Realismo comparatista. Cuatro invectivas y un elogio envenenado - Bruno Grossi

 

1. Cuando el comparatismo dice que la Weltliteratur tiene temas que le son propios -el exilio, la migración, los no-lugares, el bilingüismo, la extraterritorialidad- no hace sino repetir el gesto de las literaturas nacionales de definir su campo de estudio a partir de ciertos valores de representación, de ciertos temas identitarios, de ciertos recortes extra-estéticos, en suma, de un "color local" vuelto de pronto global. Por eso los departamentos de comparada suelen construirse en torno a temas, contenidos, tópicos, sujetos: se estudia qué dicen los textos sobre el desplazamiento, la frontera, la hibridez o los migrantes, rara vez cómo lo dicen y nunca qué problemas estético-formales introducen. Para no recaer en historia cultural à la United Colors of Benetton, el comparatismo tiene que entregarse a la historia literaria: al rastreo de formas, géneros, movimientos, modos de circulación y traducción, antes que al involuntario catálogo de mitologías transnacionales.

 

2. El comparatista siempre tuvo algo de cosmopolita, de apátrida decadente, de anacrónico impenitente y de filólogo eremita; nunca fue un estratega ni sus investigaciones tenían como finalidad un saber inmediato o manejable para su comunidad. Por eso si se comparan objetos foráneos y de tradiciones disimiles pero que redundan finalmente en un conocimiento significativo sobre la literatura local del propio investigador, entonces nos alejamos del ideal del comparatismo y nos acercamos sin más a la literatura nacional. De allí que la cavaliere Adriana Crolla no haga literatura comparada, ni siquiera literatura nacional, ni por caso siquiera regional: su objeto de estudio gira en torno a 40km de su casa. Existen nacionalistas irónicos y también comparatistas de cabotaje.

 

3. La des-formalización y des-retorización del comparatismo tiene como consecuencia que cualquier discurso, archivo o documento por el interés que presta su tema puede devenir objeto de estudio. Cuando el comparatismo abandona la pregunta por la forma -por el género, el estilo, la dispositio, los modos de construcción retórica del texto- y la reemplaza por la pregunta por el tema, se disuelve en la sociología de la literatura, en los estudios culturales, en el análisis del discurso, o peor: en el curso de idiomas. El comparatista deviene así en un sofisticado gestor de “cultural general” mundial.

 

4. Si -tal como lo denuncia el comparatismo- las literaturas nacionales acompañan el surgimiento histórico de los movimientos identitarios reaccionarios, entonces la literatura comparada como disciplina es análogamente convergente con los procesos de homogeneización cultural y la transnacionalización del Capital. Si las literaturas nacionales necesitaron una identidad fuerte y poco dialectizada para funcionar como dispositivo ideológico, el comparatismo por el contrario necesita una identidad líquida y desgajada que pueda adaptarse a las arbitrariedades del mercado y funcionar por su exotismo como un commodity de intercambio del esperantismo académico. En el mercado de las ideas, el comparatismo es la mano invisible que traduce la alteridad al lenguaje de la equivalencia general.

 

5. El comparatismo es diletantismo vuelto disciplina. A diferencia del comparatismo, las literaturas nacionales parecen tener un objeto definido, resignificable pero heurísticamente comprensible, lo que exige de sus investigadores un recorte y concentración de lecturas. Por eso forman una clase de investigador con un saber relativamente estable y específico. El comparatista por el otro lado no tiene un canon demasiado claro y los recorridos parecen derivarse del capricho personal del investigador o las contingencias de sus lecturas. Pero por eso mismo quizás, por no necesitar completar ninguna lectura obligatoria o por no hacer una división funcional en sus gustos (el estudioso de las literaturas nacionales, argentina por caso, puede ser un gran lector de literatura francesa o alemana, pero lo hace a título personal, como si aquellas no se inmiscuyeran o colaran en su trabajo) es que se acerca más a un lector común hedonista e irresponsable: todo puede devenir objeto de estudio y análisis comparatista. La historia literaria es para el comparatista un festín y él no quiere privarse de nada. Por eso mientras el nacionalista custodia el patrimonio con el celo de un albacea, el comparatista atraviesa las tradiciones como un turista ilustrado que no se compromete con nada.