Carta a Francisco Bitar - Carlos Surghi
Querido
Pancho:
¿Vi
todas tus películas? No importa. Vi la última, eso es lo que importa. Siempre
la fotografía del final, como en el tango, que dura muy poquito y es una
eternidad. Vi la última porque también puede ser el comienzo de lo nuevo, lo
que es distinto, y tengo que decirte que tiene la duración justa que el cine
tiene que tener. Siempre todo es un problema de duración. El amor, la amistad,
un sentimiento que no se explica, el dolor. ¿Cómo medir la realización de una
película entonces? ¿No lo que dura, sino desde que su intuición de imagen
aparece, hasta que yo, por ejemplo, me levanto porque me aburro? Esa duración
del afecto, diría. ¿Cómo saber qué pasó en una película? ¿Pasa algo? ¿Cuánto y
qué? ¿Cómo ponerle tiempo a la intuición, eso que a vos te sucede del acto a la
palabra en el camino de una forma? Pancho, querido, que te enojaste porque no
te contesté los últimos whatsapps -pero es que dejaste esperando a Cuqui, la
artista más genial de esta ciudad, eso no se hace- para mí tus películas tienen
la duración precisa en la que uno da vuelta un asado banderita. ¡Cuántas cosas
pasan alrededor de ello! Sí, el cine como bandera, bandera a la parrilla. Pero
no como en Saer, ojo, donde ese corte, esa forma justamente, es imposible de
encontrar; tampoco como lo hacen más abajo, frente a los aviones que aterrizan
o despegan, en carritos para gente sola en madrugada que mira al río. Sino como
lo hacemos acá, sabes, en las sierritas, con brazas muy encendidas, agilidad de
muñeca, rapidez y risa, esa risa que es enamorada de la noche, y que asciende a
la cumbre estrellada de la mano del humo, el aroma, un rumor, un chisme por
filmar, la imagen que se elabora sola. Tal vez como en tus películas, donde
tampoco hay asado banderita, pero sí ¡cerveza! la que es oral, de boca en boca,
historia y charla, degustación y devaneos por la ciudad. El corte banderita y
la duración, el ojo del asador y la imagen a la parrilla, como le gustaba tocar
a Troilo y Piazzolla antes del 46, ¡pero qué genialidad! pienso en ello, porque
un cuchillo es algo que monta, como pienso en todo el cine que no vi montado o
sin montar, cortado o sin cortar, y entonces, desde tus películas, ahora,
quiero mirarlo. Pero quiero que todo en él se transforme en matrimonio, hijas,
amigos y esa absurda pregunta que descartas “¿Por qué no te fuiste a vivir a
Buenos Aires?” acaso porque en Santa Fe haya suficiente material como para
filmar películas para nadie. Como el montaje del verso en Mallarmé, o la
inmovilidad de Estela Figueroa que dibuja su imprevisibilidad, lo imprevisto
con previsión hace a tus películas. Ahora miro una, en la peli unas chicas
caminan por la calle, un rapi las mira, Santi corre y deja escuchar su voz,
después todos cuentan un recuerdo, antes, una cuadrilla de obreros en la noche
se sorprende de que los filmes. ¿Quién vio tanta belleza donde no la hay? Paso a
otra, estás en cuero adentro de tu casa, es el hacer de lo que vemos o el mero
transcurrir de la intensidad que necesita hacer cosas, pero ¿quién protagoniza
la secuencia de una a otra habitación? ¿Quién lleva la historia por el paso a
paso de la intimidad? Alguien que quiso ponerme a prueba me preguntó qué me
parecía lo que hacías, y le contesté -y por eso te escribo- que me parecía un
retrato en movimiento del desplazamiento de las palabras al escapar de las
imágenes, el mal de época. Sonrió y me devolvió una mueca. Y no me importó. Sé
que tus películas son una nueva manera de vivir porque aumentan la vida.
Abrazo
querido, y saludos a Ángeles y a las niñas musicales
