“Elasticidad irónica, manipulación del recuerdo”. Notas en torno a La repetición de Kierkegaard - Valentín Brito

 

La repetición[1], a medio camino entre la novela filosófica, el examen psicológico, la digresión sterniana y la broma de salón, resulta un texto coral y engañoso. Constantin Constantius, otra de las máscaras de Kierkegaard, emprende su “experimento” a partir de una pregunta básica: ¿Es posible, en esta vida, la repetición? Constantius asigna cierto carácter de verdad a la repetición, al menos, entendida en contraposición a su opuesto: el recuerdo. Ambos implican movimiento, pero mientras el recuerdo va hacia atrás, la repetición se mueve hacia adelante; el recuerdo es más bien fuga hacia lo perdido, la repetición es retroactiva, presente. El recuerdo hace a la desdicha de los hombres, refleja algo que ya no existe; la repetición trae la felicidad, implica que algo ha vuelto a ser.

Para corroborar sus teorías, Constantius emprende (repite) un viaje a Berlín. Comenta que hace algunos meses viajó a la capital alemana, tomó un café en un bar, asistió al teatro y advirtió, entre las butacas del frente, la figura esbelta y delicada de una dama. En el nuevo viaje, Constantius visita los mismos y exactos lugares. Absoluto desengaño: ni el café ni el teatro ni la obra ni la dama ―no queda, del todo claro, si se trata de la misma― producen efectos disímiles y decepcionantes comparados a los de su memoria. Concluye Constantius: la repetición es imposible.

Al regresar, derrotado, a su patria, el narrador conoce al “joven poeta” que, más excusa que personaje, materializa algunos presupuestos románticos: recientemente enamorado, este jovencito sufre de exabruptos pasionales, arrebatos melancólicos y cita versos (mal y de memoria) para consolarse. La concomitancia del poeta con el narrador deriva en un análisis psicológico del muchacho. Él, espíritu melancólico, romántico ―es Constantius quien emplea estos adjetivos como sinónimos― es incapaz de disfrutar del amor naciente porque supone a la amada como ya perdida. Los encuentros fugaces con la mujer dejan triste e insatisfecho al joven; para contrarrestar los efectos, busca consuelo en los recuerdos que de ella selecciona. Dada la pérdida por sentada, sin proyecciones a futuro, el muchacho melancólico se hunde en el pasado presentido de una relación que no termina de acabarse. He allí el “error irremediable” que Contantius advierte. El joven podría aprovechar ese “erotismo de base”, producto del recuerdo, para proyectarse hacia el futuro ―ser un poeta publicado, casarse con la amada―, “pero, por otra parte (cito a Constantius) también es necesario una cierta elasticidad irónica para manipular debidamente el recuerdo. Y esta elasticidad irónica es la que le faltaba por completo al muchacho, justamente porque era de un talante demasiado blando”. Casi sin importancia, como al pasar, Constantius arroja esta idea sin explicarla y prosigue en el examen del joven melancólico. “Elasticidad irónica” no vuelve a nombrarse en el resto de la primera parte ni en la totalidad de la segunda.

 

***

 

¿Por qué el heterónimo no menciona, en algún otro pasaje, esta elasticidad si correspondería, digamos, una solución, al menos parcial, para los tormentos del muchacho? Imposible saberlo. El filósofo danés suele lanzar, en mitad de sus indagaciones, conceptos y fórmulas cruciales para su filosofía, sin terminar de esclarecerlas. Para colmo, dichos conceptos remiten siempre a sus otros libros. En, por ejemplo, La repetición, Constantius alude al “autor” de Diapsálmata y a las nociones que Vigilus Haufniensis, heterónimo de El concepto de la angustia, desarrolla en dicho libro. No es momento de dilucidar los pasillos secretos que conectan el conjunto (en apariencia) caótico rotulado bajo el nombre Kierkegaard. Creo, sin embargo, que la “elasticidad irónica” merece más atención que un mero pasaje en un libro intrincado. Será parcial la reconstrucción del término en relación al estricto pensamiento kierkergaardiano; de allí que esta indagación suponga un horizonte más poético que filosófico. 

