con cargas explícitas (Teseo y Edipo
son los dobles de Jacques Revel). Concluimos en un plano último de significado
que el hombre debe matar sin cesar al viejo (al Padre) que nace día a día en él
para permanecer vivo, así como el libro, para permanecer abierto, está
condenado a no concluir nunca.
Las
novelas de Butor, como lo pretende el rigor clásico, producen un doble efecto
de catarsis —por lo menos así ocurre con La Modificación y con Grados—
en el personaje y en el lector: son al mismo tiempo, ejemplos de conductas
falsas y tentativas para librarnos de la mala conciencia. Si inician una
búsqueda —le roman de enquête— son también la exploración de un mundo nuevo
—exterior o interior— y prefiguran un rito de iniciación (Butor, como Kafka, ha
descubierto su propia América: Mobile). Esta búsqueda y exploración se
traduce en la transposición del sentido del viaje, lo que ha permitido a los
críticos relacionar la obra de Butor con la de James Joyce. Estos viajes —que
son un desplazamiento subjetivo y objetivo al mismo tiempo como en las obras de
Antonioni— cobran todo el sentido de una peregrinación. León Delmont, nuevo
peregrino angustiado hacia la Ciudad Santa, busca la figura del Padre, la
ciudad eterna. Esta peregrinación aúna claramente las connotaciones de la
novela entendida como búsqueda —como conocimiento— y de la novela entendida
como iniciación a las nuevas formas de la realidad, y al mismo tiempo,
concentra semánticamente el sentido del viaje interior y del viaje a las
realidades externas. En la búsqueda de una figura reveladora de lo real, el
centro mágico de lo real (el aleph o la escritura secreta del Dios de Borges o
la rayuela de Cortázar) que es el viaje hacia el centro —el castillo interior—
de sí mismo y del mundo. La gran tradición de la novela “peregrinatio” y de la
novela de iniciación hunde sus raíces en el esoterismo medieval y en los ritos
de iniciación primitivos. Los trabajos de Hércules eran de alguna manera una
revelación iniciática del hombre y al mismo tiempo la entrada al mundo por el
esfuerzo y la conquista que las novelas de caballería llenaban de un contenido
religioso y experimental. La novelística moderna ha reivindicado el proceso
como la postulación del esfuerzo del hombre por conocer y tener acceso a las
fuentes del conocimiento: una entrada al mundo, y su contrapartida, una
adquisición de la madurez física y psicológica. En distintos planos —y la
presencia del adolescente y de los ritos colegiados de iniciación sexual sobre
la base de los ritos iniciáticos primitivos lo prueba—Vargas Llosa en La
Ciudad y Los Perros, Robert Musil en Torless, Scott Fitzgerald en Más
acá del paraíso, James P. Purdy en Malcolm, retoman esta tradición.
Pero es Butor quien ha colocado la revelación iniciática en el centro más
moderno de sus novelas cargando todo de nuevos sentidos. Es evidente, en La
Modificación, en Grados, que el viaje o los desplazamientos deben
ser entendidos como el acceso a una nueva vida a la que se ingresa por una
modificación. Serge Huttin define la iniciación con estas palabras que parecen
resumir sustancialmente los contenidos narrativos de Butor: "es un proceso
destinado a realizar psicológicamente en el individuo el pasaje de un estado,
considerado inferior, a un estado superior, la transformación de un profano en
iniciado; por una serie de actos simbólicos, de pruebas físicas y morales, se
trata de dar al individuo la sensación de que muere para renacer a una vida
nueva". Es esto lo que ocurre precisamente en las novelas de Butor que no
sólo muestran el avance revelador de sus protagonistas, sino que tienen por
objeto transformar al lector, sacarlo de la noche que habita, procurarle una
particular odisea que termina al alba con el nacimiento de un hombre nuevo.
