Confesión akermaniana - Amatista Fernández
Escribo
este ensayo con el cuerpo. Con el cuerpo tenso de quien ha aprendido a leer los
signos del régimen escópico patriarcal, a desentrañar sus aparatos ideológicos
de estado, a localizar su goce en la mirada estructurada como un lenguaje. Mi
formación, mi militancia, mi ser-en-el-mundo como sujeto feminista, se ha
construido en la trinchera de la deconstrucción. Y en ese campo de batalla,
Chantal Akerman fue declarada, con justicia, una generala. Aquí hago mi primer
acto de reconocimiento, taxativo: su obra cinematográfica, en su núcleo más
radical, constituye una operación de sabotaje contra la máquina significante
del cine dominante. Es un trabajo de desmontaje obsesivo, minucioso, casi
cruel, de las ficciones que sostienen el imaginario burgués y
masculinista. Jeanne Dielman, 23 quai du Commerce, 1080 Bruxelles no es
sólo una película, es un acto político de desautomatización perceptiva. Es la
materialización en tiempo real —un tiempo femenino, doméstico, cíclico, no
fálico— del trabajo de reproducción social que el simbólico patriarcal
necesita pero insiste en relegar a lo invisible, a lo no-contado. Akerman, con
la cámara fija, con la duración que abrasa, con la repetición que revela la
grieta, desnuda el aparato. Nos obliga a mirar, no a través de la
ventana de la identificación voyeurista, sino contra el cristal de su
puesta en escena. Despliega lo real de lo cotidiano femenino hasta que estalla,
literalmente, en el asesinato del cliente. Ese gesto final no es una resolución
narrativa; es el punto de capitón de todo un discurso de opresión, el momento
en que la pulsión, tan cuidadosamente contenida en los rituales de la limpieza
y la patata, irrumpe violentamente en el campo de lo simbólico. Es un progreso
no en la historia de las mujeres, sino contra la Historia, que es la historia
de los hombres. Akerman desarma la narrativa como vehículo de deseo masculino,
rechaza el placer visual canónico que Mulvey diseccionó, y nos sitúa,
incómodas, en el lugar de la testigo, no de la dueña de la mirada.
Su
cine entero es una larga intervención en la ideología de lo visible.
Desmonta los géneros: el road movie en News from Home se convierte en un
desgarro entre la voz-off de la madre (la Ley, el origen) y la ciudad anónima
(el exilio, la posibilidad de un sujeto otro). Desmonta el musical en Les
Années 80 y Golden Eighties, pero no para parodiarlo, sino para
exponer su mecánica deseante, sus coreografías de relaciones mercantilizadas,
sus ritmos que son los del capitalismo tardío. Cada plano es una interrogación,
cada elipsis es una denuncia de lo que se omite. No hay subordinación causal
que dulcifique, que explique, que jerarquice. Hay yuxtaposición, acumulación,
insistencia. Es el cine como trabajo teórico, como tesis fílmica. Y yo, como
feminista, debo celebrarlo. Lo celebro. Es el cine que mi conciencia política
demanda. El cine que interpela al sujeto-alumna del feminismo y le dice: “Mira,
aquí está la arquitectura de tu prisión. Aquí está el ritmo de tu servidumbre”.
Pero
he aquí mi confesión, la grieta en mi propio discurso militante: ese elemento
desmitificador, ese esqueleto conceptual impecable, me aburre. Lo digo con
vergüenza casi, con la ira de quien descubre una traición en su propio gusto.
Me aburre cinematográficamente. Mi devoción por Akerman no nace de ahí, o no
nace sólo de ahí. Mi cuerpo, ante la pantalla, anhelaba algo que esa lectura heroica,
puramente deconstructiva, parecía despreciar como ilusorio, como regresivo. Y
fue en el momento de rendirme, de ceder en mi vigilancia teórica, cuando la
verdad de mi deseo por Akerman se me impuso. Algo que me costó reconocer. Estoy
enamorada de ella. No de la teórica, sino de la artista, de la mujer, de su imagen,
de su pose, de su look. De su melena oscura y rebelde, de sus
ojos enormes y melancólicos, de su presencia física que oscila entre la
fragilidad y una terquedad feroz. De su voz ronca, cargada de un acento que es
un territorio en sí mismo. Mi goce, perversamente, se reengancha en el nivel de
lo sensible, de lo atmosférico, de lo sentimental que su
cine, pese a todo —o quizá gracias a ese “pese a todo”—, irradia.
