Echesortu - Rafael Arce

 

Desde que paso a buscar en bici a G. para ir hasta el río, he comenzado a conocer mejor el barrio rosarino de Echesortu. Había oído hablar de él y lo ubicaba con vaguedad. Curiosamente, un compañero kayakista fue uno de los primeros en hablarme del barrio con cierto orgullo de pertenencia. Después, fui escuchando, aquí y allá, elogios, cualidades y hasta rechazos. Es lo que se conoce como un “barrio tradicional”. Antes, yo iba en bicicleta a remar por el camino de la costa. Desde que cambié el trayecto, agarro derecho Rioja hasta Avellaneda desde mi departamento hiper-céntrico. Como casi todas las calles de mi zona, son inhóspitas para los ciclistas. Pocas ciudades he conocido en mi vida donde se conduzca tan mal. Los peatones tampoco se quedan atrás, ni qué hablar de los mismos ciclistas (pero ellos no pueden matar a nadie, solo matarse, así que pienso en cierta vocación suicida). Entre otras cosas absurdas, hay ciclovías que desaparecen y después vuelven a aparecer más adelante. Es como si el rosarino al volante quisiera ser más porteño que el habitante de Buenos Aires: apuro, malhumor, tentativa de homicidio. Lo peor es que es un mito: en la capital de Argentina se conduce mucho mejor que en el llamado Interior. En Santa Fe (la ciudad) se conduce mal, pero en Rosario es directamente pésimo.

Lo que descubrí fue que Rioja cambia después de Avenida Francia (es decir, cuando empieza Echesortu). La estrecha calle céntrica se convierte en una amplia calzada de barrio con árboles a los costados, con casas bajas y edificios de pocos pisos. Incluso hay unos trecientos metros de empedrado (como el del Bajo) que dan la vuelta al Club Plaza Jewell (la calle se corta, se toma otra con otro nombre, y después se retoma: se le podría haber dejado el mismo nombre, ya que es en esencia la misma, adaptándose en su desvío al rectángulo del club). En rigor, es Echesortu por muy poco, ya que Rioja está a una cuadra de Córdoba: hacia el norte, empieza (a esa altura, que es en las cercanías de la terminal de ómnibus) Agote. Más chico y con menos mística. O eso me invento. Porque Agote puede jactarse de tener El Rosarino, un antiguo bar en el cruce Alberdi (y jactarse de tener el mismo Cruce). Tres años tardé en conocerlo, tuvo que llevarme G. este verano. Tengo demasiados amigos en el centro y empiezo a añorar la vida de barrio que tenía en Santa Fe. El cruce Alberdi se produce en un paso a nivel de vías. El entramado ferroviario da fisonomía tanto a Agote como a Echesortu. Cerca del cruce está el Viaducto, que eleva la avenida Avellaneda sobre el ancho entramado de las vías. Con G. en bici hice las dos cosas: subir al Viaducto viniendo desde el río y andar por las calles debajo del Viaducto viniendo del cruce. Solo, nunca me hubiera animado (ni siquiera se me hubiera ocurrido).

Cuando viajaba a Rosario para el doctorado, entre 2007 y 2012, la zona de la terminal no era muy hospitalaria. En estos años, mejoró mucho, al parecer por el Patio de la Madera, que está enfrente, con sus locales de comidas y espacios verdes. Entonces, creo, no había escuchado nunca hablar de Echesortu (y si escuché lo olvidé). A fines del siglo XIX, el barrio, cuya distancia del centro era mayor por la falta de transporte, adquirió su coloratura particular, con un centro comercial en calle Mendoza que todavía está en vigencia (aunque nunca lo vi). Combina, entonces, las ventajas de una vida barrial y las facilidades de las del centro (negocios, bancos, restaurantes).

Aunque estaba solo, hace un par de fines de semana salí a remar y volví, en vez de por el río, por Avellaneda, solo para tener la experiencia de subir y bajar el Viaducto, que es de lo más recomendable para un ciclista (mucho menos peligroso que andar a baja velocidad por el centro). Viajando algún domingo a Santa Fe (tomo exámenes los lunes) noto que el barrio tiene una vida y un movimiento continuo y sosegado. Examinando el mapa, veo que Echesortu limita al oeste con las vías del tren: es el único de sus tres límites que no coincide con la recta de una calle. Del otro lado, Azcuénaga nombra ya algo así como el comienzo del oeste.  

