En esta estrella voy a guardar mi poema - Marcelo Díaz


[Noticia: La primera versión de este breve ensayo apareció en agosto de 2018 en Espacio enjambre dirigido y gestionado por Victoria Sholnic y Marcelo Carnero en el marco de un proyecto cultural que integraba a Selva Almada, Dolores Reyes, Julián López, Fabián Casas, Luis Sagasti, Mario Ortiz, Teresa Arijón, Vanina Colagionvanni, Betina González, y muchos y muchas más]

 

 

A Victoria Schcolnik y Marcelo Carnero

 

A su modo la atención hace sitio

Hugo Padeletti

 

Yo escribí mi respuesta en un pétalo de loto.

Sei Shōnagon

 

El lenguaje que se encontrará, que se volverá a encontrar, de todos

en el misterio amoroso de cada uno, por

gracia de su misma radiación.

Juan L. Ortíz

 

No sé cómo hablar de los distintos momentos en la escritura de un poema. Pero puedo hablar en cambio de mi amigo Marcelo Bonyuan. Nació en un pueblo cerca de Río Cuarto que se llama Vicuña Mackenna, tierra conocida por la caza profesional de jabalí. Un día mi amigo tuvo un accidente en la cordillera, un escenario que conmovió a toda su familia. En el mismo momento su hermano a cientos de kilómetros de distancia tenía otro accidente en una rotonda de Mackenna. Cuando hablamos por teléfono recordé la escena y le conté para recuperarnos del impacto: “te escribí un poema que se llama El jabalí”, unas horas después, por esas cosas que no sabemos muy bien cómo funcionan, nos dimos cuenta de que Bonyuan era jabalí en el horóscopo chino. No quiero hablar mucho de esa situación, digo de la imposibilidad de descansar en paz, ni de las diferentes modalidades del pánico alrededor nuestro. Es así, compartimos un vago sistema de referencias, lo más parecido que conozco a la confianza.

Me gusta la idea de que en la poesía hay sincronías. Tomo nota en diferentes cuadernos, uso diferentes materiales e intento registrar esa suerte de correlato entre lo que acontece fuera de mí y aquello que ocurre en los límites de mi visión. No me tengo que esforzar en crear un territorio nuevo. Lo que sí, me demoro en la mirada, y en los apuntes que voy tomando, a veces como garabatos, otras como dibujos más o menos prolijos o simples borradores mentales. Y cada tanto quedo conmocionado como esa vez que Bonyuan casi desaparece arrastrado por un acantilado igual que esos animales del llano que no saben hacer otra cosa más que mirar todo en forma continua hacia adelante.

Denise Levertov –la idea de volver a leer a Levertov no es mía, sino que es una sugerencia de Sonia Scarabelli– en Algunas notas sobre la forma orgánica, recupera la imagen de constelaciones. Digamos que el poeta constela, hay una sincronización entre el orden íntimo, sensible, la voz del poeta y lo que transcurre fuera suyo. En esa suerte de sincretismo en las experiencias que se unen como si fuesen estrellas de un mismo mapa celeste está lo que me inquieta. No me estimula sino que me incomoda; es el orden de la emoción antes que el de la palabra lo que me interesa. No me pregunto cómo es que el sentimiento llega al habla, dejo que ocurra, sin epifanías, sin rupturas, y de a poco intuyo que ocupo un lugar idóneo para enunciar sin olvidar la orientación de la vista y su lento recorrido en cada cosa.

No hay manuales, no hay métrica, no hay medida del verso. Hay forma, en cambio, y hay únicamente versos. Lo que parece un juego de palabras en realidad es una manera de profundizar la noción de que el habla acompaña el ritmo de una manera orgánica y trato de mantener un vínculo con la palabra como si fuese una prolongación de mi propia voz, no ajena, más bien íntima, conocida, y reconocida por mí, del mismo modo que habito las habitaciones de  mi propia casa. No creo tampoco en las formas cerradas, en las consignas, en un método. Sí, por otro lado, trabajo con la atención en la escucha. Supongo que del mismo modo que hay músicos que nunca han ido a un conservatorio, otros podríamos escribir sin necesidad de una clase para aprender rimas o métrica. Porque el sentido de la escritura, tanto en la forma y en el tema, estaría muchas veces, en otro plano. Lo que no quiere decir que no podamos emocionarnos por una rima, o un algún verso que nos salpique endecasílabos por todas partes, sino que, parafraseando a Levertov la forma está en la imagen misma, y podría agregar, por qué no, en la emoción contenida en versos calibrados a su propio ritmo para nada predeterminado.