Alcanzado este punto, no puedo desconocer la filiación del término con el romanticismo alemán. Kierkegaard, alumno de Schelling, conocedor (y despreciador) de la filosofía de Hegel, entró, en sus años de estudiante, en contacto con los remanentes del primer romanticismo alemán. En el abigarrado pensamiento de la Frühromantik, la Ironie es la cualidad genial que poseen algunas obras para volverse conscientes de sí mismas. El ejemplo más conocido: Don Quijote leyendo El Quijote. La ironía romántica implicaría una manipulación del material escrito, siempre ligado a la toma de consciencia de dicho material.

El problema del joven es no poder “manipular debidamente el recuerdo”. Lo anterior supone un pleonasmo: recordar es siempre manipular, inevitable contaminación del presente en la materia límpida, en apariencia, del pasado. Si el joven pudiera acercarse al recuerdo con ironía, sin sucumbir al peso de la melancolía, los recuerdos (los efectos creados por el recuerdo) podrían ser provechosos no solo en su vivir, sino también en la creación poética o algún otro hacer en el mundo. Pero el joven yace muerto ante la imposibilidad, por un lado, de la repetición y, por otro, agobiado ante la profusión de recuerdos. Kierkegaard, que mucha estima no posee hacia los poetas románticos ―es decir, hacia los poetas de su tiempo― avizora un mecanismo que, al parecer, los poetas desconocen en beneficio de su desdicha. Lo vivido es la materia prima del poeta; acercarse a ella implica caminar por una ladera delgada y empinada: fácil resulta tropezarse y caer en el abismo. La elasticidad otorga al recuerdo la capacidad de deformarse sin quebrantarse bajo la fuerza del acto memorativo; la ironía vuelve ese mismo acto consciente: consciencia de no estar ante lo ocurrido, sino ante un simulacro, sutil o grosero, del hecho pasado. Dicha lucidez, a veces, los poetas suelen olvidarla, debido, quizás, a las excesivas reverencias ante sus propias vicisitudes. Como diría un primo-hermano alemán de Kierkegaard: “Los poetas no poseen el pudor ante sus vivencias; las explotan”.

Casi sin querer, Constantius arroja una serie de migajas filosóficas, tomadas aquí como sólido mecanismo en cuanto a la creación poética refiere. Luego del pasaje arriba mencionado, el heterónimo señala: “En el alborear de la pasión amorosa luchan entre sí el presente y el futuro con el fin de alcanzar una expresión eternizadora”. La “pasión amorosa” no puede ni debe confundirse solo con el amor romántico. Constantius refiere, más bien, a todo aquello que genera emoción en el poeta, materia prima del poema. El recuerdo, como herramienta primordial, se nos antoja, en consecuencia, menos arbitraria que evidente. Kierkegaard, a fin de cuentas, adelanta lo que, noventa años más tarde (solo por tomar un ejemplo famosillo), García Lorca señalará en su conferencia Juego y teoría del duende: “No escribo con la emoción, sino con el recuerdo de la emoción”. La sobriedad ante el poema ―dicho sea de paso― parece haber sido señalada antes por un filósofo que por un poeta. Expresión eternizadora, por otro lado, no es más que un envoltorio romántico ―envoltorio que se burla de sus listones― para la palabra poema. Es allí, en el verso, mediante la conjunción de elementos acordes y disonantes, donde pasado y presente confluyen. Allí logra perdurar el fulgor del pasado. Leemos un poema: el pasado se presenta, al instante, se escapa y, no obstante, persiste, como sutil y escurridiza presencia.

 

***

 

    En la segunda parte de La repetición, a través de meditaciones religiosas que el joven realiza en cartas dirigidas a Constantius, se concluye que la repetición, de ser posible, lo es solo en el plano divino. El recuerdo es finito, desdichado y acontece ceñido al tiempo y al espacio, terreno exclusivo del hombre; la repetición es absoluta y eterna, características todas de la divinidad. Constantius acaba por condenar, no al joven, sino a su faceta de “poeta romántico”, lo que implica atender solo a expresiones sentimentales o, peor aún, solo a hechos en relación con sus expresiones sentimentales. En cambio, el hombre religioso, lejos de arrebatarse por los infantiles garabatos de la realidad, reconoce que hay algo más allá de sus exclusivas circunstancias. Eso lo hace, de algún modo, feliz (el arquetipo de hombre religioso, hallado por el joven, aseverado por Constantius, es Job).