Es
en Golden Eighties donde esa tensión estalla para mí. La película es una
crítica feroz al amor como mercancía, al deseo manipulado por los coros de una
galería comercial. Su estructura es casi althusseriana: los personajes son
interpelados por la ideología romántica del capitalismo. Y, sin embargo, cuando
la protagonista canta su desamor, cuando la cámara se acerca a su rostro
iluminado por neones cursis, algo en mí cede. La melodía, los colores, la
tristeza que emana de la puesta en escena, me conmueven a pesar de la
letra que denuncia el mecanismo del que ese mismo sentimiento es producto. Es
como esas canciones pop que amamos por su sonido, por su textura, y a las que
perdonamos —o incluso encontramos más profundas— una estrofa problemática. En
Akerman es al revés: el contenido ideológico, la letra conceptual, es lo que
debería seducirme, pero es la melodía sensible lo que me hechiza. Lo que me
cautiva es la luz dorada y artificial de esos años ochenta, la promesa de
conexión en un mundo de vidrio, la coreografía de los cuerpos que, aunque
hablen de soledad, se mueven juntos.
En
News from Home, el dispositivo es claro: las cartas de la madre, voz del
hogar y de la culpa, sobreimpuestas a la imagen impersonal de Nueva York. Es la
dialéctica del exilio. Pero lo que me queda, lo que mi memoria afectiva guarda,
no es la teoría, sino la textura de esa ciudad. El azul grisáceo del
amanecer en un edificio de ladrillos, el movimiento hipnótico del metro
saliendo del túnel, la niebla sobre el Hudson al atardecer. Akerman filma la
ciudad no como un documentalista sociológico, sino como una amante
desilusionada pero aún fascinada. Hay un pathos en esos planos largos,
un anhelo de pertenencia que choca con la voz-off pero que, en la pureza de la
imagen, se afirma. El contenido ideológico —la crítica a los lazos familiares
asfixiantes— es lo que vuelve la película “correcta”, casi marmórea en su
rigor. Pero la forma sensible —esa luz, ese color, esa duración— es lo que la
hace respirar, sangrar, conmovernos.
Es
en Toute une nuit, sin embargo, donde esta dialéctica entre la
estructura desmitificadora y el flujo sensible alcanza su punto de ebullición
más puro, su formulación más paradójica y perfecta. La película es un catálogo
althusseriano de rituales de interpelación amorosa y sexual en
el espacio urbano. Parejas que se encuentran, que se separan, que esperan, que
huyen. Gestos repetidos, coreografiados por los códigos del deseo romántico.
Akerman los muestra con la frialdad de una etnógrafa: aquí está el espécimen
que telefonea desde un bar, allá el que abraza a otra bajo la lluvia. La
estructura es paratáctica hasta el extremo: una viñeta, y luego otra, y luego
otra. No hay nombres, no hay psicología, sólo comportamientos inducidos
por la ideología del encuentro. Debería ser el documento definitivo de la
desmitificación, la prueba de que el amor es un montaje de signos vacíos, una
serie de actos repetidos en la soledad de la gran ciudad. Y lo es.