Sin pasado colonial, Rosario es una ciudad sin “casco histórico”. El Monumento a la Bandera, muy cerca de donde vivo, es una especie de centro desplazado, un punto de referencia político, cultural y turístico. Por ese motivo, tal vez, abundan los monopolios comerciales y le ponen “rey” a los negocios (Rey del Sofá, Rey del Calzado, Rey de Repuesto, etcétera) o “palacio” (Palacio de la Oportunidad, Palacio Flavia y los palacios postas, edificios emblemáticos, como el Minetti o el Fuentes); incluso ese bar para turistas, El Cairo (prefiero el cine homónimo, porque el café ya se ha vuelto un lugar para turistas), parece evocar esa magnificencia regia. Los restos antiguos se muestran en fragmentos discontinuos, como ruinas; hay un dibujo que trazan las antiguas vías férreas (algunas de las cuales tienen vigencia, mientras otras no) desde la costanera, bien al este, hasta el revés de Echesortu. Por mi parte, entre Tablada, donde juego al fútbol (donde volveré a jugar al fútbol después de un año de convalecencia), y Alberdi, donde tengo mi kayak, es lo más que he podido estirarme hacia el sur y hacia el noroeste (pedaleo 9 kilómetros hasta la guardería). Mejor dicho, por vía fluvial es lo más lejos que he llegado hacia ese lado, saliendo incluso fuera de Rosario, frente a Granadero Baigorria. Echesortu se me aparece ahora, en mi imaginación, como el centro secreto de la ciudad.  

Otro desatino: “Rioja” le pusieron a la calle. En Santa Fe capital se llama, como corresponde, “La Rioja”.


 Otoño

 

Una noche lo trajo con puntualidad, con una lluvia abundante, un cambio de temperatura y una metamorfosis del aire. El verano fue nihilismo llano, no solo porque estuve leyendo a Nick Land (su estupendo libro sobre Bataille), sino porque hacía décadas que no me entregaba a la vida puramente biológica y deportiva. Cada enero en la ciudad, las obligaciones, o las circunstancias, me interrumpían el postergado proyecto de limitarme a andar en bici, jugar al fútbol, remar en kayak y comer asados: aire, tierra, agua y fuego. Tuve que postergar el deporte más popular del país, pero me dediqué al resto y a leer libros que no tuvieran nada que ver con mi trabajo.

Desde que volví mis clases a los miércoles en Santa Fe, se me ocurrió hacer un trasbordo los martes en Paraná, donde visito a S. En rigor, hice un solo viaje, porque los paros retrasaron el cursado y porque cedí mi clase a la titular para que inaugurara la asignatura. Le pedí al Uber que fuera derecho por Rioja y me bajé en el cruce de Cafferata. Hice el trasbordo en la terminal de Santa Fe. Aunque fui todo el viaje leyendo Las primas de Aurora Venturini, se me hizo largo. Me bajé en la Plaza de los Bomberos (se llama Alberdi, pero la llaman de la otra forma porque hay un monumento al Bombero) y, como me pasa últimamente que voy a esa ciudad, me trajo arcaicos recuerdos de mis primeros años en la carrera de grado. Curiosamente, el colectivo te deja en La Rioja y Urquiza. Si uno sube por Urquiza, llega caminando hasta la escuela Normal, donde funciona, o funcionaba, la Facultad de Humanidades y Artes de la UADER. Ahí di clases hace como quince años, afortunadamente durante poco tiempo. Eran de teoría literaria. Cuando empecé a trabajar en la UNL al año siguiente, renuncié. Los recuerdos arcaicos se me mezclan con los de 2010-2011, pero esa esquina, y la caminata por Urquiza, son de las dos épocas (la heladería en frente de la plaza es la misma hace 25 años).