    Mi negativa, al menos parcial, ante la conclusión de Constantius, parte de la misma noción de repetición que el texto defiende. La palabra, que tanta eminencia filosófica Kierkegaard le asigna, gjentagelse, significa repetición, sí, pero también retomar, recuperar. Podemos emparentar el verbo danés al latino re-petere, “volver a dirigirse a”, “volver a buscar” y al germano wiederholen, “volver a traer”. Repetición implica la posibilidad de tomar lo perdido para que vuelva a ser. Si existe, acaso, un artefacto que concilie dicha recuperación con el plano estrictamente humano, es el poema. Solo el auténtico poema da cuenta de una experiencia anterior, primigenia, de cara siempre al presente; el poema vuelve a traer, retoma, los trozos extraviados del pasado. Bajo esa óptica, no se trataría de un mero conjunto de líneas colocadas una bajo la otra o un fascinante vacío de la interpretación; es experiencia, más bien. Leer implica hundir los pies en ese pasado particular; el poeta es quien deja la puerta abierta hacia ese pasado. Silvio Mattoni, en el ensayo Repetición y ambivalencia, señala: “entendamos bien, no se trata de repetir recuerdos, sino de repetir (estar en) una experiencia ya como recuerdo en su presencia inmediata”. Mattoni acierta con el término experiencia, sin embargo, sus redes todavía permanecen en las aguas turbulentas del recuerdo; no da el paso hacia el terreno poético. Si el recuerdo, entonces, es siempre finito, parcial y fugaz, y si la repetición es eterna, total y autónoma, sería el poema el lugar privilegiado para que el recuerdo, tamizado, manipulado y dispuesto, pueda alcanzar el estatus de experiencia concreta. Poema, presencia absoluta, conjunción perpetua, casi una repetición.

En ese casi yace el quid del asunto.

El poema puede suponer una repetición para el poeta, una repetición más o menos fiel a su pasado, si ha asistido a su labor con entrega, delicadeza y respeto. No tanto por sus particulares emociones, sino por eso que, entre el recuerdo, la ironía elástica y sus fantasmas, se vislumbra. Ahora bien, si las palabras dichas siempre pierden su significado, las palabras escritas también, pero son susceptibles de hallar otros. En el poema ocurre algo más o menos disímil. La experiencia (de otro modo intransferible) podrá recobrase según la disposición del poeta con su pasado sumado al pudor exacto para manipularlo.

 

***

 

Existen diversas y variadas poéticas tanto como poetas; aspiraciones diversas las movilizan. Un poema, sin embargo, que sea susceptible de así llamarse, aspirará, al menos, a conjugar el presente con sus pérdidas. Se buscará recuperar, en tales esbozos, una experiencia particular del común olvido. Solo el tiempo, y los lectores aparecidos en ese tiempo, darán cuenta (o no) de la efectividad de dicha recuperación; si el poema puede considerarse repetición o recuerdo mal disfrazado.

 

***

 

Quizás el alejamiento del punto de partida revele más de una intención. En cualquier caso, creo haber encarado de frente las manías y digresiones de Kierkegaard, al menos, tal y como Constantin Constantius las deja entrever en La repetición. En estos casos, ocurre que uno puede sufrir esa “rendición ante el poder de su terminología” ―como señala Kafka en una carta a propósito de Kierkegaard― si uno no trae, o vuelve a traer, un poco de agua hacia el propio molino.




 



[1] No pretendo, aquí, dar cuenta de algún aspecto de la filosofía kierkergaardiana; mucho menos, hablar exhaustivamente del libro así llamado La repetición. Haciendo uso de una metáfora que no me pertenece, diré que cada libro del autor, signado bajo un heterónimo diferente, es una isla en ese mar inmenso llamado Søren Kierkegaard. Difícilmente podría yo dilucidar los pasajes secretos que conectan, por ejemplo, dos islas entre sí. Qué queda para las demás. En mi caso, he naufragado en una; apenas pude explorar esta pequeña región debido a su vasta y profusa vegetación. Se me disculpará, entonces, la brusquedad con la que tomaré algunos pasajes del autor, sin embargo, no por ello, seré menos incisivo.