   Fuera de tema: en la teoría de los nudos existe un enlace y se llama Hopf, no son más que dos círculos entrelazados OCƆO; me pregunto si entre la escritura no existe una continuidad circular y similar: lo que termina por aconceterme a mí te sucede luego a vos y lo que termino de escribir yo lo seguirá escribiendo alguien más. ¿En el mismo plano? ¿En otro plano? ¿Cómo se anudan las experiencias de una vida con la escritura? Letras, vocablos, como nudos equivalentes que se pueden transformar en otros y rehacer en nuevas figuraciones. Si corto la cuerda de lo que escribo alguien cruzaría de este lado y viceversa.

   ¿Qué cuerda tuvimos que cortar para llegar a la escritura de un poema? Ya no un hilado sin extremos más bien una curva cerrada donde termina tu voz o la mía.

   En el reino de los nudos así como en el de los signos hay uno que se llama Trébol, yo me lo imagino desovillado, deformándose y deshaciéndose sin terminar de deshacerse por complejo conservando su forma primaria. ¿No son maravillosas las correlatividades entre las formas de las cosas y sus representaciones? Equivalente al alumbramiento de una emoción aumentando a medida que vamos transitando el hilado. También hay nudos alternados, yo me voy, vos aparecés, dejo de pensar en el verso y el verso también aparece y allí la sincronía conecta variaciones que parecían no estar conectadas en lo más mínimo.

Pienso en María Teresa Andruetto al recuperar el ideograma chino Wen sin olvidar la referencia a Philippe Sollers. La palabra literatura implica las constelaciones y todas las formas y grafías que el universo ha grabado en aquello que conocemos. Esto último implica pensar que la escritura y el mundo están unidos, perder la atención sobre esta idea creo que es lo que hace que un texto pierda valor, y de hecho cuando hablo de valor pienso en el valor estético, no sólo el contenido sino que algo también de las formas se pueden desalinear si no consideramos este vínculo entre lenguaje y mundo. En sintonía, hablando de frecuencias en común, leo una nota de Guillermo Salvador Marinaro en la que explica: “El ideograma 以前 (“antes” o “anterior”) está compuesto por que denota lo que está adelante. En chino, el pasado está al frente y el futuro hacia atrás. Miramos el pasado para poder avanzar, sólo la experiencia que recordamos nos prepara para lo que está por venir. De eso está hecha la memoria.” Y me pregunto si la escritura no prefigura un doble movimiento entre el porvenir y aquellas huellas que vamos dejando en el mundo. Porque a fin de cuentas en alguna oportunidad se tendría que unir la líneas de puntos imaginaria entre lo que acontece por fuera nuestro y lo que se resuelve en nuestro paisaje interior y entre las experiencias ya consumadas, o narradas,  y el deseo ciego abierto hacia el futuro. Y quién dice que la poesía no  aparece en esos espacios o intersticios de la experiencia que apenas se perciben e intuyen.

Y  ahora me acuerdo no sólo de Bonyuan manejando en la ruta sino también de otro texto que escribí en varias veces, y sigo escribiendo, donde el ritmo se sostiene como un acto reflejo de la mente y de la voz a la vez. No pienso en preguntas retóricas. No pienso en aliteraciones. En este otro poema, Oscura llamarada de otra luz, recupero voces y sentidos de manera superficial que están inscriptas en Diana Bellesi e Irene Gruss a partir de un diálogo imprevisto que implica releer la obra de ambas poetas argentinas. Pero el ritmo –la voz en el poema y luego mi propia voz– no se agota sólo allí. Hay algo del regreso en modo de  notas, piezas, tonos, recorridos imprevistos de lectura. Y hay algo también sobre lo que vendrá que no sé bien de qué manera enunciarlo.