Tengo una anécdota curiosa de la UADER. Yo había dado clases en escuelas secundarias, pero nunca en la universidad. Entonces, el cambio de orientación de mis estudios doctorales (hubo un primer proyecto para estudiar crítica literaria que después cambié cuando me di cuenta de que quería escribir sobre literatura), ya me había alejado un poco de la pulsión teórica (con el tiempo, eso se acentuó). No debo haber tenido un buen desempeño porque, años después, un grupo de estudios pedagógicos de esa facultad hizo investigaciones sobre la enseñanza de la literatura y utilizaron mis clases para mostrar cómo no debía hacerse. Fui un conejillo de indias y ni siquiera me pidieron permiso. Esto podría haberme resultado indignante, pero lo cierto es que me causó risa. Basta con revisar el programa de Literatura Argentina II que propone hoy esa carrera en la que trabajé a disgusto y con pocas ganas (tal vez estuvo bien que me tomaran de objeto de estudio): a pesar de que se dicta en Paraná, no aparece Juan Ele; por más que abarca el siglo XX y el XXI, no figuran ni Saer ni Aira. Juan José Manauta está en tres unidades distintas. No hay mucho más qué decir. Si lo otro me causó gracia, esto directamente es para matarse de risa.

Bajé en la plaza y fui a buscar a S. a la puerta del cine. Miraba la cartelera. Estaba molido, ni se me pasaba por la cabeza hacer un plan. Como en el invierno pasado, S. también había pensado armar un contenido sobre mi próximo libro por salir. Dimos una vuelta, estuvimos en la librería Vaporesso y volviendo me saqué una foto con el cine, pero no vimos ninguna película. Teníamos mucho para conversar y las horas eran pocas teniendo en cuenta su habitual verborragia.

Me parece que es un TOC: si no hago algo que “amortigüe” el viaje, tengo la sensación de que es demasiado trayecto para dar solo dos horas de clase. Además, me resulta cansador ir y venir en el mismo día, pero este trasbordo tampoco me produjo alivio, porque el extra hasta Paraná me sumó lo que me quitó de fatiga (aunque es cierto que vengo estresado y durmiendo mal tres de cada siete noches en la semana). Después de devorar la novela, leo el prólogo de Mariana Enriquez. Aurora Venturini decía que no tenía mucha relación con su familia, pero que siempre escribió sobre eso, sobre la suya y sobre las familias en general. Curiosamente, a mí me pasa lo mismo. En la novela, dice que tal vez no solo la suya, sino todas las familias sean monstruosas, pero las que no lo parecen lo disimulan. La foto de la solapa es un acierto, supongo que tiene los 85 años con los que ganó el Premio Nueva Novela. Se condice con su personalidad: una vieja chota y lo digo en el mejor sentido de las palabras. Alguien con la edad y la rabia y la impunidad para hacer arte sublime con la experiencia inmunda de este mundo inmundo (más o menos son los términos de la novela). Ojalá no llegue a esa edad, pero si cumplo 85, también me gustaría ser un viejo choto, con cara de malo (uno de esos cascarrabias que pululan en las novelas de Felipe Pelleri). Nada del ancianito venerable, sino el misántropo desgastado por la inmundicia del mundo que mete miedo a los jóvenes.

Me hago un voto para al menos mencionar Las primas durante la clase (son todas alumnas), pero como es sobre Facundo no se me ocurre cómo (o me olvido). Casi pienso que viajé en vano, porque cuando el Fluviales se metía en la Ciudad Universitaria nos pararon en la entrada y nos enteramos de que había paro no docente. Zas, me dije, no me pagan el pasaje. Pero al final había guardia mínima. Parece un chiste (otro más): ¿por qué no nos ponemos de acuerdo para hacer paro todos juntos? En la clase me presento, cosa que nunca hago, porque me parece una obviedad. Sin embargo, el año pasado me desayuné con que los estudiantes pensaban que yo era rosarino. Entonces me presenté, un poco irónicamente, haciendo referencia a los profesores que yo había tenido pero no ellas, en la misma carrera de la que había sido alumno. Caigo en la cuenta de que son casi todos; es el llamado recambio generacional. No sé qué tan bien salió. Mejor que en la UADER, seguro.