Pero
ocurre algo milagroso y subversivo: la acumulación de estos gestos vacuos,
filmados con una devoción por la textura de la noche, por la calidad táctil de
la luz en el asfalto mojado, por el sonido amplificado de un tacón que resuena
en una calle vacía, genera una atmósfera de una
sentimentalidad abrumadora. La forma sensible traiciona al contenido
conceptual. Mi ojo crítico lee desmontaje, pero mi cuerpo siente un anhelo. La
repetición, en vez de anular el significado, lo intensifica hasta convertirlo en
un puro latido afectivo. Cada encuentro anónimo, cada mirada intercambiada en
un rellano, cada baile en una cocina, aunque esté presentado como parte de una
serie, se carga de una singularidad conmovedora. Akerman filma no la historia
de un amor, sino la condición de posibilidad del amor, su
escenario material y su coreografía social. Y en ese escenario, despojado de
ilusiones narrativas, lo que queda no es el vacío, sino el deseo puro, como una
fuerza climática. La noche misma se vuelve el sujeto, una entidad sensible que
envuelve a todos esos cuerpos errantes. Me abandono a la melodía de las puertas
que se cierran, de los tranvías que pasan, de los silencios entre dos frases.
Es la misma operación que con la canción pop: la letra dice “esto es un montaje”,
pero la música, la luz ámbar de un bar, la sombra de dos figuras en una
persiana, cantan la canción más antigua y persistente. Aquí, el contenido
ideológico (la deconstrucción del mito del encuentro) es la cáscara marmórea.
La forma sensible (la noche, los cuerpos, la espera) es el jugo dulce y
melancólico que anhelo beber una y otra vez.
Les
Années 80 es quizá el ejemplo más puro. Es una película hecha de
retazos, de ensayos de canciones, de momentos de ensayo. No hay trama, sólo
proceso. Y es ahí, en el taller del deseo, donde la imagen de Akerman brilla
con más fuerza. La vemos dirigir, dudar, fumar, observar. Su pose no es la del sujeto
supuesto saber lacaniano, la del director-dios. Es la pose de una
trabajadora, una artesana del afecto, perdida en la creación de un objeto (el
musical) que sabe intrínsecamente falso, pero en cuyo proceso habita una verdad
más honda: la verdad del esfuerzo colectivo, de la vulnerabilidad, de la
búsqueda de una belleza en un mundo de códigos prefabricados. Me enamoro de esa
pose. De su look de chaqueta masculina y pelo alborotado, de su mirada intensa
y dubitativa. Es una imagen que desmonta la autoridad masculina no por
oposición frontal, sino por su mera existencia en un espacio de creación. Es
una imagen que me interpela no como alumna, sino como devota.
Confieso,
entonces, que para mí las películas de Akerman rara vez están a la altura de
Akerman. De su imagen. De la promesa de sensibilidad radical que su persona
encarna. Su cine a menudo construye una armadura conceptual, una ascesis
formal, para protegerse —y protegernos— del peligro de la identificación
sentimental, del goce fácil. Esa armadura es su gran gesto político. Pero bajo
ella, a veces como un sudor, a veces como un rayo de sol que se cuela por la
persiana, late la pulsión de lo sensible, de lo atmosférico, de lo sentimental.
Un sentimentalismo desengañado, melancólico, pero profundamente humano.
Quizá
este sea el verdadero legado desmontador de Akerman: habernos mostrado que la
deconstrucción, para ser completa, debe incluir la deconstrucción de nuestra
propia posición como espectadoras advertidamente críticas. Que el deseo no se
anula con el análisis, sólo se desplaza. Que podemos amar la forma sensible —la
melodía, la luz, la pose de la artista— incluso cuando nuestro superyó teórico
nos exige fidelidad al contenido desmitificador. En última instancia, Akerman
no me ofrece una posición estable de mirada. Me ofrece una dialéctica sin
síntesis entre el ojo crítico y el corazón conmovido, entre el significante
lacaniano y el goce que se le escapa, entre la ideología que denuncia y el
sentimiento que, a pesar de todo, persiste. Y es en ese conflicto, en esa
imposibilidad de reconciliar lo que mi política exige y lo que mi sensibilidad
anhela, donde su obra, y mi amor por ella, encuentran su verdad más inquietante
y productiva. Un real que no es el de la patata pelada, sino el del desgarro de
ser, al mismo tiempo, la feminista que desmonta mitos y la mujer que se enamora
de una imagen. Akerman lo sabía. Y filmó ese abismo.