J.B.R. - Carlos Surghi

 

Miércoles.


Todo el día esperé el cielo de la tarde. Al traer a mi hijo de la escuela me encontré con él. Entretanto, el celeste-azul de la mañana se fue transformando hasta llegar a este celeste-deslucido, manchado de luz blanca. Anémico, temeroso de irse ante el hundimiento del sol que lo despide, se desentiende para que la noche lo invada todo. Así también declina el ánimo. Mientras manejo rumbo a mi clase en la universidad, pienso ¿qué podemos hacer con el dolor? ¿Una manualidad de palabras? ¿Olvidarlo? ¿Transformarlo en un tratado? Todo tiende a objetivarse, a necesitar el reconocimiento en la exterioridad más desnuda. La página y el cielo son el lugar para mis vacilaciones en días como hoy. Hay entonces una prosa de nubes que oculta y da paso a la luz transformada. Al llegar caminé hacia el pabellón Residencial, solo para evitar entrar a clases y delatar mi ansiedad de ser escuchado por desconocidos a los que les contaría la vida y obra de otro desconocido. En la lomita, que deja ver los edificios de la ciudad, hay chicos sentados en el pasto, bañados por la luz, que ignoran el futuro que les espera. Su desenfado y su desalineo me conmueven. Sé que es ensayado, pero yo lo leo como natural. En ellos el genio kantiano escribe con errores de ortografía. Al igual que las volutas del humo que asciende cuando fuman, a cada risa que les oigo se desentienden más y más de todo. Sus cuerpos se parecen a ese humo de algo que se quema, sus sombras, a un doble que se consume mientras se deforma por reflejos que lo rodean. Miro hacia el oeste, el sol se hunde por detrás de los árboles, en ese punto en el que casi se toca con la cresta oscura de las sierras. El desánimo me gana, pero también me deja expectante. ¿Habrá mañana para el dolor de hoy? El otoño a esta hora es cruel para la verdad del corazón. La risa de los chicos en la lomita, como un rumor que yo transformo en música, me consuela. Fui como ellos. Guardo una juventud solitaria que paseo del colegio de mi hijo al trabajo, de la pereza de la mañana al soliloquio de la tarde con espectadores mudos. Y así por días y días que hacen a las semanas, al corredor de todos mis espejos, esa pasarela de la vanidad donde me subo y camino. ¿Y el dolor? ¿Por qué no se hunde como el sol gordo y naranja de mayo? Pienso en Las sombras errantes de François Couperin. Ese momento de su ejecución se parece a éste en que los difuntos se vuelven compañía. Hace una semana, murió Juan Ritvo.