Después me voy a tomar un café con M. ¡Otoño, otoño! Como llego temprano, me bajo del 2… ¡En La Rioja! ¡El Tigre de los Llanos! Camino, en dirección norte, con la intención de darle un vistazo previo a La Tasca; entonces caigo en la cuenta de que hace muchísimo que no camino por la peatonal. El año pasado, cuando viajaba los viernes, y hasta me quedaba algunos fines de semana, no andaba por el centro, ni por el sur, que es tan bonito. La blancura de la calzada peatonal, tan diferente del gris de la de Rosario, tiene como una luz en la que el otoño despliega sus amarillos, anaranjados y rojizos destellos. Le cuento a M. que La Tasca era un bar antiguo, renovado cuando los dueños lo vendieron, y tuvo su primera sede una cuadra hacia el norte, en un espacio mucho más pequeño. Yo lo frecuentaba por lo menos desde 1998. Este local es más juvenil, pero conserva su aura bohemia. Cometo el error de pedir un liso, que pagaré con sueño en el colectivo de vuelta. Aún peor: cometo el pecado del localismo. Porque la joven moza me habla de media pinta y después me dice algo de 330 centímetros cúbicos. Le contesto que se están “rosarinizando”, porque es un liso (es decir: un no liso) en Rosario, ¡pero no en Santa Fe! Concedo algo: la vieja Tasca jamás tuvo lisos (y nunca me expliqué por qué; mucho menos, no me explico por qué no lo pregunté). M. pide un jugo de naranja. Es extraño, porque ella tampoco pertenece a la ciudad. La encuentro parecida a mí (el pequeño viaje parece estar hecho de símiles): una nómade que huye del terruño. Desde el año pasado, andar por Santa Fe me produce una vaga inquietud que, por suerte, se va evaporando de a poco. Le confieso a M. que a veces pienso que tal vez me equivoqué y que debería volver (aunque no lo quiera). Ella me dice que no tengo nada que ver con la ciudad y que, cuando me ha visto en Rosario, me ha encontrado perfectamente rosarino. ¿Lo dirá en serio? Creo que sí, porque es refractaria a la ironía o a espetar lo que uno quiere oír. Después, salimos a dar una vuelta, hacia el bulevar. Encuentro en M. una fuerza, una plasticidad, una energía, que temo haber perdido después de los cuarenta. Ella habla dice algo sobre “A esta altura de mi vida…” y me produce una gracia. M. es la vida misma, dilapidadora como la energía solar (maldito Nick Land). Su intuición, por otra parte, sobre todo en lo que hace a mí mismo, me ha resultado sibilina y un poco inquietante. Me gusta escucharla y eso es mucho, porque últimamente escucho la mitad, o menos, de lo que la gente dice a borbotones. Será porque M. no se expresa a borbotones, sino con frases meditadas y precisas, que sin embargo se niegan al énfasis o a la proposición, y prefieren el interrogante y la vacilación. Es que estoy en una época de mi vida en la que parece que por fin debo tener algunas cosas claras, varias certezas o seguridades. Pero no tanto: esa es la trampa. Ella restituye el enigma, lo desconocido, lo irracional, lo onírico. Cuando pensé en volver a mi ciudad, lo hice por lo opuesto: lo racional, lo práctico, lo empírico. ¿Cómo hago para conservar mis sueños? ¿No será hora de abandonarlos?

Creo que lo de a borbotones lo dice Enriquez a propósito de la sintaxis paratáctica y alucinada de Venturini (que no encontramos en los primeros capítulos, dicho sea de paso: ¿cuándo se desquicia?). Borbotones de sangre. Una expresión feliz, que da en el clavo del sabor que deja la novela, entre el ahogo y la babeante fascinación de uno mismo con cara de idiota. Borbotones y sangre es lo que anda faltando, lo que ando buscando (pero no palabras). Cuando terminé Las primas, di vuelta la hoja y me encontré, prácticamente me estrellé, con el índice. Es como si no terminara, como si la escritora hubiera querido interrumpirla. De modo simultáneo, tampoco hay más nada que contar.