  Me permito hacer un salto temporal. Es 17 de diciembre de 2022.  Hace tres días le escribí a Marcelo Cohen. Le compartí una lectura sobre unos textos de un amigo poeta en común y se llama Carlos Surghi: “coincidimos en que es un autor que siempre suma Marcelo, y que siempre escribe muy bien y cuídense mucho, y abrazo grande”. Hace dos días no tenía respuestas de mi mail. Entonces hace un día me dije: “espero hasta el lunes, pregunto a mis amigos, amigas, espero a ver si hay noticias”. Y esa corazonada ciega como de un punto desdibujado de la intuición se encendió. Yo esperaba las vacaciones para ponerme al día con las escritura de mis lecturas, despejarme. Y todavía las espero. Cohen tenía la particularidad, desde un primer momento: “Hola tocayo” y me invitaba a participar de Otra Parte y me invitaba a invitar (perdón por tensionar la rima interna) en una época donde se reproducen citas y autoreferencias en comunidades endogámicas él abría el juego para muchos y muchas voces, proponía lecturas nuevas, recuperaba autores, autoras, iba más allá de Buenos Aires, más allá del canon de la Poesía ya con mayúscula.

   De fondo yo lo leía desde mis 15 años por unas ediciones de La Revista El Péndulo en la biblioteca de mi colegio secundario en el aula durante el recreo cuando mi madre no tenía dinero para comprarme libros. Me quedo con eso, un mismo nombre, en este último año hablamos de temas vinculados a la glucosa en sangre, dietas, tramas familiares, meditar, leer, habitar el mundo desde un lugar más amable mediante la literatura. Yo elijo quedarme con eso, vuelvo. No hay nada de lirismo en la partida. No hay nada de romanticismo en la ausencia. No hay aprendizajes posibles. Vuelvo: y me quedo con dos o tres palabras, dos o tres líneas: “tratemos de aceptar con estoicismo lo que vendrá”, me dijo en otro mail hace como seis meses atrás. Me pregunto si en otra vida la balsa de Caronte hace un recorrido invertido por el río de los seres queridos que ya no están, por lo menos una vez, leer o escuchar “Hola tocayo, tanto tiempo”, compartir un nombre que atraviesa, una línea narrativa: si es cierto que el tiempo es un espiral dentro de otro espiral quizá la barca de Caronte retroceda y nos encontremos para hablar de Literatura y eso que para algunos alemanes no era otra cosa más que el mundo de la vida y para otros el eterno retorno y mientras lo pienso en voz alta, lo deletreo con la mente, y la atención se demora como en trance: con que una de las cuerdas de alguna de las realidades alternas se rompa me o nos alcanzaría sin embargo aquí estamos respirando casi por primera vez.

  Ahora estamos en 2025. 21 de Julio. Leo una nota de José Villa y otra nota de Carlos Battilana. Casi en simultáneo. Recién llego de dar clases en la escuela secundaria y ordeno mis apuntes para trabajar en nivel Superior. Hace una semana le escribí a Jorge Aulicino. Lo mismo que resonó el mismo silencio, digo, de un mail escrito hace ya a Marcelo Cohen regresó en esta oportunidad.

   Es lunes. Es mi cumpleaños número 44. Es el día más frío del invierno. Yo no sé si las sincronías se diagraman entre algoritmos o si los algoritmos traman sincronías. Me acuerdo de estar estudiando la carrera de lengua y literatura, me acuerdo de estar leyendo a Javier Aduriz, me acuerdo de estar leyendo Máquina de faro de Jorge Aulicino, me acuerdo de leer el suplemento de cultura de un diario de alcance nacional, me acuerdo de un poeta editor, traductor, lector que compartía todo lo que tenía a su alcance, me acuerdo de que una vez me leyó cuando nadie me leía, me acuerdo de haber compartido uno o dos o tres paneles, había algo genuino, intacto en él.  A veces la partida de personas así me generan sugestión, me llevan a la necesidad de rebobinar en el tiempo, corregir la incorregible ya no en lo escrito sino más bien en lo vivido.