Pero aclaremos, estas comparaciones podrían hacernos caer en error: la verdad
a que se accede en las novelas de Butor es siempre de naturaleza humana, nunca
trascendente. Es un sueño iniciático si se quiere, pero dentro de un mundo
estrictamente laico. Si hay búsqueda del Centro del Mundo —Axis Mundi— este
centro está en el mundo mismo. Para Butor, como para Breton, el más allá
está contenido en esta vida. Si sus novelas recuerdan la forma de las obras
iniciáticas, no poseen, sin embargo, sus contenidos. Contrariamente a la novela
de iniciación que liga el despertar del mundo, las novelas de Butor acceden a
una reorganización de la realidad. En Grados, en La Modificación,
se relata esencialmente el pasaje de la adolescencia a la edad adulta, de un
confuso sentimiento de la irrealidad a un estado resolutivo y operatorio que
aparece como salvador —escribir un libro— a través de los ritos de iniciación
que aparecen en formas de comidas de aniversarios, o de viajes reveladores. Grados
son los grados de la escuela a la que concurre el protagonista pero también la
graduación en la vida, los peldaños de la iniciación. Pero estas constantes
referencias a los mitos clásicos y a las formas del camino iniciático no son
empleadas para alejarnos de lo real sino, en todo caso, para volverlo
inteligible, para despojarlo de su cáscara "endurecida" que nos
permitirá penetrar en la realidad profunda que lo sostiene y alimenta: es la
trama de lo real lo que interesa a Butor revelarnos en un esfuerzo conjunto de
autor, protagonista y lector. Butor ha dicho: "Como una descripción del
mundo que no tuviese en cuenta el hecho de que soñamos no sería más que un
sueño, un realismo que olvidara los oscuros deseos del hombre y sus profundas
nostalgias, estaría condenado por su misma superficialidad". En verdad la
declaración no es en sí misma ni me parece a mí lo bastante, pero interesa
destacar ahora su carácter ampliatorio que corresponde a esa intención de Butor
de abarcar nuevos grados de la realidad.
La
pronunciada inclinación de Michel Butor por la mitología, la alquimia y la
emblemática tiene una importancia capital en su obra, pero no hay que equivocar
su sentido. Grados o Mobile tienen, como el Golpe de Dados
de Mallarmé, una forma, un peso, una descripción fija pero una pluralidad de
significaciones. Su interés por el lenguaje de la alquimia, por el simbolismo
que le propone la emblemática, por el ocultismo, no tiene nada que ver con la
participación: el esoterismo interviene como un elemento de la teoría del
"realismo generalizado" que propone el autor: el mundo es visible y
oculto. La emblemática le proponía una ambivalencia de significados, la
alquimia un lenguaje polisemántico que se adecuaba a su interés por la
multiplicación de sentidos que otorga a la realidad.
Esta
pluralidad de sentidos es lo que, al mismo tiempo, inquieta y seduce al lector:
lo perturba y lo atrae. El desplazamiento del sentido de los signos visibles
—que conecta la obra de Butor con toda la experiencia estética contemporánea—
no enturbia sino que revela el sentido oculto, ausente, digamos, por oposición:
lo presente actualiza la ausencia por un proceso de evocación que atrapa al
lector obligándolo a un compromiso total con la obra. Toda novela intentaba, de
una u otra manera, crear una complicidad del autor y el lector que terminaba
por caer en una confabulación en contra de personajes; o, aceptaba la
convención ficticia de la "realidad personal" del protagonista. Butor
produce una revolución radical. Inventa en La Modificación un personaje
en doble plano —y sin desdoblamiento— que le permite estabilizar una natural
distancia entre el personaje y el lector, sin caer en el autor-Dios, y,
paralelamente, procurar una unidad absoluta entre el lector y el personaje,
pero al mismo tiempo separarlos. La Modificación es un reto al lector,
más evidente aún por el uso del presente del indicativo. En ella todo se pasa
como si el ejemplo comunicado de Ud. fuese una efectiva iniciativa a tomar
conciencia de parte del lector —como correlativamente lo hace el personaje en la
novela— y lo obliga a entrar en acción de tal manera que la historia de ese
pequeño burgués pacífico que es León Delmont y la resolución de su mezquino
problema de adulterio, que poco a poco ha ido transformándose por un sutil
desplazamiento estético, en una meditación de la historia occidental, se
vuelve, al mismo tiempo, un equivalente de la propia historia del lector,
proyectándolo en una poderosa mitología literaria donde la mediocridad de su
propia existencia alcanza a revestir la alta apariencia de un destino.