   Por qué parten siempre los buenos a diferencia de las fábulas o los cuentos de hadas, por qué el universo nunca aprendió a diferenciar lo justo de lo injusto, pienso en mis afectos en los afectos de Aulicino y otra vez no caigo. Qué significa caer: significa darse cuenta que ya no habrá una posibilidad de encontrarnos de compartir lecturas de escuchar con demora la voz de otro que habla parecido a uno: el idioma secreto de la amistad, apenas en el día que el hombre en principio pisó la luna.

Hace poco, por ejemplo, Laura Escudero Tobler se mudó de su hogar en las sierras a un departamento a dos cuadras de la cañada de Córdoba capital. En sus últimos días dejó atrás un incendio, literalmente otra casa a pocos metros de la suya se prendió fuego y desde el espejo retrovisor ella observó la imagen de otro hogar consumiéndose por las llamas entre los árboles. Para ella fue una señal. Su gato se llama Sushi,  antes vivía en el monte y ahora tiene miedo de moverse por el balcón, de asomarse por una ventana y desconfía de los pájaros y las flores del barrio. Es parecido al gato del poema El sabio de Denise Levertov, “una especie de buda”, dijo Laura Escudero en otro poema suyo, que acompaña y nos recuerda las cosas que hemos perdido desde un gesto casi zen. Digo, ¿no hay acaso diáspora y movimiento en la escritura?

Más adelante Laura me escribió y me contó de Paul Tortelier y de una analogía entre Bach, sus composiciones y el recorrido del agua. De la misma manera que el arroyo llega el río, y el río llega al mar, creo que la poesía tiene un movimiento a cuenta gotas. Y así como de acuerdo a la dirección que tome el agua, parafraseando a Tortelier, tendremos un estado de ánimo diferente, de acuerdo a cómo se resuelve el nudo sentimental de un poema (si es que podemos hablar del nudo de un poema)  tendríamos un efecto diferente en cada uno de nosotros.

 Entonces podemos ser poetas románticos o muy sentimentales. O mantener un registro más llano. O lo que fuese. Y cito otra vez a Levertov: “Una manifestación del sentido de la forma es el sentido que tiene el oído del poeta de una norma rítmica peculiar a un poema en particular, de la cual parten los versos individuales, y a la cual retornan”. Y me pregunto ¿no son las aguas de un arroyo, de un río, de un océano como los versos de un poema que de a poco ganan terreno, impulso y dimensión a medida que avanzamos en la lectura?  ¿Y no son las mismas preguntas que me hago en ese otro poema como los ramales y las bifurcaciones de una corriente que arrastra lo que encuentra y se lo lleva y se lo lleva hacia quién sabe dónde?

Vuelvo.  Hace dos años el padre de Bonyuan falleció. Viajé 100 kilómetros en una tarde de viento para verlo. La madre me abrazó. Me enseñó un altar de San Expedito. Y me invitó a rezar. La acompañé. Dejé un sobre con varias intenciones. Esa última parte no la quiero contar. Tampoco sé si puedo. Pero sí puedo decir que en una tarde gris de un pueblo gris de un mundo gris nos acompañamos los tres. Y que antes de subirme al auto para regresar a mi casa me contaron que hicieron una copia del poema que le dediqué. Lo ubicaron en el corazón de su  living  y cada tanto lo leen y se emocionan y yo todavía me emociono con ellos. 




 

 

 

 

Referencias

Andruetto, M, T (2015). La lectura, otra revolución. Buenos Aires. FCE.

Bellesi, D, (2009). Tener lo que se tiene. Buenos Aires. Adriana Hidalgo.

Gruss, I, (2008). La mitad de la verdad. Argentina. Bajo la Luna.

        Levertov, D, Some notes of organic form.